Alemania ingresa en su cuarto año de recesión continuada en 2026, de acuerdo a lo señalado por el Bundesbank; y esto sucede a pesar de una inversión adicional de 1 billón de euros realizada por el canciller Friedrich Merz en gastos de defensa e infraestructura.
Asimismo, el Bundesbank indica que el próximo año habrá más días laborables que provocarán un auge del PBI de +0,9%.
Ocurrirá que el déficit fiscal prácticamente se duplicará entre el +2,5% del producto este año y +4,8% en 2028, el nivel más alto desde la reunificación alemana de 1990; y por encima incluso de los déficits récord sufridos durante la pandemia del Covid-19.
A esto hay que sumarle el agravante de que la recesión iniciada en febrero de 2022 se ha convertido en contracción aguda en el 2° y 3° trimestre de 2025, como ha subrayado el Banco Central de Frankfurt.
El costo de la producción en la República Federal está también en sus mayores niveles históricos, hasta alcanzar los costos laborales no salariales (asistencia social, jubilaciones y pensiones) a 44,5% del total; estos índices excluyen prácticamente a la fabricación alemana de la competencia internacional, donde la primacía de China y EE.UU es absolutamente indiscutible.
La contracción alemana afecta principalmente a la industria manufacturera que abarca el 25% del PBI y es la tercera del mundo después de la china y la norteamericana.
El porcentaje de la fabricación alemana en relación al producto es el más elevado del sistema global; y lo notable es que esta contracción extraordinaria es más aguda en la República Federal que en el resto de Europa, a diferencia de lo que sucedió hace sólo 4 años, en que ambos se encontraron en una situación de completa paridad.
El problema principal de la manufactura alemana es que sus grandes empresas, todas ellas las principales transnacionales y cabezas de las cadenas globales de producción, invierten cada vez menos en Alemania y cada vez más en el exterior ante todo en China.
Esto se debe a que los costos de producción en la RFA son 3 o 4 veces superiores a los de sus filiales en la República Popular, mientras que sus contenidos tecnológicos y sus plazos de entrega desde el diseño a su colocación en el mercado son 3 o 4 veces inferiores.
Esta situación se puede sintetizar en los siguientes términos: la industria fabricante específicamente alemana no es hoy competitiva internacionalmente, ni desde la oferta ni desde la demanda; y esto hace que Volkswagen cierre en 2026 más de un tercio de sus plantas automotrices en la RFA y al mismo tiempo se disponga a abrir Esas mismas plantas, pero con mejor tecnología y menores costos.en la República Popular.
Alemania, en síntesis, experimenta en este momento un proceso de aguda y creciente desindustrialización debido a su débil mercado interno ya sus muy elevados costos de producción.
Ante esta situación, las cadenas globales de producción de la manufactura alemana actúan de acuerdo al impulso “schumpeteriano” que las lleva a colocar sus capitales y tecnologías más avanzadas en la fase de mayor productividad, que son precisamente las que se encuentran en China.
Esto significa que el diagnostico sobre la industria manufacturera alemana es cada vez más oscuro y negativo, mientras que resultan cada vez más optimistas y alentadoras las perspectivas de la producción en Asia, y principalmente en China.
Lo que está sucediendo en la República Federal es el resultado directo del núcleo de la acumulación capitalista que es la capacidad de “destrucción creadora” y que hoy se muestra más vigorosa que nunca, sólo que en términos globales.
El Deutsche Bank sostiene que la inversión en Alemania se ha incrementado notablemente por el aumento en el gasto de 1 billón de euros resuelto por el canciller Merz, pero que sin embargo esto no implica la recuperación del crecimiento económico, porque lo que faltan son las reformas estructurales que reduzcan los exigentes costos de producción.
Lo que hay que hacer en Alemania es lo que nunca se ha hecho desde la Segunda Guerra Mundial, que es un proceso masivo y generalizado, necesariamente disruptivo, de una desregulación con características revolucionarias.
Ante todo, hay que destruir la trama hondamente asfixiante de la hiperregulación burocrática, terminando con la cultura de la defensa sistemática del status quo, necesaria y letalmente volcada al pasado.
La experiencia norteamericana es muy nítida en este sentido y el propio Donald Trump ha señalado en forma repetida que lo que ha desatado en EE.UU. el verdadero vendaval de innovación e inversiones que experimenta en este momento antes que la reducción de impuestos es la desregulación generalizado.
Kissinger dijo: “la puja central del siglo XX es la lucha del carisma contra la burocracia” y hoy el carisma es la iniciativa, el valor de emprender, el coraje de innovar. Esto es lo que falta en Alemania hoy, la tierra de lo medido, de lo gradual y de lo prudente, la patria y la razón de ser del capitalismo burocrático.
