Reza el primer punto del artículo 56 de la Constitución española que el rey «asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente en relación con las naciones de su comunidad histórica». Asumir no significa dirigir ni diseñar, igualmente como … Reinar, en el marco de la nueva monarquía parlamentaria instituida en la Transición democrática, no implica gobernar. Comoquiera que sea, Juan Carlos I ha tenido, tanto antes de la aprobación de la Carta Magna como después, en palabras de Carlos Powelluna «excepcional aportación personal –y la de la monarquía como institución– a la proyección y el prestigio internacional de España tras muchas décadas, si no siglos, de aislamiento e irrelevancia».
Lo demuestra de forma convincente en su nuevo libro, ‘El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España’. Powell se propone cubrir un vacío historiográfico con un trabajo sistemático y muy documentado sobre la política exterior y la Proyección de España en el reinado de Juan Carlos I y su decisiva contribución a ellas. Con 137 visitas de Estado al extranjero, Don Juan Carlos superó claramente a otras monarcas europeas. Fue considerado el primer embajador de España.
El futuro monarca comenzó a tener un papel importante en el exterior desde su designación como sucesor de Franco en 1969. En su reinado resulta necesario distinguir la actuación antes y después de 1978, puesto que la Constitución. limitó las competencias del jefe del Estado en materia internacional. Sostiene Powell que hubo menos improvisación por parte del Rey en la Transición de la que a veces se le ha atribuido y, también, que su experiencia y conocimientos internacionales le confirmaron una ‘autorictas’ que devino fundamental en la política exterior española.
El papel de Juan Carlos I fue decisivo en la adhesión a la CEE y la integración en la OTAN, así como en el mantenimiento de una estrecha relación con los Estados Unidos, con las repúblicas iberoamericanas y con las monarquías árabes. El presidente frances Giscard d’Estaing es, como ya sabíamos, el malo de la película y Hassan II, un tipo poco confiable. Tras la normalización internacional de las épocas Suárez y Calvo Sotelo, se entró, según el autor, en un momento brillante gracias a la complicidad de González con el Rey; la relación con Aznar no iba a ser igual, en el marco de una presidencialización y viraje atlantista de la política exterior. La etapa Zapatero fue algo insulsa y la de Rajoy vivió un auge de la diplomacia real en lo económico y comercial.

-
Autor
Tom Burns Marañón
El balance de Powell es, con la excepción del manejo oscuro de los dineros y de los años postreros del reinado, muy positivo. Juan Carlos I se convirtió, ante el mundo, en el símbolo de una España democrática y moderno. Dos cuestiones, sin embargo, desequilibran parcialmente el libro. La primera tiene que ver con las fuentes archivísticas utilizadas, entre las que sobreabundan las británicas y estadounidenses. Esta circunstancia comporta, en varios pasajes del texto, una acusada desproporcion entre el tratamiento de las relaciones con Estados Unidos y el de las de otros países. La segunda cuestión se refiere al espacio dedicado a cada etapa. La minuciosidad del tratamiento de los años de gobierno de Suárez y González disminuye en los siguientes. Se percibe una cierta incomodidad en el tratamiento del periodo Aznar. Estamos, en cualquier caso, ante un trabajo muy sólido.

-
Autores
Stanley G. Payne y Jesús Palacios
En los últimos tres meses han aparecido en España cuatro obras sobre Juan Carlos I: la de Powell; las memorias del propio Rey emérito, ‘Reconciliación’ -comentadas en estas mismas páginas-, el sugestivo ensayo ‘El legado de Juan Carlos I’, de Tom Burns Marañón, y la biografía revisionista ‘Juan Carlos I. La construcción de un Rey 1938-1981’, de Stanley G. Payne y Jesús Palacios. La idea de legado centra el texto de Quemaduras Marañón. El flamante Rey recibió de Franco como legado una monarquía instaurada, poder para hacer y deshacer y, finalmente, una clase media. De su padre, Don Juan, heredó legitimidad dinástica y talante liberal.
A estos dos legados hubo que agregarle el de su propia generación, materializado en el juancarlismoque permitió avanzar decisivamente hacia un sistema constitucional, parlamentario y democrático, que Juan Carlos I dejó a su hijo Felipe VI –aunque fuera en forma de «cáliz envenenado»- en 2014. Las comparaciones del autor con el caso británico aportan claridad.
El libro de Payne y Palacios contiene una visión conspiracionista de la historia.
Mientras que Burns Marañón concluye el ensayo afirmando que la historia va a calificar a Don Juan Carlos como «uno de los grandes reyes de España», con sus muchas luces y algunas manchass (manejos económicos, amoríos y malas compañías, poca ejemplaridad terminal), Payne y Palacios nos ofrecen una visión muy crítica del monarca entre su nacimiento y el final de la Transición. Se presenta como el primer estudio «desapasionado y objetivo sobre la personalidad humana, íntima y política de Juan Carlos», pero no lo es.
Destacan los autores tres elementos: era un ser primario en su infancia y juventud y sus pasiones han sido siempre el poder, el dinero y las mujeres; estuvo fuertemente implicado en el 23-F –recuérdese que Palacios ha sido un gran defensor público de Alfonso Armada– y, por último y no menos indemostrado, recibió de Franco una España en paz, desarrollo y unida y «se inventó de manera frívola e improvisada» un nuevo sistema, que constituye «un fraude sistemático». El despropósito del libro de Payne y Palacios, atravesado por una visión conspiracionista de la historia y el trazo horrible, resulta historiográficamente preocupante.