De repente, repara en un cuerpo extraño, que creías exterminado y que vuelve a dar señal en las parrillas de novedades: el disco grabado en directo. Solo en este mes han salido ‘live albums’ de Nick Cave and the Bad Seeds, Depeche Mode, Kylie Minogue, Olivia Rodrigo, Scorpions, Animal Collective… Y en los últimos tiempos, más y más novedades en vivo de artistas tan variados como Panic! At The Disco, Mitski, Reinas de la Edad de Piedra, Jonas Brothers, David Gilmour, Dua Lipa o Def Leppard.
El disco en directo, ese viejo amigo, cómplice del auge movilizador del rock en los 70. Algunas carreras le deben mucho: Peter Frampton agigantó su aura de icono pop gracias a ‘Comes live’, uno de los más vendidos de la historia. ‘Made in Japan’, de Deep Purple, desarrolló el doble álbum ‘live’ como fetiche de una era, y el Budokan, de Tokio, como templo para el hard rock y el metal. En los 80, la caja de Bruce Springsteen redobló la apuesta con cinco vinilos recibidos como maná por sus seguidores.
En aquellos tiempos, las giras eran mucho más reducidas que en la actualidad y la etiqueta ‘world tour’ equivalía a Norteamérica, media docena de países de Europa occidental y, a lo sumo, Australia y el exótico Japón. El álbum en directo era un objeto de culto para los seguidores de un artista que no habían tenido la suerte de ver en persona. Abrías aquellas dobles carpetas llenas de fotos, cerrabas los ojos y te sentías en medio del aquelarre.
Primero el VHS, luego el DVD y, finalmente, YouTube fueron laminando el poder de esos álbumes. Hasta hoy, en que el efecto que producen es otro y no se puede disociar de la expansión global de la música en directo. La conmoción física del ‘show’ se traslada al plano digital y la grabación con público es el testimonio de una situación de la que tal vez hayas formado parte, con calidad sonora y la posibilidad de adquirirlo en formato físico, en el vinilo fetichista.
Pero el tiempo nunca transcurre hacia atrás y no vamos a volver a 1976. En aquellos ‘live albums’ se respiraba la inmediata, la aspereza, porque la tecnología era rudimentaria y no pasaba nada. si se detectaban imperfecciones, que le daban un toque genuino (aunque muchos se corregían en el estudio). Pero el rock, más aún el jazz, son susceptibles a las pifias. No tanto las producciones modernas sustentadas en la electrónica y la programación. No parece que se busque ahora tanto el matiz expresivo como el eco performativo: Recordar a través del álbum que ha formado parte de algo grande.
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