El 17 de enero de 1996 no fue un día excepcional en Burgos. José Antonio Ortega Larafuncionario de prisiones, cumplió su rutina cuando la violencia irrumpió sin previo aviso. La Euskadi Ta Askatasuna (ETA)conocida por sus siglas, significa “País Vasco y Libertad” en euskera, lo interceptó, lo redujo y lo hizo desaparecer. Desde ese instante, comenzó una experiencia que no solo quebraría su vida, sino que pondría a prueba la resistencia de toda una sociedad.
Seguido a eso, Ortega Lara fue sepultado en vida. A lo largo de 532 días, su mundo se redujo a un zulo excavado bajo una nave industrial en Mondragón: tres metros de largo, dos y medio de anchoparedes de hormigón, humedad constante y una penumbra que no distingue días de noches. El ruido de una máquina encendida sirve para ocultar cualquier sonido que pueda retrasar su presencia. Allí, el tiempo dejó de existir.
Aquella tortura no fue física en su forma más visible, sino psicológica y persistente. Caminaba kilómetros en círculos dentro de su celda para no perder la cordura. Hablaba solo. Rezaba. Calculaba el paso de los días como un acto de supervivencia. Afuera, España asistía en tiempo real a una agonía prolongada, con comunicados fríos de ETA.
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A diferencia de otros atentados, el El secuestro de Ortega Lara no explotó en segundos.. Se expandió durante meses, obligando a la sociedad a convivir con el horror. El zulo se convirtió en símbolo: no solo de un cautiverio, sino de una estrategia terrorista basada en la deshumanización y el chantaje emocional al Estado.
La madrugada en que volvió la luz
El 1 de julio de 1997, tras meses de investigaciones, la Guardia Civil irrumpió en la nave industrial de Mondragón. Nada indicaba que allí habría un prisionero. Los captores negaron su existencia. El zulo estaba oculto con precisión.
Fue la intuición de los investigadores lo que permitió dar con el mecanismo hidráulico escondido bajo una maquinaria pesada. Cuando la trampilla se abrió, emergió una sombra. Ortega Lara había perdido más de veinte kilosestaba casi ciego por la falta de luz y reaccionó con pánico, convencido de que quienes lo rodeaban venían a matarlo.
La imagen de su salida, sostenida por los guardias civiles, deslumbrada por el amanecer, quedó grabada en la memoria colectiva de España. Por primera vez en mucho tiempo, la La democracia parecía imponerse sobre la barbarie..
El zulo como derrota moral del terrorismo
El rescate no cerró una herida: la expuso. La inspección del zulo reveló condiciones infrahumanas —un saco de dormir, una bombilla controlada desde afueraun pequeño ventilador—que desnudaron ante el mundo la verdadera naturaleza de ETA. Ya no había retórica posible que justificara ese nivel de crueldad.
La liberación de Ortega Lara actuó como catalizador. Días después, el asesinato de miguel angel blanco terminaría de quebrar cualquier ambigüedad social frente al terrorismo. La marea cívica que siguió marcó un punto de inflexión.
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Ortega Lara tardó años en reconstruirse física y emocionalmente. Su figura, sin embargo, quedó como testimonio viviente de resistencia. No solo sobrevivió al cautiverio más largo de la historia de España: emergió como prueba de que incluso en la oscuridad más absoluta, la democracia conserva una luz capaz de atravesar el hormigón.
