El regreso de La Oreja de Van Gogh confirma algo que ya sabíamos: la nostalgia vende mucho. Las entradas para sus conciertos se agotan, demostrando que hay grupos que forman parte de nuestra biografía emocional. Himnos que no necesitan presentación porque viven en nosotros. Sin embargo, el debate está más que candente: no tanto por la gira, como por la música nueva.
Su nueva era arrancó en Nochevieja, cuando estrenaron en TVE Todos estamos bailando la misma canción. Fue simbolismo puro en un directo, que era reproduccióny desde su kilómetro cero: la Playa de la Concha. Cambio de año, cambio de ciclo y el regreso de Amaia Montero. Sin Leire Martínez ni Pablo Benegas.
Pese a todo, la canción no ha sido el éxito inmediato que muchos esperaban. No arrasa en listas ni monopoliza las conversaciones. Y ahí aparece el ruido de una industria que confunde impacto con polémica. Que mide la música en bandos y comparaciones.
El negocio de la nostalgia funciona porque ofrece refugiono necesariamente sorpresa. La gente no siempre busca un nuevo golpear; busca volver a sentirse como antes. Y eso explica que los conciertos vuelen mientras la canción se escucha con una calma que adormece.
En mis redes he compartido análisis del tema y una versión acelerada, más discotequera, pensada para el consumo actual. La acogida ha sido muy buena, pero también reveladora: comentarios a favor, ataques a Amaia, menciones constantes a Leire, juicios cruzados. Mucha polarización. Mucha tontería.
Y mientras discutimos nombres y alineaciones… lo esencial queda fuera del foco. Las canciones no deberían ser campos de batalla emocionales, sino lugares comunes donde encontrarnos.. Puede que este regreso no vaya de romper listas ni de reinventarse, sino de acompañar llenando recintos. Cuando baja el volumen de la polémica, lo único que queda es la música.
