Últimamente a los malditos se les ve con mejor color. Como si alguien les hubiera obligado a pasear al sol oa hacer yoga a las siete de la mañana. La figura del artista atormentado, marginal, autodestructivo, que durante décadas ha fascinado al público, se ha desdibujado en una era obsesionada con el bienestar, en la que la salud emocional y física son prioridad. La gente quiere vivir más y mejor. Y eso, quedándose toda la noche escribiendo poemas en la esquina oscura de un bar, entre roncolas y humo de tabaco, suele ser complicado.
Hasta Lana del Rey se ha pasado al vaper. Pero no es la única. El año pasado, antes de aparecer vestida de monja en la portada de luxRosalía dijo en Omegasu canción con Ralphie Choo: “Ya no bebo, ya no fumo, no consumo y lo presumo”. Se ha terminado fardar de fumar muchos porros o metros de rayas de cocaína “como la M-30”. Los borrachos dan pereza. El orgullo es abstemio. Si alguien quiere alardear de algo mejor hacerlo de los días seguidos sin fallar en el gimnasia o de haber sacado un 90 sobre 100 en la aplicación Sleep Cycle. Incluso Fernando Gálvez, AKA Yung Beef, maldito entre los malditos, ingresó a una clínica de desintoxicación el año pasado para dejar la mala vida. “Acabé conectando con mi niño interior”, dijo quien ha sido el gran pionero del trap en España.
