En noviembre, la administración del presidente estadounidense, Donald Trump, declaró en su Estrategia de Seguridad Nacional que Europa se encuentra al borde de la “desaparición de su civilización”. Sin duda, una afirmación extraña en un documento estratégico oficial. Pero aún más extraño fue el argumento general de que Europa, y no China o Rusia, es el principal problema para Estados Unidos en la actualidad. Los autores de este texto subrayan que Los europeos están cometiendo una suerte de gran suicidio social. al permitir la entrada masiva de inmigrantes: “Ciertos miembros de la Otán” están destinados a convertirse en “mayoritariamente no europeos”, se asegura –con preocupación– en el citado documento.
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Pero lo que alarma a Trump no es solamente lo que en su opinión sucede hoy en Europa, pues ya había advertido de que los inmigrantes están “envenenando la sangre” de Estados Unidos.
El temor a la desaparición inminente de la civilización occidental y la preocupación por la pureza sanguínea no son nada nuevo. Los reaccionarios alemanes de fines del siglo XIX y principios del XX estaban obsesionados con estos temas. Veían un Occidente débil, decadente, superficial, materialista y debilitado por el “caos racial”. El vital pueblo alemán, en cambio, tenía raíces en la sangre y la tierra, y estaba dispuesto a sacrificar las comodidades materiales e incluso la vida al servicio de la nación. Creían que ese espíritu podía salvar a Europa de su decadencia civilizacional, purgando el continente de las nocivas ideas asociadas con el republicanismo francés y con el liberalismo y el mercantilismo británicos. Veían a Alemania como una nación de guerreros enfrentada a naciones de tenderos.
Para estos nacionalistas alemanes radicales, Estados Unidos era el peor transgresor de Occidente: un país donde reinaban el liberalismo, el materialismo superficial, la adicción a las comodidades, el mercantilismo y, sobre todo, el “caos racial”. En su opinión, los judíos y otras razas “inferiores” e “indeseables” podían comprar la ciudadanía estadounidense por un puñado de dólares.
Giro de 180 grados
Y hoy se está dando un peculiar cambio de perspectiva. La dirigencia estadounidense actual se autodefine por oposición a características europeas como el liberalismo, la relativa apertura a los inmigrantes, el Estado de derecho y la ausencia de un espíritu belicista. Y así como algunos nacionalistas alemanes de principios del siglo XX consideraron a Rusia (y más tarde la Unión Soviética) como un aliado útil contra los países europeos más liberales, la administración Trump ve a Rusia y Hungría como amigos contra un ‘enemigo común’.
Hay varias razones que explican este cambio de roles. Aunque a principios del siglo XX Estados Unidos simbolizaba todo lo que odiaban los chovinistas alemanes y europeos, también allí existían corrientes similares de nativismo xenófobo y antisemita. El aviador Charles Lindbergh defendió una agenda aislacionista y racista tipo ‘America First’ en la década de 1930, al igual que el reaccionario sacerdote radiofónico Charles E. Coughlin y varios políticos republicanos. Pero el ‘New Deal’ del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y los horrores del Tercer Reich de Hitler desacreditaron esas ideas.
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Sin embargo, el movimiento Maga (Make America Great Again) de Trump ha convertido esa ideología, antes desacreditada, en dogma del Partido Republicano. Por eso Trump se siente más cómodo con el presidente ruso, Vladímir Putin, que con líderes democráticos europeos como el canciller alemán, Friedrich Merz, o el presidente francés, Emmanuel Macron. Admira el ejercicio del poder crudo y sin restricciones de Putin y comparte su hostilidad ideológica hacia las ideas liberales.
El fervor antieuropeo de Maga es también una reacción populista a la afinidad de las élites estadounidenses cultas por el estilo europeo y la alta cultura. Esta inclinación se considera, no siempre sin razón, una expresión de esnobismo, de menosprecio hacia los ‘estadounidenses corrientes’ que, como el actual presidente, prefieren una hamburguesa al Foie gras.
Collage de Donald Trump y su política migratoria y económica. Foto:internacional
Pero hay una razón más antigua y profunda por la que Europa es particularmente odiada, no solo por los seguidores de Maga, sino también por los admiradores de la extrema derecha de Trump en el viejo continente. Los nativistas alemanes, así como los nacionalistas de otros países con ideas afines, solían asociar el liberalismo franco-británico-estadounidense con el imperialismo romano, que se consideraba un intento de imponer normas comunes a tribus europeas dispares. Estos imperios supranacionales aspiraban a una especie de universalismo en el que las personas se definían por su ciudadanía, no por su sangre.
La Unión Europea es en ciertos sentidos la heredera natural del Imperio romano. También lo fue la Pax Americana (el ‘orden internacional basado en reglas’ impuesto por Estados Unidos), cuyos valores muchos estadounidenses consideraban universales. Pero el imperio informal estadounidense está respaldado por una fuerza militar abrumadora, mientras que la UE, bajo la protección de los guerreros estadounidenses, es una unión de comerciantes.
La razón de ser de la unidad europea en la posguerra ha sido evitar otra guerra, sustituyendo la pasión nacionalista por el interés comercial. Y la UE solo existe en cuanto comunidad basada en reglas. Su núcleo es el derecho, no la pertenencia étnica. Por eso políticos de derecha como Geert Wilders en los Países Bajos y Nigel Farage en el Reino Unido la odian. Por su parte, Trump hace todo lo posible por socavar el Estado de derecho en su propio país y su política exterior tiene como objetivo fomentar el surgimiento de ‘patriotas’ –es decir, la extrema derecha– para que hagan lo mismo en Europa, con el pretexto de detener su “declive civilizatorio”.
Esto enfrenta a la Europa liberal a una paradoja. Para proteger una comunidad de Estados nación basada en el Estado de derecho y en un régimen de comercio y libertades compartidas, la UE tiene que poder defenderse de intentos externos de destruirla. Esto implica que una comunidad de comerciantes deberá imbuirse de una parte del espíritu guerrero para cuya eliminación después de 1945 se la diseñó.
IAN BURUMA
SINDICATO DE PROYECTO
NUEVA YORK

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autor ‘La ruptura transatlántica es total’
Donald Trump ve un mundo de solo tres imperios. Pero traicionar a sus aliados históricos no traerá la paz, solo envalentonará a Vladimir Putin aún más, advierte el analista Joschka Fischer.Grandes cambios históricos atraviesan el Atlántico Norte al ensancharse el abismo entre Europa y Estados Unidos. Bajo el presidente Donald Trump, Estados Unidos está tratando de crear un orden mundial basado únicamente en esferas de interés y dominado por las ‘tres grandes’ potencias mundiales: Estados Unidos, China y Rusia . Para lograrlo, la administración Trump está dispuesta a
abandonar los fundamentos tradicionales de la influencia de Estados Unidos: su red de alianzas con los valores que fueron por 250 años sostenidos de la democracia estadounidense. Aunque la política exterior de Trump tiende a ‘ir detrás del dinero’, la ideología Maga (hacer grande a Estados Unidos otra vez) también tiene un papel en esta oscura visión.
Trump y su movimiento Maga ven a Europa como el segundo gran campo de batalla que deben conquistar (después de Estados Unidos). Y como para ello es necesario desintegrar a la Unión Europea, de la vieja alianza transatlántica se pasó con rapidez notable a la enemistad.El presidente francés, Emmanuel Macron, y el presidente ruso, Vladimir Putin.
Foto: AFP
Vale la pena detenerse en lo radical de esta ruptura. Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial como principal vencedor en el teatro europeo y en el del Pacífico. Luego derrotó a la Unión Soviética en la Guerra Fría, que no fue solo una costosa carrera armamentística termonuclear entre dos superpotencias, sino también una competencia entre dos sistemas socioeconómicos y normativos. La combinación occidental de libertad individual, democracia y economía de mercado se puso frente al Estado policial soviético de partido único, con su esclerótica economía planificada. Hubo una elección clara entre dos alternativas, y al final prevaleció el modelo estadounidense.
La Unión Soviética se derrumbó, se disolvió y desapareció, dejando detrás de un remanente ruso que al no poder aceptar una identidad posimperial, se volvió cada vez más revanchista. Idea antiestadounidense Pero con la elección y posterior reelección de Trump, los estadounidenses dejaron claro que estaban cansados de ser el gendarme del mundo, con las cargas que eso supone. De modo que
el gran fracaso de Europa en las últimas décadas tras el fin de la Guerra Fría fue no asumir más responsabilidad por la defensa de sus fronteras,condición para preservar la soberanía. Y en la perspectiva del Kremlin, la vulnerabilidad de Europa fue una oportunidad. La nueva estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos, junto con el plan de Trump para poner fin a la guerra en Ucrania (que en gran medida avala las posiciones maximalistas de Rusia), no deja lugar a dudas sobre los objetivos del Gobierno estadounidense. Con el grado de locura que es típico de ellos Trump y sus seguidores en el movimiento Maga sostienen que la UE es un proyecto antiestadounidense que debe ser destruido.Así las cosas, países que fueron amigos y aliados por ocho décadas ahora son adversarios, y la Rusia de Vladímir Putin
un ejemplo admirable. Con la adopción de estas posturas, Trump ha destruido en la práctica el Occidente transatlántico. En su lugar, está creando un Estados Unidos imperial, imagen en espejo de los sueños imperiales de Rusia y (cada vez más) de China. En este nuevo orden mundial,
la fuerza bruta, no el Estado de derecho, es todo lo que importa. Como en ‘1984’ de Orwell
En su búsqueda de concretar esta visión, Trump hace que los hechos profesionales de George Orwell parezcan todavía más impresionantes. En la novela clásica distópica de 1984, de Orwell, el mundo también está dividido entre tres potencias continentales. Bajo Trump, los valores tradicionales de la democracia estadounidense se han convertido en obstáculos que hay que eliminar, mientras que los regímenes autoritarios extranjeros se han vuelto modelos que imitar. Tal vez crea que traicionando a Ucrania (y por extensión, a Europa) y tomando partido por Putin podrá poner a Rusia de su lado contra China. Pero Putin no va a seguirle el juego. Sabe que
Sin el apoyo de China, Rusia es demasiado débil para mantener su precario estatus de gran potencia. Además, ambos países buscan un reordenamiento de la jerarquía mundial a gastos de Estados Unidos. Trump fracasará; la única pregunta es cuál será el costo de su fracaso. Debería ser obvio que la destrucción del Occidente transatlántico debilitará a Estados Unidos. Trump y sus seguidores del movimiento Maga podrán creer que Estados Unidos es autosuficiente, pero se equivocan.
Estados Unidos necesita a Europa al menos tanto como Europa necesita a Estados Unidos.

LEA TAMBIÉN Estrés Traicionar a los aliados históricos de Estados Unidos no inclinará a Putin hacia la paz; al contrario, lo envalentonará todavía más. Embriagado por su victoria sobre Occidente en Ucrania, comenzará a planear su avance hacia el oeste. Un alto el fuego en sus términos no es más que una pausa táctica. El riesgo de una extensión de la guerra ya está creciendo en los ejes principales de Eurasia: entre
China y Japón en el Lejano Oriente, por Taiwán,
y en el flanco oriental de la Otán. Se avecinan tiempos difíciles, y Europa debe estar preparada. Su débil crecimiento y su incapacidad para seguir el ritmo a China y Estados Unidos en el ámbito tecnológico agravan esta peligrosa crisis geopolítica; hay que cerrar la brecha. El costo de defender la soberanía puede ser muy alto, pero la libertad de Europa no tiene precio.Análisis de Joschka Fischer, ex ministro de Asuntos Exteriores y exvicecanciller de Alemania. Fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años. © Sindicato de proyectos. Berlina.
