Al celebrar los 75 años de relaciones bilaterales, Italia y Alemania piden evitar un término: “no lo llamemos eje Roma-Berlín”. Los ecos siniestros de la Segunda Guerra Mundial deben mantenerse a distancia, también porque la situación actual es distinta, aunque grave.
Reuniones entre gobiernos hay muchas, con sus ceremonias y rituales: ministros que firman acuerdos, empresas que intercambian negocios y líderes que se abrazan. La cita del viernes en Roma quiso, esta vez, marcar una diferencia. “Debemos cambiar Europa; nuestro entendimiento nunca ha sido tan estrecho”, coincidieron ambos Ejecutivos.
El encuentro estaba previsto desde hacía meses, pero la cumbre encabezada por Giorgia Meloni y el canciller Friedrich Merz llegó en un momento especialmente delicado de las relaciones internacionales. “Italia y Alemania —afirmaron— pueden asumir juntas la responsabilidad de trazar perspectivas concretas, pragmáticas y de sentido común en los grandes temas estratégicos”.
Roma y Berlín firmaron un acuerdo de “cooperación reforzada”, con una vez ministros por lado rubricando protocolos comunes. La primera ministra italiana quiso, sin embargo, otorgar al evento una lectura política precisa, con un doble objetivo: relanzar la competitividad comunitaria sobre la base del plan presentado por su predecesor Mario Draghi y, en clave geopolítica, consolidar su propia estrategia para evitar una ruptura con Donald Trump. Dicho de otro modo, distanciarse tanto del enfoque confrontativo de Emmanuel Macron como de la línea crítica defendida por Pedro Sánchez.
La propuesta
Meloni llega a proponer el Nobel de la Paz para Trump si logra una paz justa en Ucrania
En la capital italiana, este movimiento de dos gobiernos conservadores —aunque con perfiles muy distintos— se interpreta como un intento de alterar el equilibrio continental. La apuesta sería desplazar al tradicional eje franco-alemán y sustituirlo por una nueva entente entre Roma y Berlín.
Merz es consciente de que la puesta en escena en el parque romano podría resultar un mensaje político de alto impacto. Ante una pregunta sobre las relaciones con Francia, se apresuró a matizar: “No existe ninguna jerarquía entre nuestros socios”. Meloni tampoco cayó en la tentación de polemizar con París: “Evitemos enfoques infantiles de la geopolítica”.
El texto suscrito por ambos jefes de Gobierno deja clara la ambición de impulsar un nuevo rumbo en la Unión. Partiendo de la convicción de que Italia y Alemania son “las dos principales naciones manufactureras del continente”, la hoja de ruta apuesta por reducir la carga burocrática, limitar nuevas iniciativas normativas y crear un entorno más favorable para la inversión y la actividad empresarial, especialmente para las pequeñas y medianas empresas. “Somos el corazón palpitante de la industria europea”, insistió Meloni ante los representantes del tejido productivo de ambos países.
Las dos capitales, que también coinciden en la defensa de las fronteras exteriores en materia migratoria, preparan así el terreno para la reunión extraordinaria de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea prevista para el 12 de febrero en el castillo belga de Alden Biesen. A la cita han sido invitados —no por casualidad— Mario Draghi y Enrico Letta, autores de los dos informes llamados a orientar el relanzamiento del proyecto comunitario.
La estrategia es clara, pero en medio permanece un obstáculo de peso: la relación con Estados Unidos. Entre ambos líderes los matices son distintos. Merz reivindica la respuesta europea a la amenaza de Trump de imponer aranceles a los países que han enviado soldados a Groenlandia: “Hemos demostrado que sabemos reaccionar, organizando un Consejo Europeo extraordinario”.
Meloni, en cambio, insiste en su intento de preservar el vínculo con el aliado estadounidense. Cuando un periodista italiano le pregunta por la salud mental del inquilino de la Casa Blanca, la reacción es airada: “No me parece una manera seria de afrontar la política internacional. Donald Trump es el presidente electo de Estados Unidos. Estos mismos discursos los escuché antes sobre Joe Biden. Hay que asumir la democracia y tratar con líderes elegidos por sus ciudadanos”. La primera ministra llega incluso a afirmar: “Espero que algún día podamos conceder el premio Nobel a Trump si logra marcar la diferencia para una paz justa y duradera en Ucrania. En ese caso, podríamos proponerlo nosotros”. Merz no añade nada más: “Estoy de acuerdo con Giorgia”.
El futuro del continente
Merz y Meloni asumen el plan Draghi como hoja de ruta para relanzar la competitividad europea
Lo que la oposición de centroizquierda define como “servilismo” de Meloni se explica también por la delicada posición de Roma. La líder ultraconservadora se vio obligada a rechazar la invitación para entrar en el consejo internacional para la reconstrucción de Gaza —una iniciativa a la que el magnate estadounidense concede gran importancia— alegando un problema constitucional: Italia no puede ceder soberanía nacional en condiciones de subordinación.
Para frenar una posible reacción negativa, Meloni llamó al aliado estadounidense para pedir más tiempo y una reformulación del estatuto del grupo que permita a Italia “ya otros países” formar parte del mismo. Trump recibió el mensaje a su manera: “Italia estará”.
