Hace años que el histórico cinturón rojo de Madrid perdió la rocosidad característica del hormigón de sus polígonos industriales. El sur, que durante décadas fue bastión incuestionable de la izquierda, comenzó a agrietarse en 2019 para terminar de romperse en 2023. La primera tinta que se coló por sus grietas fue la azul del PP. Pero basta con mirar encuestas recientes —del CIS, Opina 360 o 40dB— para comprobar que el verde de Vox también está penetrando en nuevos nichos de voto obrero ante el estancamiento, cuando no retroceso, que los sondeos atribuyen a las izquierdas de PSOE y Más Madrid.
El fenómeno no es casual. Con el Partido Popular de Isabel Díaz Ayuso dominando los municipios más acomodados de la región, Vox ha puesto rumbo sur. Hacia municipios densamente poblados como Móstoles, Getafe, Fuenlabrada, Leganés, Alcorcón, Pinto, Arganda del Rey, Rivas-Vaciamadrid o Coslada donde se pondrá en juego el 25% de los votos convirtiéndose, irremediablemente, en el verdadero campo de batalla de las próximas elecciones madrileñas.
La extrema derecha crece vinculando la tensión que sufren los servicios sociales con la inmigración.
Allí, en calles donde históricamente la izquierda ganaba casi por inercia, Vox ha iniciado una campaña puerta a puerta para capitalizar el descontento del votante de clase media y baja desencantado tanto con La Moncloa como con la Puerta del Sol. Y para abrirse hueco, el partido de Santiago Abascal ha vinculado sin matices la vivienda y la inmigración –las dos grandes preocupaciones de los españoles según el CIS– en la misma ecuación. Una conexión de trazo horrible como la imagen que ilustra su programa económico y de vivienda: un avión repleto de inmigrantes deportados sobrevolando un bosque de grúas.
“Tenemos un discurso duro contra la inmigración, por supuesto”, admite José Antonio Fúster. “Pero es la realidad de esos barrios”, insiste el presidente provincial de Vox en Madrid.
“El primero que agujereó el cinturón rojo fue Pedro Sánchez con su maniobra completamente desquiciada de acusar a Madrid de ser la zona cero de la pandemia. Eso lo supo aprovechar muy bien Ayuso creando una especie de hiperregionalismo. Pero las recetas libertarias que prometió la presidenta no están llegando. Y la realidad es que los barrios y municipios que más sufren la carga de inmigración son los del sur. Y no hablo solo de inseguridad, sino de la tensión que soportan los servicios sociales”, señala Fúster con un discurso que recuerda al lepenismo con el que creció la extrema derecha francesa en las banlieues de París.
Tras atraerle hacia sus postulados, Vox ahora plantea “deportaciones masivas” que son inasumibles para el PP
El éxito de ese ideario no nace de la nada. Sus raíces se hunden en la legislatura anterior, cuando Ayuso, apelando a la “libertad” de su programa político, optó por una estrategia que combinaba distanciamiento formal y mimetismo discursivo.
Con la defenestrada Rocío Monasterio como portavoz de Vox, el dirigente popular no dudó en vincular en alguna ocasión las agresiones sexuales en Alcalá de Henares con la llegada de inmigrantes irregulares al centro de acogida que el Gobierno ha dispuesto en la ciudad universitaria. Tampoco tuvo reparos en abrazar la exigencia de revisar las leyes de género y LGTBI de Madrid para evitar que Vox creciera en las urnas. Y le funcionó… al menos hasta 2023.
Pero tan pronto Ayuso dio un paso hacia el ideario de Vox, los de Santiago Abascal dieron aún más radicales, en un juego del espejo que ha terminado por consolidar un marco en el que la inmigración se ha situado en el centro del debate público, mientras la izquierda madrileña —con liderazgos ministeriales como los de Mónica García y Óscar López centrados en agendas alejadas del regionalismo y de las prioridades locales— ha perdido tracción. En ese escenario cada vez más inclinado hacia la extrema derecha, Vox ha llegado a plantear medidas como “deportaciones masivas” que Ayuso ya no está dispuesta a asumir. Así que ha pasado a liderar un ataque frontal en el Parlamento regional, donde PP y Vox llevan semanas encadenando rifirrafes cada vez más agrios.
Ayuso ha alternado distanciamiento formal y mimetismo discursivo para evitar fugas de votos
La presidenta madrileña ha acusado públicamente al partido de Abascal de camuflar bajo la defensa de las clases más desfavorecidas un discurso que, asegura, solo busca “atacar a la inmigración”. “A ustedes no les importa ni la vivienda, ni la sanidad, ni la educación. ¿Qué van a hacer, deportaciones masivas por las casas? ¿Sacar de los pelos a los inmigrantes de los centros de salud? ¿Vulnerar sus derechos constitucionales y comunitarios?”, les hapetado en más de una ocasión.
Su portavoz, Isabel Pérez Moñino, le ha respondido reprochando la “desprotección e inseguridad” a la que la presidenta regional estaría condenando a los españoles, ya “excluidos de los barrios de toda la vida”. “Está nervioso, se le nota. Lo deja claro en cada intervención que hace atacandonos casi más que al Gobierno o al propio Pedro Sánchez”, añade con sorna. Como quien sabe que la mecha, al sur de la M-40, ya ha prendido y que, en las calles que aún conservan los nombres de viejas fábricas y el eco de luchas obreras, la política ha vuelto a cambiar de color.
