“¿Saben qué siento ahora? Que lo tengo todo”. Así arranca -con un abrazo de una familia- la última película de Park Chan-wook. En Corea del Sur a los recortes y despidos laborales los llaman “decapitaciones”. Una papelera es comprada por unos empresarios estadounidenses y la mayoría de sus trabajadores son botados a la calle “gracias” a la robotización y la inteligencia artificial. El mantra de “no había otra” se repetirá como bucle inevitable; fatal.
Entonces una feliz familia burguesa se ve obligada a poner la idílica casona de la infancia en venta, cortar el Netflix, suspender las clases de tenis de la “querida esposa”, mandar a los dos perros Golden Retriever con los abuelos y despedir a la profesora de violonchelo de la hija pequeña. Así arranca “Eojjeolsuga eobsda/No other option”, traducida por estos lares como “La única otra opción”.
Lo último de Park Chan-wook es un homenaje al maestro Costa-Gavras y su película “La corporación” (así se lee/agradece en los créditos finales de la película) pues ambos adaptaron/adaptan la novela “The Axe” de Donald E. Westlake. Comparar/ver ambas puede ser un lindo ejercicio cinéfilo.
“Es una guerra por mi familia”, se dice así mismo el protagonista/empleado del año de la fábrica de papel interpretado por el actor Lee Byung-hun (al que ya vimos en la serie televisiva “El juego del calamar”); Como en la película iraní “Fue solo un accidente” de Jahar Panahi, el torpe protagonista se dedicará a cavar tumbas para eliminar a sus competidores laborales con una vieja pistola como fiel compañera de batalla. La imagen de ese revólver norcoreano (“Type 64”) de los sesenta usado en Vietnam debería ser el afiche del filme.
“No hay otra opción” es una distópica y salvaje comedia negra de venganza individual; es un “thriller” criminal violento y ácido. Es un descenso a los infiernos. Al estilo de “Parásitos” (2019) de su compatriota Bong Joon-ho, es una sátira contra el capitalismo despiadado/cruel.
La salida/solución ha dejado de ser colectiva en una señal de estos oscuros tiempos marcados por el individualismo, el nihilismo y la falta de ilusión. El “sálvese quien pueda” se refugia ahora en la familia; perdida la esperanza, perdida la ilusión, como cantaban los punkis vascos de Eskorbuto.
Es (también) un juego que va y viene entre géneros y referencias cinematográficas: coqueteando con las coreografías de “Kill Bill” de Tarantino y las películas físicas del japonés Takeshi Kitano; y actualizando lo que ya el maestro Chaplin nos dejó bien enseñados con “Tiempos modernos” (1936): el capitalismo mata (cuerpos y almas). Y el único salvavidas es un abrazo de familia en medio de esta guerra sin fin.
