Merece la pena remontarse a 1991 y recordar uno de los acontecimientos musicales del año: la interpretación de la integral de los cuartetos de cuerda de Dmitri Shostakóvich por el Cuarteto Borodin, en el Auditorio de Música de Madrid, entre el 26 de … febrero y el 7 de marzo. Con cierta vanagloria se señalaba entonces que no era fácil encontrar ciudades en cualquier parte del mundo con un nivel cuartetístico comparable al de Madrid. En realidad, sí lo era. Pero aquí a estas noticias se les daba un tono enfático porque se trabajaba, un día sí y otro también, entre novedades, recuperando el tiempo perdido, procurando equiparar la vida musical española a la de cualquier otro país del primer mundo. Para que así fuera, el Borodin venía desde el bloque del Este, que a finales de ese mismo año inició su disolución, provocando la desaparición de la Unión Soviética.
El Borodin era bien conocido en Occidente, incluyendo los Estados Unidos, a donde llevó la música de Shostakovich en clara colaboración con los principios de la diplomacia cultural puestos en marcha por Rusia, a la que tan fiel fue su violonchelista. Valentin Berlinskimiembro activo del partido comunista y cementador del grupo incluso tras las deserción y retirada de varios miembros en los setenta. Al Borodin le rodeaba un halo de santidad pues había trabajado muy estrechamente con Shostakovich cada uno de sus cuartetos. El testimonio personal de quienes asistieron a los conciertos madrileños es en sí mismo emocionante. Mucho más que algunas de las crónicas que han quedado en la hemeroteca, perdidas en la ignorancia de no saber qué estaba sucediendo.
Aquel ciclo fue el comienzo de varios otros con la integral de los cuartetos de Shostakovich. Vino seis años después el Liceo de Cámara con la totalidad camerística del autor ruso, sin duda alguna, la culminación de un proceso de normalización de sus obras del que han goteado otras iniciativas. De aquel ciclo, y del primero, existen amplios programas de mano escritos por el divulgador. José Luis Pérez de Arteagaeditor en aquel mismo 91 de ‘Testimonio’, las ‘supuestas’ memorias de Shostakovich narradas por Salomón Volkovya quien se debió, en buena medida, la difusión de estas músicas por entonces muy desconocidas.
El tránsito por la obra de Shostakovich ya ha vencido cualquier contingencia. Lo ha hecho su ciclo sinfónico del que se repiten hasta la saciedad algunas de sus obras, pero también el de los cuartetos, como obras capaces de penetrar con una minuciosidad extraordinaria en el carácter críptico del compositor. Su aparición en las actuales temporadas de conciertos es relativamente frecuente gracias a otro hecho no menos relevante: la actual consistencia de varios cuartetos de cuerda españoles con capacidad para competir sin desdoro en la esfera internacional, lo que supone añadir ahora un fenómeno inédito.
Entre todos ellos está el Cuarteto Casals, a quien se debe la última edición discográfica de la integral de los cuartetos de cuerda de Shostakovich, cuyo tercer y último volumen se espera para enero del próximo año, y que además protagoniza el ciclo de cinco conciertos incluidos en la temporada del Centro Nacional de Difusión Musicalen coincidencia con el 50º aniversario de la muerte de Dmitri Shostakovich. La primera sesión se celebró el 26 de noviembre y la segunda tuvo lugar el pasado domingo continuando con el propósito de recorrer las obras de manera cronológica, según se explica en los sintéticos y lúcidos comentarios de los programas de mano escritos por Luis Suñén.
Se ha llegado así al primer tercio del recorrido, con el Casals en un momento clarividente, potenciado por el magnífico equilibrio interno que el grupo ha logrado tras la llegada de la viola. cristina cordero. Desde la perspectiva técnica el Casals es ahora reflejo de una sincronización e igualdad realmente portentosas, incluso deslumbrante por la aparente sencillez del gesto. Tiñeron el primer cuarteto de lirismo, como rebuscaron nuevas sonoridades en el segundo balanceando la obra sobre la caricatura del vals de su tercer movimiento. Son dos ejemplos que pueden prolongarse hacia otras obras, por ejemplo hacia el quinto interrogado desde esa cima absoluta del ciclo que es su ‘Andante’, donde el Casals puso en juego lo mejor de sus componentes.
Entre ellos está la afectuosa amabilidad musical del segundo violín. Abel Tomáss, la solidez del apoyo que proporciona el violonchelo de Arnau Tomás, la densidad envolvente de la viola de Cristina Cordero y la seria, casi hierática perfección de Vera Martínez-Mehner. Este detalle es importante porque mucho de lo que el Casals dice sobre Shostakovich se asienta en el rigor de su primer violín. De ahí que el camino por la integral adquiera la condición de una ‘trayectoria intelectual’ que es expresiva, ilustrada, exigente pero también razonada. En este sentido, fue más intenso el primer concierto que el segundo por la claridad con la que el Casals sirvió los tres primeros cuartetos y la elegancia con que tiñó el regusto popular, a veces ingenuo, del primer cuarteto.
De otro lado merece la pena volver sobre el quinto, en el que se hacen presentes muchos de los gestos que caracterizarán la obra posterior del autor, desde lo dulce a lo irónico y lo convulsivo. Quizás se pueda extraer una emoción más apelmazada que la que propone el Casals, pero es indiscutible que su lectura plegada sobre los detalles, de extraordinario virtuosismo, de limpio e impecable sonido, de extrema dinámica y de un sarcasmo deliberadamente sospechoso en el final, responde a una visión depuradamente moderna. El lejano recuerdo del Cuarteto Borodin está inevitablemente unido a una gramática apasionada en un tiempo de disputa; Transcurridos los años, Shostakovich visto desde la perspectiva más higiénica actual se presenta, por la acción del Casals, sutil, difícil y, aparentemente, más transparente. Siempre misterioso.
