Durante siglos, la Europa medieval fue un lugar donde la justicia no solo se impartía en los tribunales, sino en las plazas, a la vista de todos, con rituales públicos pensados para reparar el orden cuando alguien lo rompía de forma intolerable. En aquel tiempo, el miedo a lo imprevisible no venía solo de ejércitos, pestes o hambrunas, sino también de aquello que se movía por las calles y corrales.
En la francia medieval, por ejemplo, el ritual público del castigo (carro entre burlas, sentencia solemne y ejecución ante la comunidad) no siempre tuvo a un humano como protagonista: en ocasiones, el condenado era un cerdo.
La imagen, que hoy parece una rareza de crónica negra o una exageración folclórica, fue lo bastante real como para dejar. rastros documentales repetidos: animales conducidos como prisioneros, colgados boca abajo hasta morir y tratados, en la práctica, como autores responsables de un crimen que había roto el equilibrio social.
El cerdo como amenaza real
La frecuencia de estos casos se entiende mejor recordando que el mundo medieval vivía pegado a los animales ya sus riesgos. Los cerdos, en particular, eran útiles porque lo comían todo y podían alimentarse de restos, pero esa misma condición omnívora. los hacía peligrosos si vagaban libres cerca de niños pequeños.
Los registros recogen numerosos episodios en los que cerdos mataron y llegaron a devorar a niños, una violencia que hoy choca con la imagen moderna del animal dócil y lento, pero que entonces se asociaba a ejemplares más cercanos al jabalí: rápidos, fuertes y capaces de imponerse básicamente en segundos.


Los archivos medievales recogen casos como el de 1379cuando un grupo de cerdos en Saint-Marcel-lès-Jussey mató al hijo de un porquero, o el de 1386 en FalaiseNormandía, donde una cerda destrozó a un niño que terminó muriendo. También el de 1457 en Savigny, Borgoñacuando una cerda mató al pequeño Jehan Martin y, de forma especialmente perturbadora, sus seis lechones fueron encontrados cerca, manchados de sangre.
No eran rumores vagos, sino relatos que se fijaban con nombres y lugaresy que alimentaron la necesidad de una respuesta pública que no se limitará a una simple pérdida privada.


En Francia, estos hechos a menudo desembocaban en procedimientos judiciales formales en los que el animal era encarcelado, trasladado y ejecutado como si fuera un delincuente común.
Las fuentes hablan de gastos registrados con normalidad (carro, prisión, verdugo traído incluso de París) y de una rutina administrativa que sugiere que, para la gente de entonces, no era un espectáculo absurdo, sino un mecanismo legítimo de justicia. La rareza, por tanto, no estaba en que hubiera violencia, sino más bien en que la violencia se canalizara mediante un juicio con apariencia de procedimiento ordinario.


Cuando el dinero no basta
Una explicación práctica de estos procesos era que la justicia medieval tendía a buscar la reconciliación entre partesy muchas disputas podían resolverse con compensaciones o acuerdos. Pero cuando una muerte infantil entraba en escena, esa lógica se rompía: el daño era demasiado grave y el dinero podía resultar insuficiente para cerrar la herida social.
En ese contexto, el tribunal intervenia para “tomar el control” del conflicto, apartarlo de la venganza privada y ofrecer una salida institucional que repartiera la carga emocional y política del desenlace.

Los juicios también funcionaban como una forma de ordenar el relato: no se trataba solo de castigar al animal, sino de aclarar responsabilidades humanas. Si un cerdo era conocido por ser peligroso¿por qué se le permitió merodear cerca de niños? ¿Hubo descubierto del dueño? ¿una cadena de negligencias?
Incluso llegaba a insinuar la posibilidad de preguntas más oscuras: si el niño era “no deseado”, si fue dejado en una situación de riesgo de forma deliberada o si el accidente escondía una intención. El tribunal, al intervenir, no solo imponía una pena, producía una explicación oficial que la comunidad pudiera aceptar.
A veces, la maquinaria local no era la última palabra y el asunto escalaba hacia autoridades superiores. En el caso de 1379, algunos de los cerdos acusados pertenecían a una abadía, y desde allí se elevó una petición al duque Felipe “el Atrevido” solicitando clemencia.
Defendían que sus animales no habían participado y que eran “cerdos bien portados”. El duque atendió la solicitud y emitió un perdón para los animales de la abadía, mostrando que estos procesos, por extraños que parezcan, estaban insertos en redes reales de poder, influencias y decisiones políticas.
Lejos de ser simple superstición o rabia campesina, estas ejecuciones podrían servir para afirmar autoridad. El derecho a levantar una horca y ejecutar criminales era un privilegioy llevar un caso hasta el final permitía a un señor local exhibir capacidad de castigo y control del orden.
Hay episodios que refuerzan esa lectura: un cerdo homicida del siglo XV permaneció encarcelado cinco años antes de ser ejecutado, y se enviaron cartas formales para obtener permiso de construir una horca. Cuando el duque finalmente accedió, el triunfo no era solo simbólico: además de mostrar poder, el señor dejaba de cargar con el costo práctico de mantener al animal preso y alimentarlo.
Plus: otra clave es la visión medieval de la realidad como un sistema lógico creado por Dioscon animales destinados a servir al ser humano. Que un cerdo devorara a un crio era una inversión insoportable de ese orden, una ruptura de jerarquías que exigía una reparación pública.
En ese marco mental, el juicio y la ejecución no eran teatro: eran una forma de “recomponer” lo que se había quebrado, de afirmar que el mundo seguía teniendo reglas y que el caos, incluso cuando venía de un animal, podía ser devuelto a su sitio mediante un acto solemne de justicia.
Imagen | Ernesto Figueras, Zoe Clarke
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