Lapatilla
Lejos de constituir una expresión peyorativa, vemos con sumo interés cómo el complejo escenario político venezolano se reconfigura de forma sorprendente. O tal vez no tanto.
En este 2026 que apenas despuntan, dos mujeres captan la atención de propios y extraños. Todo indica que ellas sostendrán los hilos del devenir político nacional durante los próximos meses. Por un lado, Delcy Rodríguez Gómez, quien logró colar su nombre en el listado de Presidentes de la República, un espacio de marcado talante masculino. Indistintamente de las condiciones que determinaron su sísmica llegada al solio presidencial, no cabe duda que el manejo comunicacional la ha posicionado como el “mal menor”, frente a los posibles riesgos de implicaba cortar de tajo la cúpula operacional del madurato. La gravitación política de Rodríguez ha sido clave. Su peso no reside únicamente en sus cargos, sino en su capacidad para diseñar la arquitectura económica que le ha proporcionado un oxígeno vital al régimen.
Por otro lado, tenemos a María Corina Machado, una de las figuras opositoras que desde hace tiempo había venido insistiendo en la tesis de la “máxima presión” para apuntalar la salida de quienes lucen conquistados en el poder. Ahora que su premisa se materializó en parte, ella misma se apresuró en exigir el reconocimiento del resultado de las elecciones del 28 de julio, pero sin obtener respuesta satisfactoria. Sin embargo, el peso del Nobel a cuestas y los factores influyentes que le hacen lobby en Washington, la han erigido en la voz principal de una oposición que luce averiada y sin capacidad de respuesta inmediata.
Rodríguez y Machado, para bien o para mal, son ahora las dos fichas en disputa en un juego de poder que va más allá de nuestras fronteras. Sin dudarlo, el destino de Venezuela se dirime en una mesa donde los jugadores locales parecen haber cedido el testigo. Al final del día, el diseño de este 2026 no dependerá solo de la pericia de ambas figuras, sino de quién mueve realmente los hilos desde el exterior.
