A Roman Krznáric se le acusa de forma peyorativa de optimista redomado por hablar en términos de empatía, esperanza o posibilidad. Sin embargo, él asegura que es todo lo contrario a un optimista. Según este prestigioso filósofo, el tópico de «ver el vaso … medio lleno» a pesar de todos los datos y evidencias es algo propio del pensamiento neoliberal, que cree que los problemas son indiferentes y que si crees en el mercado las cosas se solucionan solas. Él se define como realista y sensible a los múltiples problemas de nuestra realidad, pero se niega a aceptar que no haya nada que hacer. En este caso, habla más de «esperanza radical», en creer que el futuro no está escrito de antemano, sólo el pasado, y es allí donde podemos encontrar mil formas diferentes que pueden inspirarnos para intentar dar con soluciones a los conflictos contemporáneos. «El presente no nos encierra en una única posibilidad. Hemos de abrir nuestra imaginación y abandonar nuestra obsesión cortoplacista para ver que la democracia representativa o el capitalismo neoliberal no son las únicas vías de vivir en sociedad», afirma este popular filósofo en declaraciones a este diario.
Ésta es la premisa de ‘Historia para el mañana’ (Capitán Swing)un ensayo en que rastrea los últimos dos mil años de historia para encontrar acontecimientos o movimientos sociales que podrían ayudar a superar problemas recientes como la nula regulación de la Inteligencia Artificial; la omnipresencia de las redes sociales como principal instrumento relacional; o el fracaso de las democracias representativas. «También les parecía imposible a los indios del siglo XIX liberarse de los estragos del colonialismo inglés y lo lograron. El futuro no está escrito y el pasado no es determinista, pero sí que esconde lecciones donde podemos creer en la esperanza radical y vencer así la cerrazón del presente», señala Krznaric.
De esta forma, el filósofo, asesor en materia de empatía de Oxfam y la ONUnos habla del fin de la esclavitud en Jamaica y el resto de territorios británicos del Caribe en el siglo XIX para descubrirnos vías para frenar nuestra esclavitud a los combustibles fósiles. O nos recuerda cómo convivían judíos, cristianos y musulmanes en Al Ándalus, con dificultades, con puntuales atropellos, pero al final del día convivían para hablarnos de la nueva tolerancia. «En el Japón medieval, por ejemplo, cultivamos una economía circular con éxito. Y no estamos hablando de un pueblo aislado y subdesarrollado, estamos hablando de Edo, la actual Tokio, que en el siglo XVII tenía un millón de personas y era una de las metrópolis más importantes del mundo», señala Krznaric.
Lo que tiene claro el autor de ‘Historia para el mañana’ es que la historia no es simplemente el recuento de los hechos y hazañas de los gobernantes y los grandes egos, los Trump, Putin o Netanyahu de turno. Tampoco una revisión de los elementos tecnológicos que fueron cambiando el mundo, desde la escritura hasta la imprenta y, ahora, la Inteligencia Artificial. Para él, la historia, sobre todo, tiene que centrarse en las personas, en sus acciones y reacciones, ya desde ahí estudiar los movimientos sociales que posibilitaron verdaderos cambios. «Hemos de pensar más allá del aquí y el ahora. Hemos de saber que tenemos un compromiso serio con las nuevas generaciones y con el futuro, que ellos mirarán al pasado y nos maldecirán si ven que no intentamos nada, que aceptamos que el presente era absoluto e imposible de cambiar», sentencia.
Los bienes del ala radical
En este sentido, habla de diferentes momentos en la historia en que convivieron un ala de protesta más pacífica y planificada, con otro que él llama radical. Por ejemplo, Krznaric habla del movimiento por los derechos sociales liderado por Martín Lutero King, que se vio favorecido por los mensajes duros y radicales de Malcolm X o las panteras negras. «Las clases dirigentes veían entonces con mejores ojos a Martin Luther King, no porque creyesen en él, sino porque la alternativa a su izquierda era mucho peor», recuerda Krznaric.
El libro recurre a las ciudades estado italianas del siglo XV para hablar de formas alternativas de democracia. A los estragos de la peste negra en Europa para hablar de desigualdad. O a la primera bolsa de valores y el capitalismo financiero de Amsterdam a principios del siglo XVII para describir cómo controlar a la Inteligencia Artificial. «El siglo XX fue el de la individualidad, pero el XXI lo ha dejado atrás y lo ha sustituido por el de comunidad o familia.. El individualismo no es malo. Ayudó a acabar con el feudalismo y la noción de persona como elemento común inamovible. Pero ahora no sobreviviremos con la idea preponderante del yo y el cultivo del ego. Eso sí es una mirada cortoplacista a la realidad», afirma.
El ensayo también utiliza el tribunal de aguas de valencia para hablar de sequía y sostenibilidad; de los cafés de la época georgiana en el siglo XVIII para inspirarnos a combatir nuestra adicción a las redes sociales o de la alquimia medieval y el movimiento eugenésico para hablar de ingeniería genética. «Estoy en contra del axioma de Santayana de: ‘aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla’. Porque hay momentos que sí merecen que los repitamos, o al menos que nos inspiren para encontrar nuevas soluciones para el presente», concluye.
