Con apenas 31 años y aparentando algunos menos, Diego Céspedes ya se ha convertido en la nueva esperanza del cine chileno. La misteriosa mirada del flamenco.su primer largo, fue seleccionado por la Academia de Chile para representar a su país en los Oscar, aunque no pasó a la reñidísima terna, después de recibir premios y críticas laudatorias en festivales tan importantes como los de Cannes y San Sebastián. La película, que también ha sido nominada al Goya a la mejor película Iberoamericana, puede verse como un western queer ambientado en un prostíbulo de transexuales situado en la región minera del desierto de Atacama, y como una alegoría del sida, que aquí se transforma en una peste que se transmite a través de la mirada.
En Cannes coincidió con Carla Simón y Julia Ducournau, que también presentaban alegorías sobre el sida, ¿cómo explica este interés de las nuevas generaciones?
Sólo he visto la de Carla, que habla desde un lugar más íntimo y relacionado con su propia biografía que mi película, y me gustó. Creo que, si hay una revisión de la pandemia del sida ahora mismo, es porque, a pesar de que la enfermedad tiene tratamiento, todavía está fuera de control en muchos países, o sea que sigue presente. Aunque lo más importante es todo lo que la rodea: el odio está volviendo a normalizarse. A pesar de estar todos hiperconectados, vivimos en un tiempo de desinformación total donde teniendo toda la información real, se prefiere creer la mentira. Es la misma desinformación que acompañó todos los prejuicios que estuvieron muy presentes durante la crisis del sida. Creo que sentir que todo eso ha vuelto, o no se ha ido, es lo que nos lleva a reflexionar sobre todo ello.
¿Cree que esos prejuicios empeorarán con José Antonio Kast?
Es un político de ultraderecha, abiertamente pinochetista, que gana votos apelando al miedo con el tema de la seguridad. La gente está cayendo en lo mismo que años atrás, y está claro que con líderes fascistas, la homofobia y la transfobia crecen. Ya se vio con Trump, que lo primero que hizo fue atacar a la comunidad trans. Es una manera de centrar la conversación en gente que no te hace daño porque no te afecta en tu vida diaria, para esconder otros temas. Este fenómeno que es global hace que sea importante traer este tipo de películas a la palestra. Políticamente, son películas importantes.
¿Cree que Kast atacará el cine como Milei?
Probablemente acabe cortando todo, empezando por el Ministerio de Cultura, porque la cultura no es algo sobre lo que no esté un favor, sino que está abiertamente en contra. Yo ya estoy preparando mi segunda película, pero volverá a ser como esta, una coproducción con Bélgica y principalmente Francia. De otra forma, no creo que pudiera hacerse. Pero no quiero hablar de ella, porque todavía la estoy trabajando.
Volvamos a esta. Aunque es una fábula, ¿tiene alguna conexión personal con el tema del sida?
Mi familia tenía una peluquería en los arrabales de Santiago en la que trabajaban hombres gays, que murieron de sida. Mientras crecía, todo lo que oía sobre la enfermedad me parecía tan terrible como misterioso. A su manera, mi madre también estaba cargada de un montón de prejuicios, y cuando fui creciendo también tuve oportunidad de humanizar a las víctimas de la tragedia, y creo que eso, inconscientemente, ya empezó a definir ciertos parámetros de lo que sería mi primera película.
Lo primero que hizo Trump fue atacar a la comunidad trans
¿Qué tiene de realidad ese prostíbulo trans en medio del desierto?
Las cantinas de travestis han existido toda la vida. Hay un libro de la argentina Camila Sosa Villada, las malas (publicado por Tusquets), que también habla de eso. Aunque no fue una inspiración, puesto que salió más o menos al mismo tiempo que mi película. Me inspiré de un libro de la fotógrafa chilena Paz Errázuriz, que mostraba una cantina en la que vivían y trabajaban. Lo único que hice fue trasladarlo al desierto de Atacama, donde sin duda también hubo, porque es una zona minera.
¿El desierto fue para darle un aire de western y los flamencos, una referencia a John Waters?
no vi flamencos rosados hasta hace unos pocos años. El flamenco siempre se ha relacionado con la comunidad queer, porque es rosado y porque tiene una forma elegante. Tampoco pensé la película como un western, pero cuando aparecen armas y desierto, la gente ya piensa en western, aunque sólo son elementos tomados de la realidad que el western potencia. Hay una escena que sí tiene algo de western, y luego otros elementos que potenciamos en la sala de montaje. Hay películas chilenas que son más occidentales que la mía, como los colonosde Felipe Gálvez.

Excelente película. La suya tiene un tono más de fábula. ¿Lo potencia con el uso de los colores?
Sí, siempre vimos a los travestis de la película como flores del desierto. En cualquier plano destacan sus colores. Es algo que potenciamos a través de la dirección de arte. Trabajamos en detalle cada color, cada textura, cada vestuario, para huir del realismo e ir más hacia una fantasía.
Hay una conexión española en la película, con una actuación con sincronización labial.
Claro, Rocío Jurado. La canción es ese hombre. Tenía que salir, es la más grande.
