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Donald Trump quiere que Estados Unidos posea Groenlandia y este sábado anunció aranceles contra 8 países europeos que se han mostrado contrarios a sus ambiciones y han enviado en los últimos días tropas a la isla del Ártico.
El mandatario estadounidense insiste en que su país necesita Groenlandia por motivos de “seguridad nacional” y no ha descartado incluso tomarla por la fuerza.
No es la primera vez que Estados Unidos busca anexionarse un territorio danés.
Hace más de 100 años, lejos del frío polar de Groenlandia, en el calor del Caribe, unas pequeñas islas iban a pasar de pertenecer a Dinamarca a convertirse en una posesión de Estados Unidos.
También entonces Washington se adujo de motivos estratégicos y de autodefensa. Pero en ese momento, al diferencia de ahora, los daneses estuvieron de acuerdo y se cerró un acuerdo de compraventa.
Groenlandia era parte del trato, ya que en el acuerdo firmado por ambos gobiernos, Washington se comprometía a respetar el control danés en Groenlandia.
Esta es la historia de como las Indias Danesas Occidentales se convirtieron en las Islas Vírgenes de Estados Unidos, y de como una potencia europea en declive pasó unas posesiones de ultramar a la potencia emergente del momento.
Qué son las Islas Vírgenes de Estados Unidos
Las Islas Vírgenes de Estados Unidos son un pequeño grupo de islas bajo soberanía estadounidense en el Caribe, al este de Puerto Rico.
Las islas principales son Saint John, Saint Thomas y Saint Croix, pero hay otro medio centenario de islotes y cayos.

Con una población estimada de 83.000 habitantes, las islas son un territorio no incorporado de Estados Unidos.
Los nativos son ciudadanos de Estados Unidos, pero no pueden votar en las elecciones presidenciales.
Muy expuestas a los huracanes debido a su posición geográfica, en plena apertura oriental del Caribe hacia el Océano Atlántico, las islas están rodeadas por arrecifes de corales.
Su economía se basa en el turismo y tres de cada cuatro habitantes son de ascendencia africana.
Por qué pertenecen las Islas Vírgenes de Estados Unidos a Dinamarca
Las islas fueron durante siglos las Indias Danesas Occidentales.
Durante los siglos XVI y XVII, españoles, ingleses, franceses y holandeses se disputaron periódicamente el control de unas islas utilizadas a menudo como refugio por los temidos piratas del Caribe.
En 1684, Dinamarca tomó el control de Saint John y afirmó su soberanía sobre ella. Poco antes había hecho lo mismo con Santo Tomás.
Los daneses empezaron a desarrollar entonces grandes plantaciones de azúcar en las islas, explotando en ellas a los esclavos que los comerciantes europeos traían de África.
El negocio del azúcar fue lo que durante siglos permaneció conectado a las islas y a los colonos daneses que se beneficiaban de él con la metrópoli.
El recuerdo de aquel tiempo permanece en los nombres de algunas localidades de las islas, como Christiansted y Frederiksted, que fueron bautizados en honor de los reyes daneses de la época.
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Por qué se interesó Estados Unidos en las Islas Vírgenes
En la segunda mitad del siglo XIX, las cosas habían comenzado a cambiar.
El poder danés declinaba y Estados Unidos surgía de su guerra civil (1861-1865) convencido de la necesidad de afirmar su preeminencia en el continente americano y eliminar toda influencia de las viejas potencias europeas.
En línea con la llamada Doctrina Monroe enunciada en la década de 1820, los líderes políticos en Washington apostaron por la expansión territorial y el fortalecimiento naval de su país.
El historiador danés Hans Christian Berg explicó en un artículo que “tras la Guerra Civil, era el momento de considerar las condiciones estratégicas en el Caribe y el secretario de Estado WH Seward se enfocó tanto en la anexión de México como en una posible expansión estadounidense en el Caribe”.
Para los estrategas estadounidenses tenía especial interés el puerto de la isla de Saint Thomas. Hoy punto de reunión de grandes cruceros cargados de turistas, entonces era visto como una base ideal para el control del Caribe por la excelente protección natural que le brindaba la orografía local.
En Dinamarca, debido a la caída de los precios del azúcar, las islas eran cada vez más percibidas como una carga, una visión que las sucesivas revueltas de los esclavos negros que lo cultivaban iban a contribuir a afianzar.
Según Berg, “para los daneses era una cuestión principalmente económica”.
Así, ambos gobiernos empezaron a negociar una posible venta de las islas y en 1867 firmaron un tratado por el que Estados Unidos se las quedaba a cambio de US$7,5 millones en oro.
Pero ese primer conato de transacción no se concretó.
En 1868 Washington cerró la adquisición de otro territorio en el Ártico, Alaska, comprado a la Rusia zarista por unos US$7 millones, una apuesta de Seward que suscitó críticas e incluso burlas de quienes en Estados Unidos pensaban que no era más que pedazo de tierra helada sin ningún valor económico y estratégico.
La polémica en torno a la compra de Alaska contribuyó a que el Congreso de Estados Unidos terminara por no ratificar el tratado de compra de las Indias Danesas Occidentales.
Fuente de la imagen, Bonnie Jo Mount/Getty
La Primera Guerra Mundial y la compra de las Islas Vírgenes de Estados Unidos
El estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) decantó finalmente las islas hacia Estados Unidos.
Europa se desangraba en una larga guerra de trincheras y los aliados ansiaban que Estados Unidos entrara en la guerra de su lado para así derrotar a Alemania y el resto de las llamadas Potencias Centrales.
El presidente Woodrow Wilson no había logrado convencer al Congreso ni la opinión pública de su país de la conveniencia de implicarse en el conflicto, pero el hartazgo por los ataques de los submarinos alemanes, los temidos U-Boote, contra barcos mercantes e incluso de pasajeros estadounidenses estaban a punto de cambiar las cosas.
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Según le dijo a BBC Mundo Astrid Andersen, del Instituto Danés de Estudios Internacionales, “Dinamarca era neutral en la guerra, y el temor en Washington era que Alemania pudiera invadirla y hacerse así con el control de las islas y del puerto de Saint Thomas”.
Si caía en manos alemanas, podía convertirse en la guarida perfecta desde la que los U-Boot podrían lanzar ataques contra buques o incluso territorio de Estados Unidos, la peor pesadilla para los estrategas estadounidenses.
Con España expulsada de Cuba y Puerto Rico en la guerra de 1898, las islas eran uno de los pocos vestigios de presencia europea en el Caribe y la construcción del Canal de Panamá en 1914 había aumentado aún más el interés de Estados Unidos en la región y en la seguridad de sus rutas marítimas.
En ese contexto, Washington y Copenhague abrieron entonces unas negociaciones en las que, según Andersen, la postura estadounidense se parecía a la que hoy muestra Trump sobre Groenlandia.
“Hay reminiscencias de lo que estamos escuchando ahora porque lo que Estados Unidos vino a decir fue: ‘O nos lo vendéis o lo vamos a invadir”, dijo Andersen.
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Finalmente, ambos países acordaron en agosto de 1916 la venta de las islas a Estados Unidos por US$25 millones en oro, unos US$630 millones actuales, según la estimación de la agencia Bloomberg.
Como parte del acuerdo, Estados Unidos se comprometía a no oponerse a que Dinamarca “extienda sus intereses políticos y económicos sobre toda Groenlandia”, algo que quizás el gobierno de Trump prefiera no recordar.
La Convención fue esta vez ratificada por ambos países. También por los daneses, que votaron mayoritariamente a favor de la venta en un referéndum.
En realidad, cree Andersen, “la mayoría de los daneses no veían aquellas islas como parte de Dinamarca”.
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La historiadora recuerda que ni en ese ni en el intento anterior se dio voz a la población autóctona de las islas.
Finalmente, el 31 de marzo de 1917, la bandera de Estados Unidos fue izada por primera vez en los edificios gubernamentales de las islas en una ceremonia solemne.
En la misma ceremonia, una guardia de honor danesa llegó a la de Dinamarca por última vez y se la llevó en un barco para siempre.
Probablemente, la escena con la que más de cien años después sueña Trump en Groenlandia.
El problema es que esta vez Dinamarca no quiere vender.

*Mapa de Caroline Souza, del equipo de Periodismo Visual de BBC Mundo
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