El Barça de Flick no flojea y suma su primer título de la temporada, enlazándose con la dinámica ganadora de la anterior y confirmando su voluntad de trascendencia. Tiene un sello definido el fútbol que quiere el alemán, factor que, junto a la asombrosa juventud de la plantilla, ayuda a consolidar su vocación de dejar huella y le va añadiendo virtudes que en Arabia se vieron después del 3-2. A saber: con el marcador a favor, el vértigo habitual dio paso a una calma que comprometió a los jugadores blaugrana alrededor del balón, un voltorio final que retrotrajo a anteriores etapas hegemónicas y satisfizo los paladares culés más exigentes.
El Barça de Flick añade el rondo a su catálogo para vencer a un Madrid poco cómodo
También al pasado ha viajado el Madrid de Xabi Alonso. Lo que en el Mundial de clubs se vendió como anticipo de la definitiva modernización del libro de estilo madridista ha derivado en un amarillento pergamino táctico en el que se intuye la borrosa firma de José Mourinho, de quien no por casualidad fue discípulo Alonso. Amparado por un arbitraje de “jueguen jueguen” y utilizando a un Vinícius peligrosísimo como única arma ofensiva, el Madrid logró un resultado que le permite vender la épica de siempre, a falta de argumentos más favorables. La ocasión final fallada por Álvaro Carreras alimentará ese relato. Resumiendo, Ancelotti lo hacía igual o mejor. Es ese conformismo en la derrota blanca una victoria intangible y adicional que puede apuntarse también a Hansi Flick.
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Todos los clásicos que vienen con favorito claro antes de jugar esconden su correspondiente desmentido. El de la final de Arabia fue la respuesta competitiva del Real Madrid, equipo que ahora mismo se sabe inferior al Barcelona hasta el punto de supeditar su pizarra a la del rival. El jugador elegido para escenificar la subordinación fue Gonzalo, un canterano novato al que por estatus se le puede mandar perseguir por todo el campo a De Jong. “Corre tú ya ver si los gallos se apuntan”. El matiz táctico, de entrada miedoso, les logró a los blancos por extrañas razones que se explican hurgando en viejas escrituras: hablamos de un club de tronco flexible que no se vence hasta que sacas la motosierra. El Barça es mejor que el Madrid en la actualidad y así lo demostró en Yida, pero el resultado deja vivos a los madridistas, que podrán vender resiliencia para seguir tirando.
El partido subrayó las diferencias de ambos clubes ya desde el palco, con saludos fríos entre los presidentes Florentino Pérez y Joan Laporta, que sabrá rentabilizar con habilidad ese cisma electoralmente.
Sobre el césped hubo, como se ha comentado, momentos de contraste futbolístico extremo cuando el rondo burló un sistema defensivo de acumulación. Y ahí destacaron Pedri, como es habitual, y un Frenkie de Jong monumental, que añadió a su consabida destreza para mejorar los balones que le llegan una actitud en la presión que elevó sus prestaciones y sedujo inopinadamente a sus detractores más feroces (lo digo con conocimiento de causa, ser defensor del neerlandés no siempre es fácil en Barcelona, y ayer no hubo ruido de sables). De Jong, titular con todos los entrenadores que ha tenido, sale en la fotografía de todos los títulos. Y Flick, a quien tenemos por un sabio no sin argumentos, le escoge siempre y gana. Algo tendrá.
