Esta semana he ido al cine a ver Dentro del laberinto. La mítica peli de David Bowie celebra su 40 aniversario y salí con la sensación de haber visitado un lugar que nunca se fue del todo. Esta película no es solo un recuerdo ochentero: es una semilla. Un imaginario que, sin demasiado ruido, ha ido creciendo en muchas de las historias de después.
La importancia de este laberinto va más allá de su estética o de su banda sonora. Es una peli que se atrevió a ser rara, oscura y tremendamente poética para un público joven. Un cuento con marionetas, criaturas raras y un villano magnético. Un Jareth que ya es un icono eterno. Antes de que habláramos de mundos compartidos o universos narrativos, esta película ya proponía uno propio.
Mientras la veía, no pude evitar pensar en los electroduendes de TVE, anteriores incluso a Dentro del laberinto: una mezcla de fantasía, humor y criaturas que convivían con lo cotidiano y que hoy nos resulta tan familiar. Y, de repente, aparecieron las escaleras imposiblesclaras herederas de las de Escher. Mi cabeza hizo el resto del viaje. ¿Solo a mí esas escaleras me llevaron a Harry Potter? La lechuza, los pasillos que se transforman, un castillo que parece vivo… Incluso el nombre de Hogwarts suena cuando le cambia de nombre a Hoggle.
No se trata de decir que todo viene de Bowie o de esta película, pero sí de reconocer que el imaginario fantástico se construye por capas. Que hay obras que abren puertas y otras que aprenden a cruzarlas. Dentro del Laberinto fue una de las primeras en hacerlo con valentía. Sin pedir permiso y sin miedo a no gustar a todos.
Cuatro décadas después, y 10 años desde que Bowie se fue de viajeverla en pantalla grande es un regalo. Porque hay películas que envejecen. Y otras que, como los buenos laberintossiguen esperando a que entres para perderte… o encontrarte.
