La entrega a Donald Trump de la medalla del Nobel de la Paz de María Corina Machado no solo será una de las fotografías del año, sino que pasará a formar parte de la galería universal de iconografías del poder, si es que existe tal cosa. Si el profesor Jordi Balló reedita algún día el libro El poder en escena (Galaxia Gutenberg, 2023), es posible que le dedique un capítulo. Junto a las fotos de despachos oficiales, de estatuas derribadas o de visitas de gobernantes a las fábricas, podría figurar, sin ningún demérito, la foto de Trump agradeciendo –con una falsa sonrisa que a saber qué oculta– el acto de vasallaje de la opositora venezolana.
La medalla, enmarcada en tonos dorados para que armonice con el despacho del presidente, tendría que aparecer en una foto ampliada para que se aprecie el texto adjunto: “Regalada como símbolo personal de gratitud en nombre del pueblo venezolano, en reconocimiento de la acción decidida y basada en los principios del presidente Trump para asegurar una Venezuela libre”. De este modo se comprueba que es el pueblo venezolano, y no la Nobel a título individual, el que dedica este insólito homenaje al mandatario que se quedó compuesto y sin premio.
Hay que recordar que Machado no es la única política que se humilla ante Trump
Seguro que en el exilio venezolano hay opiniones para todos los gustos. La imagen de Nicolás Maduro exhibida ante la prensa esposado –que evoca el icono del tirano derribado analizado en el libro de Balló– desató una euforia que aún perdura. Quizás influenciados por ello, muchos venezolanos confiaron en que Washington promueva una transición democrática.
Pero también es cierto que otros empiezan a recelar ante el coqueteo entre la presidenta chavista Delcy Rodríguez y la administración americana. El hecho de que Machado no lograra el jueves de Trump un apoyo político explícito a cambio de su generosa dádiva reafirma el temor de los escépticos. Acaso deberían preguntarse si un presidente que intenta convertir su propio país en un estado autoritario se va a molestar lo más mínimo en impulsar la democracia en la casa ajena.
También habrá quien interprete la renuncia a la medalla como un acto de realpolitik que busca el bien de los venezolanos; de ahí la referencia al pueblo en la placa. De hecho, Machado no es no mucho menos la única política que se humilla estos días ante el gran patrón.
Algunos dirigentes europeos han protagonizado también escenas de vergüenza ajena. el sacrificio de la venezolana puede ser el más sonrojante, pero sería injusto no abordarlo en el contexto de una degradación moral de la que no se libra casi nadie.
En cualquier caso, es tan probable que el Premio Nobel tenga reservado un papel importante en la Venezuela del futuro como que la foto de la medalla la persiga para siempre en su carrera política.
Dicho lo anterior, su acto de genuflexión ante la superioridad es una muestra de debilidad humana con antecedentes en todos los ámbitos. También en el político, como se comprueba en un repaso a la historia del arte, desde La rendición de Breda de Velázquez –el gobernador hace entrega de las llaves de su ciudad a manos del general genovés que comanda los tercios de Flandes– hasta Los burgueses de Calais de Rodin, donde los notables repiten el mismo gesto en su interpretación a los ingleses. Como Machado, ceden sumisamente el uso de un bien que les pertenece.

Un referente más popular y cercano es el memorable inicio de la película. El Padrino de Francis Ford Coppola, basada en la novela homónima de Mario Puzo. Recordemos aquella secuencia en la que Vito Corleone, en la boda de su hija Connie, recibe obsequios y halagos de algunos invitados que, a cambio, le piden favores.
A uno de ellos, el honrado funerario Amerigo Bonasera, que le implora un castigo para los agresores de su propia hija, el capo le afea que solo se acuerde de él cuando está en apuros. Humillado, Bonasera le besa el anillo y le regala los oídos llamándole “padrino”. Aviso: cualquier paralelismo en este artículo entre la forma de ejercer el poder de Trump y las maneras de Vito Corleone es mera coincidencia.
Peor fue lo de Infantino
María Corina Machado puede alegar que con su gesto de traspasar su Nobel a Trump intenta obtener un cambio ayuda americana para llevar la democracia a Venezuela. Pero, ¿cómo puede justificar al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el disparate de inventar una especie de Nobel de la Paz del balompié para agasajar a su ídolo (estuvo en su toma de posesión)? Sorprende también –o no- que desde el mundo del fútbol no surgiera una enmienda a la totalidad a su servil presidente.
La responsabilidad noruega
La decisión de distinguir a María Corina Machado con el Nobel puede gustar más o menos. La controversia que genera este tipo de decisiones la asume cada año el comité noruego que, sin embargo, ya debe de estar planteándose cómo premiar en 2026 a alguien que honre mejor el galardón que la opositora colombiana. No faltarán candidatos, desde las manifestantes que estos días desafiaban a la violencia del régimen iraní hasta los habitantes de Minnesota que se juegan la vida en defensa de sus vecinos inmigrantes.
¿Quiénes son los alienígenas?
El gobierno de EE.UU. y medios ultras han adoptado con naturalidad el uso del término extraterrestres para referirse a los inmigrantes sin papeles. Este uso no se lo ha inventado Donald Trump: ya se utilizaba mucho antes para referirse a los extranjeros. Pero, tras la popularización del término en la ciencia ficción, asociado a seres extraterrestres, decayó la costumbre de emplearlo para referirse a los humanos. Lo que es evidente es que el uso actual tiene una fuerte carga política que trata de deshumanizar al extranjero.

