Topamos de nuevo con el despliegue, siempre tan divisivo, de las listas de los mejores discos del año. Son rankings en cuya confección suele planear un dilema relativo a la voluntad representativa del presente que les queramos, o no, imprimir. ¿La lista debe reflejar las obras que consideramos musicalmente más brillantes, y punto, o las más relevantes? ¿Por su poder disruptivo, por la conversación cultural que generan, por su capacidad de capturar eso que llamamos el signo de los tiempos? Más bien, una mezcla de ambas cosas.
Como quienes hacemos estas listas somos periodistas, el factor novedoso y la sacudida social nos suelen importar, para qué negarlo. Nos gustan los álbumes que, además de contener canciones que nos seducen, plantean desafíos estéticos, mueven el tablero de juego, conectan con algo más grande que ellos. Y que una selección del año refleja su tiempo, y que contiene obras que harán avanzar el lenguaje musical y ofrecerán algo que no existía en el ranking anterior.
Tanto la discoteca de mal conejito como el de Rosalía, que han encabezado las listas de este diario (y no solo, ni limitadas a medios españoles), han despertado estos días expresiones de amor y odio. Suele suceder, si bien esta vez la polarización, a juego con el tiempo que vivimos, ha sido si cabe un poco más agudo, y se entiende: ambos artistas representan un cambio de orden, entroncando (sobre todo él), con un género campeón en propulsar ‘haters’ como es el reguetón, y ambos (sobre toda ella) han podido abrumar con sus despliegues promocionales y esa proliferación de artículos sobre cualquier cosa con tal de incluir la palabra ‘Rosalía’ en el titular.
Pero tanto ‘Lux’ como ‘Debí tirar más fotos’ son a la vez álbumes artísticamente muy álgidos, con canciones que marcan la diferencia (de ‘Berghain’ a ‘Baile inolvidable’) y, además, importantes, que tocan puntos sensibles de la conversación cultural, rompen categorías, expanden lenguajes, nos interrogan y se deslizan a la vez complejidad y diversión.
Es común que se acuse a la crítica musical de esnob, de ensalzar obras para minorías y despreciar el gusto común, pero esta vez el gremio recibe tortas por lo contrario, por elogiar a artistas demasiado populares. Complacer a todos es imposible y se asume con deportividad. Pero sí quisiera decir algo a quien extienda el dedo acusador: sea lo que sea lo que acabemos haciendo, créame, en las redacciones no nos dedicamos a rompernos la cabeza tratando de pensar qué le va a indignar más a él en particular.
Suscríbete para seguir leyendo
