Estos días se presenta en el Palacio de las Artes de valencia ‘Eugenio Oneguín’sobre la puesta en escena construida por Laurent Pelly en 2023, en colaboración con Bruselas y Copenhague, y la dirección musical del ruso Timur Zangievquien … hace su presentación española. Apenas tiene 31 años pero Zangiev llama ya la atención del mundo musical. El próximo mes de abril debutará este título en el Metropolitan neoyorquino. En su biografía se señala que ha dirigido más de cincuenta producciones de ópera con independencia de los contratos de última hora con Salzburgo, Milán, Viena, Múnich, Bruselas, el teatro Bolshoi de Moscú y Mariinsky de San Petersburgo.
Que el Palau de les Arts valenciano se haya fijado en él es un dato que fortalece la temporada de un espacio que sigue encabezando la liga operística nacional. Porque Zangiev es un director de poderosa personalidadque no duda en dilatar el tiempo sin miedo al desmayo, que se muestra innegociable a la hora de obtener de la poderosa Orquesta de la Comunitat Valenciana un sonido redondo, robusto, muy ensamblado y, hoy por hoy, poco escuchado. Y en este recuperar impresiones sonoras algo perdido está también la sensación de que existe un Chaikovski capaz de anteponer a la pasión melódica esa inventiva instrumental que tanto admiró Stravinski, bien es cierto que como compensación ante su falta de fe en una música que consideraba abominable, sin duda como influencia directa de Rimski-Korsakov (cosas de amigos). Zangiev sí cree en la poderosa tracción de la música de Chaikovski, y en su capacidad para encerrar en sí misma una rama de la categoría de ‘Eugenio Oneguin’.
Los espectadores valencianos están comprobando que la interpretación musical es el pilar esencial en las actuales representaciones de este título. A Zangiev le acompaña un reparto en el que se complementan voluntades muy diversas y que Pelly trabaja a favor de obra anteponiendo el sentido narrativo y el dibujo de los personajes a la sustancia sicológica que, sin embargo, empapa la producción como si de una sombra se tratase. Por eso, Pelly hace del italiano Mattia Olivieri, alumno del Centre de Perfeccionament que sustenta el Palau de les Arts, un ser insensible que el intérprete reafirma en la seguridad de un centro vocal bien construido y en la desfachatez de su gesto.
No hace falta mucho más para hacer creíble a Oneguin, que se vuelve especialmente interesante en el desenlace final cuando el encuentro con Tatiana es algo imposible. También la soprano americana Corinne inviernos Se vuelca en este momento, tras un deambular enamoradizo e inestable. A los interesantes gestos reflexivos con los que Winters aborda su aria de la carta, tan claramente apoyados por Zangiev desde el foso, hay que añadirle un desarrollo de fluida discreción. En el desenlace, vestida elegantemente y enjoyada, deja a Onegin maltrecho antes de subir a lo alto de una negra escalera sobre la que remata con orgullo una composición escénica no exenta de grandeza cinematográfica.
Que Pelly mira a Chaikovski es algo evidente, porque el resultado general tiene el aspecto de una coreografía desarrollada en paralelo a una música intrínsecamente narrativa. En el lenguaje no verbal desarrollado por el director francés cabe lo absurdo, entendido a la manera de caricatura en el caso de la polonesa, y sobre todo la sensación de un mundo que gira sobre sí mismo y al que representa una enorme plataforma sobreelevada que rota, se dobla y comprime durante los dos primeros actos. Sobre ella, Tatiana sueña con Oneguin mientras las paredes se pliegan y la encajonan, del mismo modo que Lenski canta su aria exageradamente elevada por la tarima en una clara concesión a la mitomanía de un momento estelar.
Al tenor peruano Iván Ayón Rivas se le escuchó en Valencia hará menos de un año con ‘L’heure espagnole’ y ‘Gianni Schicchi’ y si la impresión fue buena ahora es estupenda. Ha cantado únicamente la función de estreno del martes como sustituto de Dmitri Korchav ya él se debe que el aria del Lenski se muestre cargada de lirismo, lo que acrecienta dudas y temores antes que arrebato. Ayón-Rivas lleva al personaje a su terreno convirtiéndolo en un ser dubitativo y, en cierta medida, resignado ante el duelo con el protagonista y su predecible muerte.
Lenski cae en la trampa porque entiende mal que Olga solo piense en divertirse, algo que la soprano uzbeka Ksenia Dudnikova explica con contundencia. La condición del personaje es más plana y su vocalidad más inmediata, lo que no quita mérito a una actuación poderosa que enlaza bien con la de otros personajes menores. Es todo un acierto contar con el tenor británico Mark Milhofer, para los ‘pareados’ de Monsieur Triquet, con las mezzos Alison Kettlewell y Margarita Nekrasova, respectivamente la madre Larina y la nodriza Filíppievna, y con el georgiano Giorgi Manoshvili para la esporádica pero trascendental aparición del príncipe Gremin, voz cálida, timbrada y muy bien defendida en el registro grave.
En ‘Eugenio Oneguin’ está en juego la cotidianeidad ilusoria de lo plebeyo frente a la vanidad afirmada de la aristocrática, afrancesada y estricta sociedad rusa de finales del XIX. Ambos son focos sobre los que se estructura un proyecto escénico cuya gestión alcanza una soltura teatral impecable. Laurent Pelly concede a cada una de las escenas su propio espacio, las decoraciones con un vestuario de sutiles colores, pasando de lo humilde a lo refinado, y las alimenta con la precisa iluminación de Marco Giusti, un elemento esencial a la hora de matizar el desarrollo dramatúrgico. Curiosamente, también Pelly afirma que la ópera es interesante como fenómeno musical y por eso sus trabajos se construyen a partir de la partitura. Es una buena razón para que este ‘Eugenio Oneguin’ se encuentre entre sus grandes realizaciones.