Hace tres años, motivado por las continuas formas de enriquecer mis conceptos sobre literatura nacional y la búsqueda de espacios que fomentan a esta, hallé, por ociosidad de un día y recomendación de un historiador, la Biblioteca (ahora Archivo) Gonzalo Bedregal Iturri, cuyo custodio, su hijo y heredero, Juan Francisco Bedregal, recolectaba, catalogaba y (re)encontraba obras de antaño, revistas culturales, periódicos decimonónicos, cartas. mecanografiadas, folletos, libelos, programas políticos y todo lo relacionado al quehacer intelectual boliviano del siglo pasado y del XIX. Entre papeles viejos, estantes antiguos y varias conversaciones diversas y dispersas Pancho, poco a poco, ampliaba su confianza para comentarme sobre algunas curiosidades heredadas de su archivo y la historia del sitio que alojaba esta singular colección. Esta casa reconocía una cronología íntima de los intelectuales que se reunían en ella. Tanto su abuelo paterno, el poeta, humorista y siempre feliz Juan Francisco Bedregal (1883-1944), como el materno, el arquitecto Emilio Villanueva Peñaranda (1882-1970), fueron una demanda de relaciones sociales entre la élite intelectual boliviana de ese tiempo. Pronto la biblioteca sería un espacio común de ideas y pensamientos en distintas épocas; más aún cuando Yolanda, tía paterna de Pancho, fue seducida por la poesía y la comunión artística.
En varias ocasiones, hablando de la época cultural más fructífera en la prosa boliviana durante el período liberal (1899-1920), frecuentábamos anécdotas escritas y no escritas que enriquecían las charlas que duraban hasta altas horas de la noche. Este período fue, con sus representantes e intelectuales cuyas obras -en su mayor medida novelas- inauguraron un discurso incrustado en analizar la mentalidad del boliviano del 900, seccionada en sus distintas etapas y clases sociales. Es así como pasamos a las charlas del famoso novelista, poeta, diplomático y mejor amigo de su abuelo paterno: Armando Chirveches Pérez del Castillo (1881-1926).
Los diálogos se sucedían cada jueves en la tarde, único día donde se podía visitar este espacio privado, ubicado en la calle Goytia ya una cuadra del Monoblock Central. Por la demanda de saber más allá de las lecturas y estudios que se hicieron sobre Chirveches, Pancho sacó de su escritorio algunos textos del novelista. Eran unos cuadernos manuscritos con forro oscuro que contenían poesías, relatos, biografías cortas, dibujos, tratados internacionales e información sobre política exterior. Era una amalgama de sus primeros intentos de escritor de esta novela poeta paceño y era un fenómeno tan fecundo que tenía el talento desde el colegio que adquiría potencia en la universidad y se entrenaba en la prensa paceña. El lapso de estos manuscritos estaba entre 1895 y 1912 aproximadamente.
La idea se prendió de un foco neuronal a otro. Concebir un texto, transcribir lo más selecto, hacer un análisis crítico de estas escrituras perdidas; Además, seleccione algunas cartas que enviaba desde Rio de Janeiro, Antofagasta o Paris a su amigo y colega Alcides Arguedas, quien, años después, tuviera que despedir al autor de La Candidatura de Rojas, mediante un relato más que romántico o idealista fue del tipo fatalista, realista y macabro sobre la neurosis que, después de vanos intentos de encontrarse con su amigo de universidad, se dio dos disparos, consumándose en un suicidio acaecido en 1926 en la ciudad de las luces. De esta manera, Armando apagaba su larga y triste dolencia espiritual a sus 45 años.
Mediante más lecturas de sus otras obras poco conocidas y los estudios de sus críticos literarios (Albarracín, Barnadas, Coy, Brusiloff, Paz Soldán, entre otros) corroboré datos y unía el rompecabezas literario del momento, añadiendo el vasto -aún no estudiado del todo- género epistolar, que compactaba una síntesis estética del discurso moral de estos pensadores. Todo este empeño fue una experiencia altamente enriquecedora que, unida a la información bibliográfica, se entendía otras facetas del novelista en sus primeros años. La labor se convirtió en un pasatiempo y la lectura chirvercheana en un gusto. Rendíamos, entonces y sin pensarlo, tributo a aquellos hombres de letras a través de sus preocupaciones nacionales. Entendí sus sensibilidades a partir de los libros que leían y dialogábamos problemas todavía no resueltos como el caudillismo popular, el arribismo histriónico y las malversaciones estatales.
