Tal vez fue Marco Polo quien trajo desde China ese objeto festivo que terminaría llamándose piñata; un regalo ‘civilizatorio’ que, literalmente, hay que abrir a golpes, un divertimento en el que no falta el ejecutante ocasionalmente ‘cegado’.
Jordi Colomer (Barcelona, 1962), en una … lúcida intervención titulada ‘Avenida Ixtapaluca (casas para México)’ (2009), filmaba un suburbio en el límite de esa megalópolis fascinante y siniestra que hace años se llamaba ‘el DF’. Los habitantes de ese barrio de casas estandarizadas participaban en una acción en la que se iban ‘pasando’ un muñeco-piñata de Buzz Lightyear, el astronauta flipado de ‘Toy Story’ que tenía por euforizante máxima «Hasta el infinito y más allá».
En cierto sentido, las indagaciones o derivaciones de Colomer son alegorías de los límites de las utopías y distopías arquitectónicas, intentos de habitar espacios como tentativas (festivas y nada ‘happycráticas’) de encontrar líneas de fuga cuando los lugares terminan por responder a la lógica del ‘quadrillage’, o, en otros términos, nuestra existencia está sometida por dispositivos disciplinarios.
El gozoso arte de caminar
Entre el museo y el teatro, entre la calle que recorremos y la perspectiva o planimetría verticalizante de la ciudad del arquitecto, Colomer lleva años realizando una obra de enorme interés conceptual y de sorprendente brillo formal. Desarrollando ‘talleres’, ha demostradoo la eficacia de las prácticas colaborativas que intensifican el análisis de la ciudad, la forma en la que aprendemos a perdernos en un gozoso arte de caminar.
Los recorridos rizomáticos de este artista están influidos en buena medida por tres materiales surgidos en 1967: ‘Homes for America’, de Dan Graham; ‘La sociedad del espectáculo’, de Debord; y la conferencia ‘Espacios otros’, de Foucault. El suburbio para-minimalista, la conversión de la mercancía que analiza Marx y las heterotopías, que tienen su mejor materialización en el barco pirata.
En las imágenes, de arriba abajo, ‘Ciudad suprema’; ‘Modena Parade’ y uno de los ‘Consignas’
La exposición que Colomer ha montado en la galería Albarrán Bourdais Extiende las ‘tácticas de lo cotidiano’ que Michel de Certeau llegara a vincular con el sabotaje y, por supuesto, con la apropiación que el caminante hace de la ciudad. En marzo de 2022, se realizó en Módena una ‘procesión laica’ desde el cementerio de Aldo Rossi hasta los jardines de los Ducca. Sin duda, la sombra de la pandemia covid impulsaba este pasacalles en el que participaron más de 500 personas, incluidos esqueletos que danzaban. Un ritual carnavalizante o polifónico, cuestiones que Bajtin desarrolló de forma memorable, que tenía intención catártica y que, ahora, en días grises con la brutalidad imperial, obliga a marcar el paso, adquiere un tono de ‘Finis Gloriae Mundi’, postrimerías de una vida idiotizada.
Podemos sentarnos en una parada de autobús situada en tierra de nadie, entre Bruselas y Pekín, esto es, en esa «ciudad del porvenir» que soñara Arturo Soria. El personaje que da la esquela de esa pieza es Kim Jong Un, un meme freudianamente siniestro. Ahí podemos esperar «hasta el infinito y más allá», aburriéndonos como en esa ciudad que ha multiplicado Colomer, parodiando la parodia de Venturi: ‘Menos es aburrido’.
Aprendíamos mucho más en Levittown que en Las Vegas y, en nuestro contexto, podemos encontrar materiales críticos para pensar lo que nos pasa en Perlora antes que en el Foro de Barcelona. Basta recordar la magnífica meditación que Colomer planteo sobre aquel disparatado proyecto de EuroVegas en Los Monegros (‘Prohibido cantar’, 2012) comparado con la mafiosa ciudad de Mahagonny de Bertolt Brecht.
La turistificación del mundo es un asunto que moviliza el imaginario crítico de Colomer, desde aquella impresionante sala central del Pabellón de España en la Bienal de Venecia de 2017 hasta los lemas propagandísticos que vendían sol y playa, comenzando por aquel ‘Spain is Different’ de Fraga. Las piezas con letras de esta cita, que parecen refractarias a la lectura, son sarcasmos de esa ‘utopía’ turística que promete ‘cualquier cosa bajo el sol’. Las maquetas de edificios anodinos remiten a hoteles esos que, siguiendo el ‘poema del ángulo recto’, popularizaron un aburrimiento que es contrarrevolucionario (Debord).
Al final de una conferencia en Valencia en 2017, Colomer imaginaba desde la experiencia del extrarradio una comunidad que «producía espacio» e intentaba habitar de un modo no alienado, animaba el movimiento permanente, desprendiéndose del concepto de hogar.
Jordi Colomer: ‘¿Todo bajo el sol?’
Galería Albarrán Bourdais. Madrid. C/ Barquillo, 13. Hasta el 21 de febrero. Cuatro estrellas.
Para oponer resistencia a la ‘banalidad distópica’ –concluía– tendríamos que recuperar un impulso utópico en nuestros actos cotidianos: instituir un «nuevo nomadismo voluntario». Es necesario llenar la calle de vida, afrontando los miedos, como en el pasacalles que partía del cementerio de Módena. Salir a la deriva para intentar que las cosas sean ‘acá’ de otra manera.
