Lapatilla
Una sombra recorre desde el pasado 3 de enero los despachos, cuarteles, embajadas y mentidos de Caracas. También los de Washington. Es la sombra de un hombre al que muchos temen y de quien depende que la nueva Venezuela no descarrile en un escenario de caos desatado por fuerzas armadas paralelas y lealtades heridas. Diosdado Cabello, el militar que encarna el ala más dura del chavismo, es la gran incógnita de esta etapa inédita en la que el régimen dialoga, como nunca antes, con Washington.
Por María Martín y Alonso Moleiro | EL PAÍS
Su figura concentra ahora todas las miradas. Y todas las dudas. Para algunos, es la mayor amenaza para el liderazgo de Delcy Rodríguez, el actor capaz de hacer saltar por los aires el frágil equilibrio actual en cualquier momento. Para otros, es la garantía silenciosa de que ese giro inesperado no se habría producido sin su consentimiento.
Cabello ha demostrado a lo largo de los años un acusado instinto de supervivencia y una lealtad férrea a la idea de la revolución, siempre que esa lealtad no implica perder poder. Aunque su ambición nunca ha parecido ser la Presidencia, se le ha visto como el último guardián del chavismo, la línea final de defensa de la revolución bolivariana y su rostro más radical. Es el hombre de la gente armada: el más militar de los políticos venezolanos, con vínculos históricos con mandos castrenses, policías políticos y los temidos colectivos, grupos de civiles armados que funcionan como fuerza de choque del régimen. Obsesionado con la figura de Hugo Chávez y con la épica revolucionaria, su discurso ha estado marcado por el desprecio hacia la sociedad democrática y la burguesía. Para varias fuentes consultadas, Cabello encarna la ortodoxia del chavismo, y el equilibrio actual podría romperse si Delcy Rodríguez avanza demasiado rápido en un proceso que él percibe como una cesión de la revolución.
La intervención de Estados Unidos en Venezuela, con el objetivo declarado de garantizar el acceso a las mayores reservas de petróleo del mundo, ha supuesto un golpe profundo para el chavismo, tanto para su ala dura como para la más pragmática. Mientras Rodríguez parece moverse con rapidez y abrir espacios de entendimiento, la sombra de Cabello vuelve a aparecer. “Los dos tienen sensibilidades muy distintas”, explican quienes los conocen. Maduro ejercía de equilibrio entre esas dos visiones. Pero Maduro ya no está. Entre quienes observan de cerca cómo se comporta el núcleo duro del chavismo hay una convicción compartida: si Cabello no estuviera de acuerdo con algo, no podría hacerse.
Durante más de una década, Cabello ha sido una de las piezas centrales del poder chavista. Fue presidente de la Asamblea Nacional, número dos del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y el principal organizador de su maquinaria territorial. Cada semana conduce su programa televisivo Con el mazo dando, emitido por la televisión estatal, desde donde ha marcado durante años la línea dura del régimen: denuncias, advertencias, escraches públicos y mensajes intimidatorios dirigidos tanto a la oposición como a disidentes internos. El espacio funcionó como un mecanismo de disciplinamiento político y una vitrina del chavismo más beligerante, reforzando la imagen de Cabello como el hombre encargado de vigilar las fronteras ideológicas de la revolución. Frente a esas cámaras ha llamado a los estadounidenses “borregos” y, recientemente, amenazó a María Corina Machado de forma indirecta en plena escalada de tensión con Washington. “A estas alturas, todo el mundo debería tener claro que, si a nosotros nos aprietan, nosotros la apretamos”, advirtió.
Desde la captura de Maduro, el papel de Cabello ha sido interpretado como el de un actor incómodo en el nuevo encaje impuesto por Estados Unidos. Fuentes en Venezuela sostienen que los gestos de apertura presentados por el régimen —como la liberación de cientos de presos políticos— habrían sido imposibles sin su beneplácito. Pero al mismo tiempo, quienes conocen los bastidores de esas negociaciones, le señalan indirectamente por plantear las mayores resistencias internas sobre a quién liberar ya quién no. Cabello quiere poner límites, aseguran.
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