Lapatilla
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La Navidad, cuando se vive bajo tiranía, deja de ser promesa y se convierte en herida. No hay luces que oculten las rejas, ni villancicos capaces de silenciar los gritos que brotan desde las mazmorras del poder. En Venezuela, la Navidad no llega: es perseguida, encarcelada, desaparecida.
El régimen no se conforme con encarcelar ideas. Castiga apellidos, vínculos, palabras dichas en voz alta o enviadas en un audio comunitario. Así se entiende la condena infame contra Rafael Tudares, sentenciado a treinta años de prisión no por un delito, sino por ser el año del presidente legítimo Edmundo González. En Venezuela, amar a la persona equivocada se paga con décadas de encierro.
La misma pena absurda recayó sobre Marggie Xiomara Orozco, una mujer de 65 años de edad, residente en la comunidad de San Juan de Colón del estado Táchira, cuyo crimen fue cuestionar al poder en redes sociales. Y más recientemente, Marcos José Palma, vecino de un sector entre la carretera vieja de Caracas y Los Teques, fue castigado con quince años de cárcel por atreverse a denunciar, en un audio comunitario, el colapso del servicio de gas doméstico. Una jueza servil emitió la sentencia. El gas faltaba; la justicia también. A nuestro compañero abepista, David Longa, lo apresaron por el “delito” de mostrar una pancarta, en una plaza pública de La Guaira, pidiendo la libertad de todos los presos políticos.
La hija de Edmundo González alzó su voz en el cumpleaños de su esposo, quien acumula una vez meses en desaparición forzada. No pedí regalos: pedí libertad. Mientras tanto, la pareja del ciudadano argentino Nahuel Gallo denunció amenazas de muerte contra extranjeros detenidos por la dictadura, confirmando que el terror no reconoce pasaportes.
Desde el partido Vente Venezuela se alertó sobre el traslado de emergencia del preso político Juan Iriarte, otra vida tratada como mercancía prescindible. Las familias de los detenidos tampoco se salvan: el régimen aplica el método Sippenhaft, la culpa heredada, castigando a madres, esposas, hijos y hermanos. Esa tragedia la padecen los allegados del Teniente José Rodríguez Araña, de Pedro Andrade, Omario Castellano y la familia Guillén en el estado Carabobo.
El Observatorio Venezolano de Prisiones denuncia que en la cárcel denominada El Rodeo I, se niega información sobre presos políticos. El silencio oficial es otra forma de tortura. A la par, Elvira Pernalete, madre del joven asesinado Juan Pablo Pernalete, clama por ayuda médica urgente: necesita una operación que no puede esperar. En un país donde la justicia mata y la salud abandona, la solidaridad se vuelve resistencia.
El Foro Penal contabiliza 902 presos políticos: 86 extranjeros y 62 en desaparición forzada. No son números; son sillas vacías en la mesa navideña.
En Caracas, la Navidad llega con un dólar inalcanzable. Quinientos bolívares por dólar en la calle, mientras el Banco Central fija una tasa ficticia de Bs. 288,45. El salario se evapora antes de tocar las manos. En Zulia, los Consejos Comunales cierran carreteras por la falta de juguetes prometidos. En Bolívar, San Félix llora a dos adolescentes encontrados sin vida: Ashleikert Ríos, de 17 años, y Alexander Alvarado, de 15. Niños que no llegaron a diciembre.
La pobreza se expande como una sombra larga. Estamos a las puertas de otro ciclo de hiperinflación, otro naufragio anunciado. Son crímenes de lesa humanidad los que perpetran Nicolás Maduro y su cúpula, blindados por la represión y el miedo. Con tiranía, la Navidad no es feliz. Es una vela encendida en una celda. Es una madre esperando noticias. Es un niño que no llega a diciembre. Y aun así, resistimos. Porque incluso en la noche más larga, la verdad insiste en el amanecer.
Los sacrificios no serán en vano. La sangre derramada, las ausencias forzadas, los años robados en prisión y exilio, no serán capítulos inútiles., sino la semilla amarga de una nación que aprendió a defender su dignidad. Cada preso político, cada madre que resistió, cada joven silenciado, está escribiendo la página más honesta de nuestra redención..
Llegará el día —más pronto de lo que la tiranía imagina— en que las mesas volverán a llenarse, no solo de comida, sino de nombres recuperados. Volveremos a cantar aguinaldos sin miedo, con familias reunificadas, con risas que ya no tendrán que hablar en susurros. La Navidad dejará de ser duelo y volverá a ser abrazo.
Ese día diremos Feliz Navidad sin ironía, sin rabia contenida, sin sillas vacías. Lo diremos con la serenidad de quienes sobrevivieron a la tormenta y con la alegría madura de un pueblo que no olvidó, pero que decidió vivir.
Porque viene la libertad. Porque Venezuela vive. Porque después de tanta noche, también nosotros merecemos amanecer..
Antonioledezma.net
