Mariana Enríquez, Luisgé Martín, Álvaro Pombo, Javier Marías, Adelaida García Morales, Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, Martín Caparrós, Guadalupe Nettel, Marta Sanz, Mariana Enríquez, Cristina Morales… y el último, Pablo Maurettecomparten el honor de haber sido designados como premios Herralde de novela, de la editorial Anagrama, uno de los más prestigiosos del panorama literario español. Maurette (Buenos Aires, 1979) lo ha conquistado con El contrabando ejemplar, el periplo de un aspirante a escritor, Pablo, que se quiere apropiar del manuscrito de la novela nunca publicada de Eduardo, un amigo de su padre que ha muerto en Madrid. El libro es una oda a la Argentina del siglo XVII y un retrato de un personaje excesivo y sentimental, una novela dentro de otra, una contradicción dentro de una certeza. Maurette es profesora y periodista en Florencia (Italia) desde hace dos décadas. Tiene dos novelas anteriores y cuatro libros de ensayo. Bonaerense de convicción, no cree en una literatura por países, sino en la felicidad de escribir sin fronteras.
Su protagonista persigue durante toda la novela un libro ajeno. ¿Esta ilusión la ha tenido usted alguna vez, ‘robar’ una buena historia?
Nunca. No hay lugar donde sea más feliz que cuando estoy escribiendo. Robarme una novela, o escribir una novela con inteligencia artificial, le quitaría toda diversión al oficio que él eligió.
Habla de una Argentina desconocida en la literatura, pero que apuntaba a la que conocemos hoy. ¿Cómo se ve su país desde dentro y desde fuera (reside en Italia, según tengo entendido)
Me fui de Argentina hace veintiún años. Regreso todos los años, estoy muy en contacto con mi gente. No así con las noticias. Evito los periódicos argentinos, evita Twitter, o X como se llama ahora. Mi país es una abstracción. Es un país gigantesco. Soy de la ciudad de Buenos Aires. Ese es mi mundo. Me encanta Buenos Aires, es una ciudad maravillosa, vibrante, llena de librerías, cines, teatros. La veo de afuera a través de mis amigos y seres queridos. Algunos de ellos pintan un panorama aterrador. Otros, no tanto. La verdad tiene que estar en algún lugar intermedio.
Creo que todos los escritores, más allá, de su nacionalidad, retratan sus propias obsesiones.
Su protagonista se llama Pablo, vive en Florencia, escribe… Inevitable sacar conclusiones sobre el autor. ¿Cuántas mentiras cuesta de usted mismo y cuántas verdades?
Todo en el libro es verdad. Y todo es ficción.
Tengo la impresión de que los escritores argentinos suelen retratar sus propias obsesiones. ¿Es su caso?
Creo que todos los escritores, más allá de su nacionalidad, retratan sus propias obsesiones. La literatura está hecha de muchas cosas. El escritor usa su propia vida, todo lo que vio y escuchó, todo lo que leyó, todo lo que le contaron, y se pone a tejer la trama. Pero la mirada y la voz, que son aquello donde se evidencia el estilo, provienen de nuestras obsesiones.
Hablando de otros autores, hay una generación potentísima de escritores argentinos: Pedro Mairal, Laila Guerriero, Mariana Enríquez, Camila Sosa, Jorge Fernández Díaz, usted mismo… ¿Qué comparten todos? ¿Quizás su vena política?
Tenemos todos el mismo pasaporte azul, eso seguro. No me interesa mucho pensar en la literatura como un fenómeno ligado a la nacionalidad. ¿Hay una literatura argentina? No lo sé. Compartimos, sí, la lengua castellana, la tercera lengua más hablada del mundo, una lengua con una variedad apabullante y con un potencial inacabable.
La literatura nace con el viaje de regreso a la patria. Para un argentino, para un griego y para un sudanés
Conoce muy bien España, da cuenta en el libro de escenarios imprescindibles para entender el libro. ¿No hay viaje literario para un argentino sin el retorno a la madre patria?
La literatura nace con el viaje de regreso a la patria. Para un argentino, para un griego y para un sudanés. Uno lee para irse y escribe para volver. Porque solo cuando concluye el viaje, cuando uno regresa sano y salvo, puede contar el cuento.
Por no hablar de Sabina, un símbolo que usted emplea a conciencia, ahora que él se marcha de los escenarios.
“Ahora es demasiado tarde, princesa, busca otro perro que te ladre, princesa”. En algún momento de mi vida escuché bastante a Sabina. Nunca lo vi en directo, me hubiera gustado. Dijo algo genial una vez: “Bob Dylan quizás no sea el mejor cantante de la historia, pero lo es”. Estoy totalmente de acuerdo.
Eduardo ¿es su mejor personaje hasta ahora? ¿De dónde sale?
No soy yo quien pueda juzgar cuán bueno es un personaje de un libro mío, creo. Eduardo está inspirado en alguien a quien conoció y que era muy cercano. Alguien que vivía en Madrid y murió hace unos pocos años. No le dediqué la novela porque es toda un gran homenaje a él.
Sin maldiciones ¿qué cuentos vamos a contar? Larga vida a las maldiciones
¿Cree que con esta novela ha expiado las maldiciones de Argentina?
Ojalá que no. Sin maldiciones, ¿qué cuentos vamos a contar? ¡Larga vida a todas las maldiciones!
¿Qué cuento no se cree Pablo Maurette de los que nos cuentan los periódicos, en su país y fuera, ahora que los gobiernos, comenzando por el suyo tienden a limitar la libertad de expresión?
Más allá de quien gobierne, es importante recordar que el periodismo es una rama de la ficción. Los periódicos cuentan historias basadas (en el mejor de los casos) en hechos reales. Al elegir un foco, al privilegiar una historia por sobre otra, al editar, al omitir, al enfatizar, se está haciendo ficción. Me encanta leer los periódicos, pero nunca hay que perder de vista eso.
