Durante años, el debate sobre el cáñamo industrial se ha concentrado en lo visible: fibra, semillas, CBD y, en menor medida, biomateriales. Sin embargo, un reciente estudio del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) obliga a replantear esa visión limitada. La investigación revela que las raíces del cáñamo, utilizadas habitualmente como desecho agrícola, contienen compuestos con actividad prometedora contra ciertos tipos de cáncer pediátrico en estudios de laboratorio.
El hallazgo no solo tiene implicaciones científicas. También plantea una pregunta incómoda para la industria: ¿cuánto valor seguimos entrando, literalmente, por falta de investigación y visión regulatoria?
El estudio, difundido por el Servicio de Investigación Agrícola del USDA, identificó en las raíces del cáñamo una serie de compuestos fenólicos y neolignanos que mostraron actividad citotóxica frente a líneas celulares de cáncer infantil en modelos in vitro. No se trata de cannabinoides clásicos como el CBD o el THC, sino de una fitoquímica prácticamente ignorada por el mercado.
Este punto es clave. La industria del cannabis ha construido su narrativa económica alrededor de un número reducido de moléculas, cuando la planta y en particular el cáñamo posee una complejidad química comparable a la de cultivos que hoy sustentan industrias farmacéuticas multimillonarias.
Conviene ser claros: estos resultados no implican tratamientos aprobados ni curas inmediatas. Estamos ante la ciencia temprana. Pero así comienza cualquier innovación biomédica relevante: con datos, no con marketing.
El uso de raíces de cannabis no es nuevo. En la medicina tradicional china se empleaban desde hace siglos para tratar inflamaciones, dolor articular y trastornos urinarios. En tiempos modernos, diversos estudios preclínicos han documentado que los extractos de raíz presentan propiedades antiinflamatorias, antioxidantes y moduladoras del metabolismo.
Lo novedoso ahora es la posible aplicación oncológica, particularmente en cáncer pediátrico, un campo donde las opciones terapéuticas siguen siendo limitadas y altamente agresivas. Para confirmarse su utilidad en fases posteriores de investigación, estaríamos ante una nueva línea de desarrollo farmacológico de origen vegetal, con alto valor agregado.
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Desde una perspectiva empresarial, el mensaje es contundente. Cada hectárea de cáñamo produce toneladas de biomasa que hoy no se monetizan. Las raíces, en específico, generan costos de manejo sin retorno económico. Convertirlas en insumo para investigación biomédica, nutracéutica o biotecnológica cambia por completa la ecuación de rentabilidad del cultivo.
Para los agricultores, esto significa diversificación de ingresos. Para la industria, integración vertical. Para los países con vocación agroindustrial, como México, una oportunidad real de participar en cadenas de valor basadas en conocimiento y no solo en volumen.
El avance científico también exponen una debilidad estructural: los marcos regulatorios que siguen tratando al cáñamo como un cultivo de bajo valor estratégico. Sin incentivos claros para la investigación, sin esquemas que facilitan la colaboración entre universidades, sector privado y autoridades sanitarias, estos descubrimientos corren el riesgo de quedarse en el laboratorio.
México tiene la capacidad agrícola, el talento científico y la necesidad económica para apostar por una bioindustria del cannabis basada en innovación, no en improvisación. Pero eso exige reglas claras, inversión en I+D y una narrativa pública que entienda al cannabis como lo que es: una plataforma tecnológica vegetal.
Las raíces del cáñamo no son una curiosidad botánica. Son un recordatorio de cuánto potencial sigue sin explorarse por prejuicio, desinformación o parálisis regulatoria. Mientras otros países comienzan a transformar los residuos agrícolas en conocimiento y valor económico, México enfrenta una decisión estratégica: seguir mirando solo la superficie o empezar, por fin, a trabajar desde la raíz.
Porque en la industria del cannabis, como en la economía, lo que no se investiga, no se capitaliza.
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