Sobre los desafíos que marcan hoy la política exterior española, la gestión histórica de expedientes tan complejos como Gibraltar y el Sáhara, o las negociaciones de España para entrar en la Unión Europea y la OTAN. También sobre el papel que han jugado –y siguen … jugando– los embajadores en la resolución de estas cuestiones con una diplomacia discreta, que no se aprecia pero existe. Todas estas cuestiones las recogen Domingo de Silos Manso García (Zaragoza, 1944) en ‘Embajadores de España: la Patria habla a través de nosotros’, un libro donde reúne 23 conversaciones en profundidad con figuras clave de nuestra política exterior desde el final de la dictadura y hasta hoy.
Por sus páginas desfilan charlas con diplomáticos que estuvieron en la primera línea: desde Marcelino Oreja Aguirre –ministro de Exteriores entre 1976 y 1980– hasta Antonio Garrigues Díaz-Cañabatepasando por Jorge Dezcallar, ramón de miguel oh Inocencio Ariasentre otros muchos. También se encuentran otros dos que durante años fueron jefes de la Casa del Rey, como alberto aza y Rafael Spottorno.
Manso, jubilado diplomático, fue embajador en Gabón y en Santo Tomé y Príncipe. Es autor de novela, cuento y ensayo –entre ellos ‘Diplomacia de ayer y hoy. España en el mundo 1939-2022’– y es, sobre todo, un observador de cómo España se ha comunicado por el mundo durante más de medio siglo. Esto último hay que resaltarlo, sobre todo porque, a su juicio, el interés ciudadano por la política exterior es irregular: «Crece cuando afecta directamente –Marruecos, Melilla, Francia y ETAla entrada en Europa–, pero suele quedar en segundo plano»: «Si te vas a un barrio de Madrid oa un pueblo, llega muy poco».
La conversación con ABC, en una mesa de la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid, se desplaza hacia el presente geopolítico y el reciente viaje de los Reyes a China. «En 1980 España tenía un PIB similar al de China, con más de mil millones de habitantes», contextualiza, para después señalar que desde entonces China ha protagonizado un crecimiento gigantesco impulsado por inversiones y empresas tecnológicas. Aunque a su juicio, no estaba de más hacer ese viaje, sí reconoce que esa evolución genera tensiones: «A Estados Unidos no le gusta que España mantenga relaciones cercanas con Venezuela o con China. Es como en la vida: cada país tiene sus amigos».
Ejemplos para ilustrar
Para explicar cómo ha cambiado la política exterior española, retrocede hasta 1946. Tras la guerra, muchos países expulsaron a los embajadores de España por ser una dictadura; otros, como Argentina, mantuvieron relación y proporcionaron ayuda económica. Naciones Unidas levantó el veto en los años cincuenta. «Poco a poco España se fue abriendo», recuerda. Después llegó el Plan de Estabilización, la emigración a Europa, la llegada del turismo y las inversiones. «En 1962 España pidió un acuerdo con la Comunidad Europea, algo imposible entonces por la naturaleza del régimen. La integración sería lenta y no culminaría hasta 1985», recuerda. Manso resume ese proceso recurriendo a la conversación con un embajador: «Me dijo: ‘No entraremos en la OTAN si antes no entramos en la Comunidad Europea’. Era un buen momento para España». Después llegarían las grandes citas internacionales de 1992 en Barcelona, Sevilla y Madrid, que terminaron de proyectar al país.
«Los diplomáticos son trabajadores silenciosos que mueven papeles, informes y gestiones que no suelen trascender, pero que
sostienen la imagen exterior del país
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Sin embargo, la influencia española no es la misma que entonces. «A partir de la Transición, y sobre todo desde Aznar y Estados Unidosha cambiado bastante. Ya no tenemos la misma capacidad». Aun así, subraya la importancia estratégica de la relación con EE.UU., el único actor con poder global pleno, y también la relevancia del continente americano, donde viven más de 60 millones de hispanohablantes. «Moverse bien allí es fundamental», afirma. Por eso lamenta que las relaciones con Estados Unidos «no sean las que teníamos hace algunos años».
«Los diplomáticos sostienen la imagen exterior del país»
A lo largo de su carrera, cuenta Manso que ha visto embajadas lujosas y otras muy humildes, pero en todas –insiste– «ha habido siempre mucho trabajo». «La prioridad es tener a España en el centro», cuenta, al tiempo que desmitifica la profesión del diplomático. Porque, al contrario de lo que se pueda percibir, no se pasan el día tomando canapés en recepciones: «Los diplomáticos son trabajadores mueve silenciosos quen papeles, informes y gestiones que no suelen trascender, pero que sostienen la imagen exterior del país».
Sobre los ministros de Asuntos Exteriores de los últimos cincuenta años, evita señalar a uno solo, aunque menciona con simpatía a Marcelino Oreja y los primeros años de la Transición. Aunque admite que cada uno ha ejercido su papel con distintos grados de convicción y eficacia, sobre Albares prefiere no pronunciarse porque está jubilado y ya no está en el Ministerio. Aún así, dice que lo que le llega es que sus compañeros no están muy contentos.
