Cuando se habla de la biografía de Shakespeare y su vida íntima, los investigadores y escritores se dan de bruces contra un muro. Hay muy poca información fidedigna. No se sabe casi nada de quién fue aquel; Quizás el más famoso entre todos los poetas y dramaturgos del mundo. Tan poco sabemos sobre el genio inglés que elucubramos constantemente. Una de las hipótesis más comunes, que cada tanto sale a la luz, sostiene que quizás no fue él quien escribiera sus obras. Unos afirman que nunca existió, otros dicen que William, en realidad, fueron varias personas. Otros, que era católico y no protestante en una Inglaterra en la que el catolicismo se practicaba en secreto y era perseguido.
Si de Shakespeare se duda, incluso, de si se tiene un retrato real (los que se le atribuyen son sujeto de debate porque no existen pruebas definitivas de que sea él, aunque en algunos hay consenso de que sí podría ser), de su mujer y sus tres hijos se sabe aún menos. Pero, ¿y si Shakespeare hubiera dejado alguna pista? ¿Y si hubiera puesto al lector frente al espejo del evento que cambió su vida? William Shakespeare prestó a la más famosa de sus obras el nombre de un hijo muerto.
