¿Recuerdas cuando, en tu infancia, salías a jugar con tus amigos, cogías el tren o el autobús, y llegabas a tu casa a las tantas, sin ningún dispositivo de comunicación en tu bolsillo? Hoy en día, eso parece ciencia ficción. La obsesion por el control Hace que muchos padres olvidan como era la vida hace años.
La verdad es que a mi también me Cuesta imaginar un mundo en el que saldríamos de casa sin un móvil. en el bolsillo. Sin GPS, sin WhatsApp, sin saber dónde estaban exactamente nuestros amigos o nuestros hijos durante horas, sin saber cuándo pasaría el siguiente autobús o qué desvió coger en la carretera.
Y, sin embargo, no solo sobrevivimos, sino que crecimos, socializamos y aprendimos a movernos por la calle con una naturalidad que ahora parece casi impensable.
Salir sin móvil y otras reliquias del pasado
En aquellos años, salir a la calle significaba, literalmente, desaparecer del radar. No éramos localizables y nadie lo vivía como un problema. Quedábamos “a tal hora en tal sitio” y, si alguien llegaba tarde, se esperaba. Si no aparecía, se improvisaba.
Para hablar con un amigo se llamaba al teléfono fijo de su casacon el ritual que eso implicaba: que contestara su madre, que preguntara quién era, que gritara su nombre por el pasillo. Si no estaba, se llamaba más tarde o se bajaba a buscarlo al portal. El teléfono del edificio era, en la práctica, una red social primitiva pero eficaz.
Y, si el motivo de la llamada era llamar a tu rollo… recuerda el trago que hemos tenido que pasar muchos y muchas en nuestra adolescencia.
Con los niños pasaba algo parecido. Bajaban a la calle, jugaban, se movían por el barrio y regresaban a casa a una hora pactada. Si quirúrgica un imprevisto, se entraba en un bar, en una tienda o se pedía ayuda y listo. Y, aunque hoy parezca impensable, funcionaba.
¿Estamos obsesionados con el control?
La gran pregunta es si hoy vivimos en un entorno realmente más inseguro o si, por el contrario, somos más conscientes (o los medios nos bombardean más) del riesgo.
Noticias constantes, alertas, sucesos amplificados en redes sociales yluna narrativa del miedo han ido calando en la percepción colectiva. Y ese miedo ha convertido al smartphone en una especie de amuleto de seguridad, especialmente cuando hablamos de menores.

Pero todos sabemos que los móviles y los menores no se llevan bien, y por eso hay comunidades que han encontrado una solución intermedia, con cierto sabor añejo.
hablo de Navarra, donde más de 260 establecimientos se han ofrecido como puntos de apoyo para que los menores sin móvil puedan usar un teléfono si lo necesitan. La idea es tan simple como devolver a los niños ya las familias la confianza de que se puede estar en la calle sin llevar un smartphone encima y, aún así, tener una vía para contactar con casa en caso de problema. Exactamente lo que ocurrió hace décadas, pero adaptado al presente.
Hablamos de un tipo de iniciativas que, no van contra la tecnología, sino contra su uso prematuro y sin conocimiento. El debate no es móvil sí o móvil no, sino cuándo usarlo, para qué ya qué coste. Entregar un smartphone a un niño de 9, 10 u 11 años no solo implica localización, también acceso a internet, redes sociales y dinámicas para las que muchas veces no está preparado.

Y es entonces cuando volvemos a mirar al pasado. No por que fura mejor, sino para ponerlo en perspectiva. En los 80 y 90 (e incluso a inicio de los 2000) No éramos más valientes, simplemente la vida era diferente, y recuperar parte de aquellos años no es, para nada, una mala idea.
Ahora solo falta convencer a los padres de que los niños dejen el móvil en casa.
