Siempre es una fiesta para los sentidos una actuación del violonchelista Pablo Ferrández; Eso, unido a un programa de auténtico sabor. americano –con las energéticas melodías de Leonardo Bernstein incluidas–, configuró una velada de acento festivo en la temporada de la OBC.
El trabajo de Ferrández mostró a un artista maduro y en plenitud. Armado con su Stradivarius de 1689el aclamado intérprete madrileño, ya consolidado en las programaciones de algunas de las mejores orquestas y festivales del mundo y colaborador de leyendas vivas como Anne-Sophie Mutter oh Marta Argerichregresaba a la orquesta catalana para abrir la velada de la mano de Antonín Dvorák y su ‘Concierto para violonchelo en Si menor, Op. 104’ (1895)una pieza tardorromántica canónica que el compositor checo compuso durante su etapa como director del conservatorio de nueva york (1892-1895) y que revisó a su regreso a Europa.
Pablo Ferrández se enamora de su Dvorák lírico y virtuoso / MAYO ZIRCO
La pieza, dedicada a Hanus Wihan del Cuarteto Bohemio –que asesoró en el aspecto técnico, aunque no estrenó la obra (lo hizo leo popa en marzo de 1896 en Londres, con la Filarmónica dirigida por el propio compositor)–, posee todo lo necesario para el lucimiento del solista: pasajes cantábiles arrebatadores por su lirismo, cumbres vertiginosas que exigen virtuosismotécnica y afinación, y una complicidad con el conjunto orquestal que acentúa el diálogo con el violonchelista. Pablo Ferrández volvió a dictar cátedra con una versión transparente, consiguiendo del instrumento una proyección sobrada, con un fraseo contrastado y expresivo. Ya en el ‘Alegro’ emocionó con su lirismo, que se acentuó en el ‘Adagio ma non troppo’ y su sensata cita a “Lasst mich allein”, para desembocar en el rítmico ‘Allegro moderado’ final, muy bien arropado por una OBC motivada bajo la dirección de Ludovic Morlot. El conjunto se apreció bien preparado y se vio reforzado por algunos miembros de la Simfónica del Liceucomo el concertino Kai Gleusteenque brilló en el ‘final’o el solista de los segundos violines, Raúl Suárezun detalle que evocó épocas pretéritas. En todo caso, volvieron a brillar con luz propia miembros de la casa, como el fantástico flauta. Christian Farroniasí como el virtuoso trompa Juan Manuel Gómez. Ferrández agradeció el cariño del público con una suculenta y ovacionada propina.
La fiesta continuó con dos piezas nacidas de la frustrada vocación operística de Leonardo Bernstein: primero, la brillante Obertura de la opereta ‘Cándido’ (1956) y después una suite de 1960 de su mayor éxito teatral, ‘La historia del lado oeste’el musicales de Broadway estrenado tres años antes.
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