Una situación similar sucede con EE.UU.. y otras potencias mundiales en algo que puede parecer una cuestión de seguridad nacional, pero cuando analizas cada caso con cierta perspectiva descubres que detrás hay mucho más que una precaución excesiva. Al final, como en todo en esta vida, hay unos intereses comerciales en forma de decisiones que, casi siempre, favorecen a la industria local.
Por eso, aunque muchas de estas decisiones estrategicas Suelen presentarse como medidas puramente técnicas, la realidad es que muchas veces pesan más los equilibrios económicos que el riesgo real.
Solo hay que comparar lo que sucede en Israel, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia o Corea del Sur para entender cómo funciona la política en la industria de telefonía móvil.
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La excusa de la seguridad.
El argumentario oficial de Israel, por poner un ejemplo, para prescindir de Android es reforzar el control sobre las actualizaciones, reducir ataques de ingeniería social y limitar el uso de aplicaciones que puedan revelar la posición de las tropas.
Sí que es cierto que las agencias de inteligencia llevan tiempo alertando de que los móviles son una vía habitual para obtener información sensible, y el ejército israelí ha comenzado a restringir el uso de Android en escalas militares donde consideran que hay más riesgo.
La medida tiene lógica desde la perspectiva operativa, pero también es cierto que simplificar el número de dispositivos o, mejor dicho, de sistemas operativos) facilita las revisiones internas y permite mantener la seguridad a raya.
En Estados Unidos el enfoque es distinto, pero el resultado es similar. el Pentágono lleva desde 2017 sin permitir la venta de Huawei y ZTE en bases militares por considerarlos un riesgo “inaceptable”. Una postura que encaja con la ofensiva política y comercial de Washington contra la industria china, reforzada por advertencias públicas de la CIA, el FBI y la NSA.
Oficialmentelas restricciones se justifican por el temor a posibles puertas traseras o espionaje, pero en la práctica han servido para eliminar a dos de los fabricantes que más tensiones generan en el comercio internacional.

Europa tampoco es ajena a estas dinámicas. Tanto Reino Unido como Alemania y Francia mantienen reglas no escritas que desaconsejan el uso de móviles de fabricación china en determinadas situaciones. Eso sí, en este caso no hay prohibiciones formales, pero sí algunas limitaciones.
Al final, los países europeos suelen adoptar una posición de equilibrio, intentando no perjudicar su relación con China mientras mantienen controladas las tecnologías empleadas en entornos sensibles. La típica estrategia continental de no mojarse para mantener las máximas alianzas posibles.
Lo que pasa es que hay países como Corea del Sur, que directamente ha vetado los iPhone en su ejército. Lo sorprendente es que aquí la seguridad no parece ser la motivación principal. La explicación oficial habla de bloquear cualquier posibilidad de grabación, algo que el iPhone no permite desactivar al 100% desde aplicaciones de terceros.
El contexto, extremadamente importante
Cuando un país prohíbe ciertos dispositivos hay que entender el mercado en el que se encuentra.
Por ejemplo, Apple y el iPhone dominan el mercado americano y, es normal que EE.UU. y sus países aliados lo antepongan ante modelos extranjeros, ya sea por seguridad o por posición dominante en el mercado.
Por otro lado, Samsung domina el mercado coreano y es un pilar industrial del país. Que en este caso el ejército permite Android, pero prohíba iPhone es una decisión que, pese a estar envuelta en razones técnicas, huele más a protección de la industria nacional que a una amenaza real.
Cuando pones todos estos casos sobre la mesa, descubres un patrón evidente. Las potencias no están prohibiendo móviles por capricho, pero tampoco lo hacen exclusivamente por seguridad.
