John-Michael Tebelak y Stephen Schwartz eran dos veinteañeros cuando escribieron ‘Godspell’ a principios de la década de los setenta del siglo pasado, envueltos en la contracultura estadounidense, el movimiento hippy y su ‘flower power’ en plena ebullición y la guerra de Vietnam. … una flor de piel. La imagen de Jesucristo era entonces un icono y era, junto al Che Guevara, uno de los rostros más vistos en las camisetas de los jóvenes contestatarios que poblaban las universidades del país. La obra, de hecho, nació en el seno de una de ellas, la Universidad Carnegie Mellonen el estado de Pittsburgh, como un trabajo fin de carrera de Tebelak. La base era el Evangelio de San Mateo y para su estreno en el Off-Broadway (el circuito teatral alternativo) se unió al proyecto el músico Stephen Schwartz. El resultado es uno de los musicales icónicos de aquellos años.
A España llegó en 1974 -se estrenó el 2 de octubre de aquel año, meses y medio antes de la muerte de Franco-, con dirección del propio Tebelak (que falleció en 1985, a los 35 años, de un ataque al corazón) y una adaptación del libreto y las letras a carga del sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo y del poeta José María Pemán (‘garantes’ entonces de la ‘corrección política’ de la versión). Casi medio siglo después, y con el entorno de la guerra de Ucrania, Emilio Aragón puso en pie una versión que quería actualizar el mensaje de amor al prójimo en tiempos dominados por el ruido mediático de las redes sociales, un individualismo galopante, pérdida de valores…
Este montaje, estrenado en noviembre de 2022 en el Teatro Soho Caixabank de Málaga, es la falsilla sobre la que Antonio Banderas ha elaborado el suyo propio. Ha construido en torno a los diez protagonistas de la historia una dramaturgia que da sentido a la sucesiva recreación, en tono entre naíf y circense, de parábolas evangélicas que, salpicada de canciones inspiradas, es lo que conforma el ‘trama’ de ‘Godspell’. Así, Banderas se sitúa en medio de una ciudad en guerra y asediada por las bombas, a una compañía de teatro encerrada en un local a camino entre la iglesia y el teatro. Hasta allí llegan dos personajes que inducen a los actores a un juego metateatral; un juego trascendente, pero juego al fin y al cabo.
Una primera parte juguetona y festiva llena de luz, de color, de diversión, de optimismo y de humor, deja paso a una segunda parte más reflexivamás profunda y oscura. En las dos emana ese mensaje que no por antiguo -más de dos mil años- resulta menos revolucionario… Y cada día más en estos tiempos crujientes, airados, envenenados: el mensaje de la solidaridad, del perdón, del amor al semejante. El mensaje, al fin y al cabo, del Evangelio que, como bien decía Antonio Banderas en la víspera del estreno, no ha calado en el ser humano a pesar de los dos milenios transcurridos.
‘Godspell’ es un espectáculo vitamínico, contagioso, dulcemente amargo, con unas canciones que, cincuenta años después, mantienen su frescura, su expresividad y su magnetismo: ‘Preparad el camino al Señor’, ‘Todo a fin de bien’, ‘Todos los dones’, ‘Una ciudad hermosa’ (escrita para la película de David Greene de 1973)… -falta pulir y equilibrar el sonido en un difícil teatro como el Gran Pavón-. Banderas, en fin, dirige, con la ayuda de las traviesas coreografías de Carmelo Seguraa diez intérpretes que deciden tirarse con él a la piscina para, entre todos, conseguir un espectáculo tan gozoso como el Evangelio en el que está basado.
