La Navidad es un relato que se reescribe en el tiempo. Dostoievski, Chéjov, Scott Fitzgerald, Truman Capote o Pérez Galdós acudieron a ella en distintas épocas. Desde que ‘Canción de Navidad’, de Charles Dickens, fijara un molde estructural para el cuento navideño moderno, cada … época ha reinterpretado ese imaginario según sus necesidades y tensiones. El resultado es un corpus extraordinario de reescrituras y versiones.
Si algo revelan los clásicos es que la Navidad literaria está plagada de espectros, cadenas, culpas y visiones redentoras. Algo siempre falta o es echado en falta. ‘El cuento de Navidad de Auggie Wren’ de Paul Auster está protagonizado por un peculiar fotógrafo que retrata, diariamente ya lo largo de años, la misma esquina del barrio, como quien busca fijar el tiempo. Ese relato fue la semilla de ‘Smoke’. El retrato de todas las ausencias y fantasmagorías.
El cuento de Dickens, quizás el más versionado de la historia de la literatura navideña, narra la historia del avaro Ebenezer Scrooge. Además de un clásico literario, ‘Canción de Navidad’ es una superventas de la culpa, una crítica al capitalismo industrial —cuando existía tal cosa—, una alegría y bien engrasada máquina moral. En estos días en los que un raro espíritu de ansiedad y la electricidad de tarjeta de crédito recorre las calles, hay que volver —como cada año— sobre este cuento de espectros que Charles Dickens publicó un 19 de diciembre de 1843, exactamente cinco días antes de Nochebuena. La elección del día no fue casual, tampoco sus personajes. Nada en esta historia es fortuito. Nada es inocente.
Canción autobiográfica
Puede que Ebenezer Scrooge sea el personaje más conocido de Charles Dickens, incluso más que Oliver Twist o David Copperfield. El protagonista de ‘Canción de navidad’: un anciano tacaño y explotador que recibe la visita del fantasma de su antiguo socio, Jacob Marley, y luego de los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura. Todo con una intención: que Scrooge recapacite y alcance a redimirse antes de que sea demasiado tarde y se vea obligado, como Marley, a vagar por la eternidad arrastrando una pesada cadena de hierro. Las facturas por pagar. Y por si no queda claro, aquí el diálogo que ilumina las deudas más variadas.
«Entre alaridos y sacudones de la pesada cadena, el espectro de su socio advierte a Scrooge de que su individualismo y el uso exclusivo de su tiempo para hacer dinero lo llevarán al mismo purgatorio al que él ha sido condenado desde hace siete años: vagar de un lado a otro, encadenado a una pesada guaya. Una «incesante tortura del remordimiento», dice Marley. En el texto original, las palabras de su socio son bastante más inquietantes: «Sin descanso, no hay paz. Tortura incesante del remordimiento». En inglés, la palabra «remorse» alude a una penitencia, pero también significa compasión, esa capacidad de experimentar y entender el sufrimiento del otro a partir del dolor propio. Ése es, sin duda, el verdadero trasfondo de este clásico literario: no el miedo a la muerte, ni la culpa, sino la capacidad para entender el dolor de los demás.
Sólo la visita de los tres espíritus anunciados por Marley es lo que permite a Scrooge experimentar en carne propia la necesidad de amor (que ya no posee), la nostalgia (por la infancia y los pequeños episodios de luz extraviados en su vida) y el arrepentimiento. De eso se encargan el fantasma de la Navidad pasada, la Navidad presente y la del futuro. El viaje en el tiempo de Scrooge es en realidad un viaje hacia la empatía: verso como un niño miserable y solitario; descubrir que ha dejado plantada a la más bella mujer sólo por dedicarse a trabajar y hacer dinero; comprobar su mezquindad con su hermana; revisitar al padre.
Todo lo que le ocurre a Scrooge también lo vivió Dickens. Fue un niño explotado; su padre, ausente por una sentencia de prisión, lo condenó a un sufrimiento muy temprano que labró en Dickens una enorme sensibilidad y conciencia de clase. Por eso el escritor tira de biografía para escarmentar al avaro Scrooge. Pero si Scrooge se redime, si pasa de ser ese viejo mezquino a un hombre de relativa compasión, no es porque tema al purgatorio, sino porque vuelve a conectarse con su capacidad para sentir agravio, soledad, amor, nostalgia. El futuro como castigo, también como lugar de redención.
En la selección más ortodoxa de relatos navideños figura ‘El cascanueces y el rey de los ratones’ (1819), de Hoffmann. El argumento fue utilizado en 1892 por el Tchaikovsky se basó en una adaptación del cuento que había escrito Alejandro Dumas, para convertir esa historia en el ballet ‘El Cascanueces’, que se ha convertido en el ballet navideño más conocido.
Otras Navidades
Dickens sostiene la columna a la que la mayoría de los escritores acuden a flagelarse. En ese tránsito, más de un autor ha tomado decisiones literarias de calado. Louis Bayard, en ‘Mr. Timothy’ (2003), imagina la vida adulta del pequeño Tim, convertido ahora en un hombre marcado por su fama involuntaria y por el trauma de haber sido símbolo. Jon Clinch, en ‘Marley’ (2019), reconstruye con lente de novela negra la vida del socio atormentado de Scrooge. En ambos casos, la reescritura no es homenaje, sino interrogación del mito. En ‘La Navidad de un niño en Gales’ (1952), Dylan Thomas la convierte en un torbellino lírico de recuerdos, risas y música verbal. Truman Capote, en ‘Un recuerdo de navidad’ (1956), la transforma en territorio de memoria íntima: la infancia pobre, la complicidad con una anciana pariente, los rituales pequeños que sustituyen a los milagros.
TS Eliot, en ‘El cultivo de los árboles de Navidad’ (1954), entiende la celebración de la epifanía como disciplina interior y un ejercicio de asombro permanente. En ‘Hogfather’ (1996), Terry Pratchett, reescribe el mito de Santa Claus desde la filosofía disfrazada de humor: la muerte sustituyendo a Papá Noel para que la humanidad conserve la capacidad de creer. En el flanco oscuro, Neil Gaiman devuelve la Navidad a su raíz pagana y perturbadora. En ‘Nicolas fue’ y en varios relatos de ‘Humo y espejos’, revela que la fiesta luminosa no es más que el barniz contemporáneo de los antiguos rituales del solsticio. Su San Nicolás, un ser agotado y casi maldito, recuerda que bajo el azúcar se esconde la noche más larga del año.
De Arreola a Pardo Bazán
La tradición navideña no es patrimonio exclusivo del norte frío ni del inglés victoriano. En la literatura española y latinoamericana abundan los relatos donde la Navidad funciona como escenario moral, social o simbólico. Emilia Pardo Bazán, quizás la gran arquitecta hispánica del cuento navideño, situó la Navidad en distintos escenarios. En ‘Cuentos de Navidad y Año Nuevo’ (1893) y ‘Cuentos de Navidad y Reyes’ (1902) desplegó una imaginación poderosa para examinar desigualdades, roles de género y tensiones espirituales. En ‘La Navidad de las solteras’, la celebración se convierte en una crítica feroz a las expectativas de una sociedad que vigila el estado civil femenino con la misma atención que el número de turrones servidos en la mesa.
Benito Pérez Galdós exploró la Navidad en ‘La mula y el buey’ (1876), donde el nacimiento de un niño y la inocencia infantil dan paso a una meditación sobre la vulnerabilidad. Gustavo Adolfo Bécquer, en ‘Maese Pérez el organista’, construyó un relato donde la música y la Nochebuena se fundan en una escena mística que rosa lo numinoso. Pedro Antonio de Alarcón, Leopoldo Arias Clarín y Valle-Inclán también dejaron su huella: el costumbrismo, la ironía, la deformación modernista, todos ellos han sido vehículos de un imaginario navideño profundamente español.
Al otro lado del Atlántico, la Navidad ha sido reescrita desde claves muy distintas. Juan José Arreola, en ‘Sueño de Navidad’ (1941), creó un relato inquietante donde la voz infantil, la culpa y el giro fantástico revelan que la Navidad puede ser territorio de miedo y metamorfosis. Ignacio Manuel Altamirano, en ‘La Navidad en las montañas’ (1871), concibió un texto utópico, casi didáctico, donde la fiesta funciona como marco ético y comunitario para pensar una nación en construcción. Autores contemporáneos como Alberto Ruy Sánchez o Federico Andahazi han usado la Navidad para explorar la memoria, la identidad y los rituales culturales desde la infancia y la imaginación.
Así, vistos en conjunto —Dickens, Bayard, Capote, Eliot, Gaiman, Pardo Bazán, Galdós, Bécquer, Arreola o Paul Auster— uno comprende que la Navidad literaria es mucho más que un género estacional. Es un territorio de sombras y revelaciones, de culpas y consuelos, de milagros dudosos y derrotas íntimas. Un espacio donde lo fantástico se mezcla con lo social, donde la infancia se cruza con la precariedad, donde la luz más brillante siempre proyecta la sombra más larga. Cada vez que se reescribe, al relato de navidad se le interroga. Por eso la literatura navideña continúa siendo un territorio vivo donde conviven la memoria, la crítica social, el humor, lo fantástico y la búsqueda espiritual. Un lugar donde nos vemos obligados a mirarnos a la cara.
