«Yo antes no podía sacar mangas en clase porque me llevaba un puñetazo», dice Pedro Ramírez, ilustrador de veintinueve años al que el anime le ayudó a redirigir su carrera profesional: «Ahora Rauw Alejandro tiene la máscara de Tanjiro tatuada. Supongo que eso … cambia la situación».
A finales de los años 60, unos dibujos animados producidos para televisión empezaron a atraer miradas en las calles de Tokio. Los estudios trabajaban con presupuestos escasosencadenando soluciones creativas para sacar adelante cada episodio, pero algo estaba germinando en aquella mezcla de líneas gruesas, música sincopada y héroes improbables: una forma de narrar diferente, con códigos propios. Una semilla que, con el tiempo, se convertiría en uno de los lenguajes culturales más influyentes del siglo XXI. La sensación dominante este año ha sido que el anime «ha explotado de repente». Ese relato es, en el fondo, un espejismo: el ‘boom’ de este año no es un estallido espontáneo: es la parte visible de una corriente profunda, una marea cultural que lleva décadas desplazándose silenciosamente bajo la superficie hasta subir lo suficiente para arrastrarlo todo a su paso.
Quienes hace veinte años consumían anime como una afición minoritaria son ahora quienes escriben guiones, quienes toman decisiones en plataformas, quienes diseñan campañas publicitarias, quienes trabajan en redacciones, editoriales y productoras. Sin proclamar un manifiesto han desplazado el eje cultural. Como ocurrió con los videojuegos -otro medio que fue catalogado como entretenimiento trivial y que hoy mueve más dinero que el cine y la música juntos-, el anime se consolidó mientras los guardianes tradicionales de la cultura miraban hacia otro lado.
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Guardianes de la noche: La fortaleza infinita: 715.296.426 USD
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Hombre Motosierra: El arco de Reze: 154,316,142 USD
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Detective Conan: Flashback de un solo ojo: 109.372.819 USD
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Jujutsu Kaisen: Ejecución: 50.340.181 USD
La prueba irrefutable de este cambio de paradigma está hoy en las salas de cine, un escenario al que este género llegaría inevitablemente: ‘Guardianes de la Noche: Kimetsu no Yaiba – La fortaleza infinita’ ha roto la campana de cristal del nicho, superando los 715 millones de euros de recaudación a nivel global. A su estela, ‘Chainsaw Man – La película: El arco de Reze’ no solo debutó como número uno en taquilla en España, sino que rápidamente rebasó el millón y medio de euros con más de 200.000 entradas vendidas. ‘Jujutsu Kaisen: Ejecución’ debutó directamente en el número 2 de la taquilla nacional, recaudando cerca de 600.000 euros solo en su primer fin de semana.
«Cuando leí ‘Death Note’ en secundaria, algo en mí se despertó», continúa diciendo Pedro. «Nunca había visto una historia así, ya mí no me gustaba leer. Mis padres estaban encantados de que tuviese un libro entre las manos». ‘Death Note’ es una serie de manga del año 2003 escrita por Tsugumi Ōba e ilustrada por Takeshi Obata. La historia cuenta cómo Luz Yagami, un estudiante brillante, encuentra un cuaderno capaz de matar a cualquiera cuyo nombre escriba en él.
Lo que empieza como un experimento por limpiar el mundo de criminales se transforma en una espiral de obsesión, poder y autoengaño: Light se erige en juez supremo mientras un enigmático detective, L, lo persigue con una lucidez casi inhumana. Actualmente, el manga supera los 30 millones de copias vendidas solo en Japón, y su anime, adaptado en 2006 (y con otra adaptación live-action para Netflix en 2017), se consolidó como un fenómeno global.
Arte original para el manga de ‘Death Note’
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el anime fue visto en Occidente como un producto excéntrico, distante o incluso incomprensible. Mientras Disney consolidaba el canon global de la animación, Japón tejía un lenguaje propio: historias más largas, personajes moralmente ambiguos y géneros que trascendían con claridad el entretenimiento infantil. ‘Astro Boy’ y ‘Mazinger Z’ fueron sus primeros emisarios en los años 70 y 80; más tarde llegaron ‘Dragon Ball’, ‘Neon Genesis Evangelion’, ‘Sailor Moon’ y ‘Cowboy Bebop’.
En paralelo, Hayao Miyazaki e Isao Takahata fundaron en 1985 Estudio Ghibli. Este se convirtió en la punta de lanzamiento de una animación que no solo contaba historias, sino que construía mundos con una sensibilidad única. ‘Mi vecino Totoro’, ‘El viaje de Chihiro’ o ‘La princesa Mononoke’ no se limitaban a entretener; Exploraban temas universales como la infancia, la naturaleza, el conflicto y la identidad, siempre con un rigor visual extraordinario. Ghibli demostró que la animación japonesa podía dialogar con cualquier cultura, influir en generaciones enteras y abrir la puerta a una apreciación más profunda del medio, incluso entre quienes nunca habían visto anime antes.
Fotograma de la película ‘Mi vecino Totoro’
Pero la visión del mundo era otra. «’Cosas de adolescentes’, ‘modas pasajeras’, ‘dibujos raros’…», recuerda Eider Lapuerta, quien lleva años asistiendo a convenciones como la Japan Weekend: «Ahora está más normalizado, imagino que por las redes sociales y porque «los normies» se están dando cuenta de que merece la pena», y con arrebato, añade: «Nadie cuestiona a quien lee libros, ve películas o acude al teatro. El anime y el manga son cultura, pero con audio en japonés y subtítulos en español».
Una puerta oculta en internet
Antes del gran boom del ‘streaming’ ya existía un ecosistema paralelo que acercaba el anime en español: animeflv nació en la era previa a las grandes plataformas (su dominio aparece ya en 2010) y su propio nombre remite al viejo formato FLV, habitual en la distribución de vídeo de finales de los 2000, lo que la sitúa como una de las webs pioneras en la difusión masiva en castellano. La práctica del ‘fansubbing’ (subtitulado colaborativo y distribuido por IRC, BitTorrent y sitios de aficionados) llevó décadas permitiendo el acceso a estrenos ya títulos no licenciados, y fue la base cultural sobre la que se apoyaron tanto esas webs como las primeras plataformas oficiales. Con la profesionalización del mercado (Crunchyroll se lanzó oficialmente en España en 2013), llegó la oferta legal masiva y la carrera por velocidad y calidad: las plataformas empezaron a traducir ya estrenar rápido para competir con las páginas pirata. Al mismo tiempo, el anime se renovó creativa y comercialmente, lo que convirtió el formato en un contenido capaz de atraer audiencias globales y dar el impulso definitivo a su consumo ‘mainstream’.
«Kuro» Canul es miembro de varias comunidades de fansub en español. Subtitulos anime en paginas pirata desde hace diez años. Él describe su rutina como «una carrera contrarreloj llena de cariño». Sobre las comunidades de subtitulación, admite que funcionan en la sombra: «Somos grupos dispersos por España y Latinoamérica, coordinados en servidores privados, organizándonos como si fuéramos una editorial independiente». Cada semana, en cuanto aparece un episodio sin subtítulos, lo descarga y se sumerge en la traducción mientras otros compañeros ajustan el ‘timing’. «No cobramos nada -explica-; lo hacemos porque amamos el anime y porque sabemos que, si vamos rápido pero con mimo, miles de personas lo verán esa misma noche». Para él, el auge actual del anime es «la confirmación de que siempre fue cultura, aunque muchos no quisieran verlo». Asegura que hoy conviven generaciones distintas viendo los mismos estrenos y que eso «jamás hubiera ocurrido hace diez años». Y aunque su trabajo permanezca invisible, celebra que contribuya a un momento cultural «que por fin trata al anime con la legitimidad que merece».
Panel del manga ‘Shingeki no Kyojin’, o ‘Ataque a los Titanes’, en español
El anime ya no se consume «a escondidas», ni pertenece a una minoría intensamente fan. Forma parte del vocabulario audiovisual cotidiano. Sus códigos están en la moda, en la publicidad, en los videoclips, en la música pop, en los videojuegos, en TikTok, en los festivales internacionales. Pero este cambio no se ha producido de forma decretada desde arriba. Ha sido una transformación generacional: la consecuencia lógica de haber ignorado, durante demasiado tiempo, una revolución cultural que ya estaba ocurriendo. La globalización del anime es, en realidad, la globalización de los gustos de una generación que ha alcanzado la edad adulta sin renunciar a lo que amaba de adolescente. Se veía venir. Solo que no quisimos verlo.
