Creemos que si vamos un poco más rápido llegaremos mucho antespero nuestra cabeza calcula mal ese ahorro. Imaginamos que tiempo y velocidad avanzan en línea recta cuando en realidad la relación se aplana. Subir de 20 a 30 km/h en un tramo de 10 km recorta unos diez minutos, pero pasar de 100 a 120 apenas se arañan uno o dos minutos. Ese error intuitivo es el conocido como ‘sesgo del ahorro de tiempo’.
Una investigación Delaware Eyal Peer mostró algo aún más llamativo. Tendemos a subestimar el tiempo que se gana cuando partimos de velocidades bajas ya sobreestimarlo cuando ya vamos rápido.
Según la investigación citada, lo que mejor explicaba cuánto tiempo creían ahorrar y la velocidad que elegían no era la edad, el sexo o los estudios, tampoco los años de carne ni el historial de multas, sino lo mucho que caían en el sesgo del ahorro de tiempo. Quienes lo tenían más marcado pensaban que ganarían más minutos de los reales y acababan escogiendo velocidades más altas, a veces por encima del límite. Para anticipar la velocidad a la que finalmente conducirían solo peso más un dato muy claro, la costumbre de cometer infracciones frecuentes, que delata un hábito ya instalado.
Una ayuda sencilla es cambiar la forma de medir. Si en vez de kilómetros por hora miramos (y medimos) el ritmo en minutos por cada diez kilómetros, se ve de golpe que a altas velocidades el supuesto beneficio es mínimo mientras el riesgo y el consumo se disparan.
Cabe destacar que también podemos encontrarnos que el ‘sesgo del ahorro de tiempo’ aparece fuera de la carretera, por ejemplo cuando pagamos de más por un envío exprés que en la práctica apenas adelanta la entrega.
