El pasado sábado 17 de enero, la caricatura colombiana perdió a uno de sus exponentes más longevos y, paradójicamente, más discretos: Luis Eduardo López, a quien el país conoció –o debió conocer mejor– bajo la firma de Luisé. Su comienzo a los 97 años no solo marca el fin de una vida consagrada al dibujo, sino que cierra un capítulo esencial en la historia del periodismo vallecaucano y nacional. Con su muerte, se apaga una mirada que, desde el silencio y la sencillez, supo retratar como pocas la idiosincrasia de una nación en permanente convulsión.
Hablar de Luisé es hablar de una injusticia histórica de nuestro gremio. A pesar de que durante setenta años dio testimonio gráfico de nuestra realidad, su figura pocas veces recibió el despliegue nacional que merecía su talento. Quizás porque en un país de gritos y estridencias, él eligió el camino del susurro y la constancia.
Una vida en un periódico
Para entender la dimensión de Luisé, hay que mirar hacia el diario. El País de Cali, su casa durante medio siglo. Como lo recuerda Francisco Lloreda, exdirector del periódico, la travesía de este medio se funde con la vida misma del caricaturista. Luisé no fue un empleado más; Fue un testigo de excepción que vio pasar por la dirección a tres generaciones de la familia Lloreda: trabajó con el abuelo, con el padre y con el propio Francisco, así como con otros directores como María Elvira Domínguez.
Pero su longevidad profesional no es lo único que asombra. luisé era la antítesis de la fantochería. Francisco Lloreda lo describe con precisión: un ser humano sencillo, amable, respetuoso y caballeroso. No había en él ni una pizca de ostentación. Su rutina era la de un obrero del arte: viajaba a diario en transporte público desde su natal Palmira hasta Cali, para cumplir con su sagrado ritual. Al llegar, no esperaba instrucciones. Cogía su ejemplar del periódico, y se sentaba a leer para empaparse de la actualidad, antes de convertir sus ideas en bocetos. Esa iniciativa, ese compromiso con la actualidad, es lo que distingue a un verdadero caricaturista de opinión de un simple ilustrador.
La austeridad de Luisé era conmovedora. No se necesitan sillas ergonómicas ni tecnologías de punta. Su puesto de trabajo era una mesa de dibujo y un butaco antiguo, de esos de madera dura que hoy nadie aceptaría, pero que para él era un trono. No necesitaba nada más, excepto una hoja de cartulina, sus acuarelas, sus pinceles, sus plumas y, desde luego, sus lápices, a veces tan gastados que parecían colillas; “chirriguiticos”, como recuerda con cariño Lloreda.
Aunque trabajó en EL TIEMPO, El País y el diario Occidente, siempre fue un hombre de bajo perfil al que no le interesaba ser protagonista de nada. que no fuera su trazo. Pero detrás de esa apariencia tranquila se esconde un observador voraz. Lloreda cuenta que Luisé lo veía todo. A veces soltaba una risa socarrona, una señal de que su mente aguda ya había capturado alguna ironía del entorno o de sus colegas, a quienes retrataba con picardía.
“Su capacidad de dibujar era extraordinaria, y se derivaba de su capacidad para observar”dice Mario Hernando Orozco (Mheo), otro caricaturista que también trabajó para El País durante casi tres décadas. “Esa capacidad para observar le permitió entender los hechos políticos y sociales, y resolver la caricatura diaria con elementos gráficos llenos de picaresca y sarcasmo”, agrega Mheo.
Luisé era un hombre de pocas palabras, literalmente. Hablaba muy rápido, en un tono tan bajito y monosilábico que a veces resultaba difícil entenderle, casi como si telegrafiara sus ideas. Pero la tinta hablaba por él. Su silencio era la antesala de su opinión gráfica.
El ruido del meme
La partida de Luisé duele más en este momento histórico, en el que el humor gráfico atraviesa una crisis de identidad y de espacios. Vivimos tiempos confusos, donde la inmediata digital ha llevado a muchos a creer erróneamente que la caricatura editorial puede ser reemplazada por el meme. Es un error de apreciación garrafal que desvaloriza el oficio del periodismo de opinión.
El meme suele ser una ocurrencia fugaz, un chiste de ocasión, casi siempre hijo de un autor anónimo que lanza la piedra y esconde la mano. Carece, por lo general, de rigor analítico y estético. La caricatura editorial, la que practicó Luisé hasta pasados sus 90 años, es otra cosa muy distinta: es el fruto del análisis reposado, de la lectura critica de la realidad y del trabajo de un profesional que vierte su opinión en una obra gráfica y, lo más importante, la refrenda con su firma.
Esa firma es un acto de responsabilidad ética que hoy escasea. Cuando Luisé dibujaba, asumía la responsabilidad de su mirada. No era un algoritmo viralizando odio o burlas fáciles; era un ser humano, con nombre y apellido, interpretando el dolor o el absurdo de su sociedad. En un mundo saturado de imágenes huérfanas, la caricatura de autor es un faro de responsabilidad intelectual.
Oficio en peligro
Despedimos a Luisé en un contexto global hostil para nuestro oficio. Grandes medios internacionales han retrocedido ante el miedo y la corrección política. Recordemos que The New York Times eliminó las caricaturas de sus páginas y que veteranos dibujantes de la talla de Ann Telnaes y Kevin Kallaugher (Kal) han perdido su trabajo por la incomodidad de los nuevos propietarios de los medios.
Tuve la suerte de compartir con él un período importante de mi vida en la redacción de El País a comienzos de los años noventa. Allí pude comprobar que su grandeza residía en su autenticidad. Nunca se dio ínfulas, jamás pretendió descrestar a nadie. Entendía que la relación entre el caricaturista y el lector es un pacto de complicidad que se renueva cada mañana, un guiño en la oscuridad que requiere inteligencia de ambas partes.
Se ha ido un maestro que dibujaba desde la provincia pero tenía una visión universal. Un hombre que siempre nos recordaba que el humor empieza por la observación de lo cotidiano. Luisé empezó a dibujar planos en el ejército y terminó siendo el cronista gráfico de un país que cambió radicalmente. frente a sus ojos, aunque él seguía usando su mismo butaco y sus mismas acuarelas.
Nos quedan su obra inmensa, su ejemplo de bonhomía y la certeza de que, aunque el papel se amarillo vuelva y las redacciones cambien, la caricatura firmada, pensada y responsable seguirá siendo indispensable para que la sociedad no pierda la capacidad de mirarse al espejo. En medio del ruido ensordecedor de las redes sociales, extrañaremos profundamente la elocuencia de su silencio.
Gracias siempre, querido maestro.
VLADO
PARA EL TIEMPO
