“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”. Este sería el breve y contundente resumen que hizo Churchill sobre el apaciguamiento practicado por el Reino Unido ante Hitler. A Paul Ekman, el gran experto en la detección de la mentira, el caso de Chamberlain le sirvió para percatarse de que la primera condición para que triunfe una mentira es que haya alguien dispuesto, interesado y casi desesperado por creérsela. Eran tantas las ansías de “paz” —negar la realidad— del entonces primer ministro inglés que, al regresar de su encuentro con el líder nazi, le escribió una carta a su hermana donde confesaba que “su expresión (la de Hitler) no era confiable, pero me ha dado su palabra y prefiero creerlo”.
Las humillaciones de Trump hacia la imagen y credibilidad de los líderes europeos han sido cuantiosas. Solo por destacar los más insultantes de los últimos meses recordar cuando el magnate perdió en junio los papeles y un servicial Keir Starmer no dudó en arrastrarse para recuperarlos. También aquella lamentable fotografía de agosto donde colocó a todos los mandatarios europeos ya Zelensky alrededor del Resolute del despacho Oval. Como si fueran alumnos a los que aleccionar, Trump ocupaba su sitio preferente tras el escritorio. No contentos con tal desdén, todos acudieron con su mejor sonrisa y la cabeza gacha a la escenificación del acuerdo de Paz en Gaza firmado en Egipto en octubre. Durante su mitin, Trump se esmeró en ofenderlos uno por uno. En la reunión con petroleros para hablar de la situación de Venezuela, el presidente de EEUU se levantó en mitad de la conversación para “observar las obras de su nuevo salón de baile”. No es que esté senil ni que sea un payaso, el gesto es el habitual de los jefes tóxicos para desconcertar y vejar a los que consideran sus siervos.
Aunque algunos líderes mundiales han comenzado a elevar el tono y cambiar de estrategia ante Trump, otros siguen todavía recelosos de abandonar la vía diplomática. O desconocen la historia o han tenido la suerte de no tener que enfrentarse nunca antes a un abuso en el trabajo o en el colegio… La única manera de interactuar con un alfa tóxico es plantarle cara (hablar y emular su propio lenguaje corporal). En comunicación no verbal, quien más espacio ocupa (a lo largo oa lo ancho) emana más poder. Por eso aconsejan que, si alguna vez te encuentras a un oso, ni huyas ni te hagas pequeño. Debes mantener la calma, quedarte quieto y hacerte grande (estirando los brazos o sujetando alguna rama de árbol que aumente tu tamaño). Por el contrario, debes evitar mirarlo directamente a los ojos (desafiarlo), darle la espalda o sollozar. Ofrecerle comida o la misma yugular es obvio que conducirá a la muerte, ¿entonces por qué muchos dirigentes siguen pretendiendo adular/negociar con Trump?
No es imprescindible haber estudiado la infancia de Donald Trump para advertir el peligro que conlleva dotar de poder social a alguien con una masculinidad tan frágil.. Solo observando al tipo de personajes a los que admira/respeta el republicano (Putin, Kim Jong Un… Macron cuando el francés se pone macarra) uno recibe las pistas para no ser devorado por el estadounidense. Y, por supuesto, no se trata de convertirse en un monstruo para frenarlo, pero sí en mantenerse firme y seguro. Porque si siguen prefiriendo el deshonor, llegará la guerra.
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