En tecnología, lo que “muere” rara vez desaparece: se vuelve accesorio, se relega, se reinventa. A los computadores de escritorio no los enterró el laptop; solo los hizo menos protagonistas.
Con los smartphones podría ocurrir algo parecido, si se toma en serio la apuesta de Mark Zuckerberg: el teléfono seguiría existiendo, pero perdería el puesto de centro de mando frente a un dispositivo más discreto, más “puesto” que “sostenido”.
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La pregunta ya no es si habrá un sucesor, sino si la gente está dispuesta a llevarla en la cara.
La predicción: el teléfono quedará más en el bolsillo en los 2030
Zuckerberg ha insistido en que llegará un momento en que el smartphone estará “Más en el bolsillo que fuera de él”y que eso ocurriría durante la década de 2030, cuando los usuarios eligen la comodidad de las gafas incluso si el teléfono sigue haciendo algunas cosas “mejor” o “más completa”.
La tesis no es un “apagón del móvil” de un día para otro. Es una transición: el móvil como respaldo, y las gafas como interfaz cotidiana para mensajes, navegación, capturas y consultas rápidas. Dicho de otro modo: menos pantalla en la mano, más información flotando en la rutina.
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La predicción no sale de la nada. Meta lleva años empujando la idea de que las gafas (con cámara, audio, asistentes de IA y, eventualmente, realidad aumentada) serán “la próxima plataforma” después del móvil.
En entrevistas, Zuckerberg ha vinculado esa visión con proyectos de AR más ambiciosos —como prototipos tipo Orion— que aún no estarían listos para el mercado masivo por costo y limitaciones técnicas.
Además, la compañía ya está vendiendo hardware real: en eventos recientes ha presentado nuevas gafas con funciones de IA, versiones con display y hasta alianzas orientadas a nichos (por ejemplo, modelos deportivos), con precios y fechas de lanzamiento concretas.
Eso refuerza la narrativa de que no es solo “metaverso”, sino producto, catálogo y escalera evolutiva.
El lado B: cuando la comodidad con la privacidad
Aquí aparece el punto que suele arruinar cualquier utopía de “computación invisible”: si una cámara cabe en unas gafas que parecen normales, el consentimiento se vuelve un problema, no una formalidad.
Un caso reciente recogido por el independiente relata cómo Isobel Thomason, de 22 años, descubrió que un hombre la había estado grabando con gafas inteligentes tras pedirle su número en la calle, y cómo esa situación le generó angustia e indignación.
El artículo también recoge advertencias de expertos sobre el uso de estos dispositivos para filmar sin consentimiento y los riesgos asociados.
En otras palabras: el futuro puede ser “manos libres”, pero si no se gestiona bien, también puede ser “sin límites”. Y para que las gafas sean el nuevo estándar, la industria tendrá que resolver algo más difícil que el diseño: la confianza social.
¿Fin del smartphone o cambio de rol?
La predicción de Zuckerberg tiene un matiz importante: no promete la desaparición total del teléfono, sino su descenso de categoría. Algo similar a lo que pasó con el PC: sigue ahí, pero ya no define cada interacción diaria.
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El gran desafío para las gafas no será demostrar que “funcionan”, sino que valen más que el hábito. Porque el smartphone no solo es un dispositivo: es un reflejo condicionado. Y cambiar reflejos suele tomar más que una keynote.
