El capital político con el que Donald Trump reingresó a la Casa Blanca en enero de 2025 parece ir evaporándose con la misma velocidad con la que firmó sus primeras órdenes ejecutivas. De acuerdo a los datos más recientes de la consultora Gallup, el índice de aprobación del mandatario ha caído estrepitosamente al 36%, una cifra que contrasta distribuida con el 47% de respaldo que ostentaba al momento de su asunción.
Esta caída de 11 puntos en apenas doce meses revela una desilusión creciente, incluso en sectores que fueron determinantes para su retorno triunfal.
Coincide también la famosa encuesta del Instituto Siena, publicada por The New York Times, que juzga severamente el primer año en el poder de Trump, especialmente a causa de la economía. El 49% de los encuestados considera que el país está peor que cuando consolidó la carga y el 32% dice que está mejor.
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La difusión de estos datos le valió al Times un duro ataque judicial del mandatario, quien sostiene que son “falsos” y “fraudulentos”.
La erosión de su imagen no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una desconexión entre la narrativa oficial y la realidad del ciudadano promedio. Aunque la Casa Blanca intenta instalar una agenda de éxito absoluto, los números macroeconómicos y la percepción pública indican que el “efecto Trump” está encontrando límites severos en el bolsillo de los estadounidenses.
La “herencia” política. En una reciente conferencia en la Casa Blanca, el propio Trump dejó entrever su malestar por este distanciamiento. Lejos de la autocrítica, el presidente dirigió sus dardos hacia su equipo interno y los medios de comunicación.
“Heredamos un caos. Las cifras que heredamos estaban aumentando con fuerza y ahora las hemos reducido a niveles mucho más bajos”, afirmó, para luego arremeter contra sus asesores de comunicación, a quienes acusó de no ser capaces de lograr que su mensaje “llegue” a los estadounidenses.
Para el mandatario, existe un complot mediático que invisibiliza lo que él denomina como la gestión más prolífica de la historia. “Hemos hecho más que cualquier otra administración, con mucho, en términos militares, en términos de poner fin a guerras… Nadie ha visto realmente algo parecido”, aseguró.
Sin embargo, esta retórica de victoria total choca con la persistente ansiedad pública por el elevado costo de vida, un problema que Trump atribuye exclusivamente a la “herencia recibida” de la gestión demócrata anterior.
El costo de la “guerra comercial”. El eje central de la gestión económica de este primer año fue la implementación de una política arancelaria agresiva: impuestos del 25% a las importaciones de México y Canadá, y un 10% adicional a los productos provenientes de China. Si bien estas medidas buscaban proteger la industria nacional, el impacto inmediato ha sido una distorsión en las cadenas de suministro que ya se refleja en los precios al consumidor.
Sectores clave como la industria automotriz y la tecnológica han visto un encarecimiento en sus costos de producción, lo que ha mantenido la inflación en niveles cercanos al 2,8%.
Aunque Trump prometió que estos aranceles financiarían al Estado y protegerían el empleo, el mercado laboral ha mostrado señales de debilidad, con una tasa de desempleo que llegó al 4,4% en diciembre pasado.
El Fondo Monetario Internacional (FMI), en sus proyecciones para 2026, estima un crecimiento del 2,4% para Estados Unidos. El organismo advirtió que la volatilidad arancelaria sigue siendo el principal riesgo para la estabilidad global.
Poder sin límites. El segundo mandato de Trump se ha caracterizado por una personalización extrema del cargo. “Realmente ha personalizado la presidencia”, señalan expertos legales, destacando que el republicano actúa como si no existieran límites institucionales a su voluntad.
Su gestión se traduce en decisiones que mezclan la alta política con el capricho personal. Por ejemplo, la construcción de un salón de baile faraónico en la Casa Blanca que saldrá 400 millones de dólares y la imposición de su nombre en instituciones culturales como el Centro Kennedy.
También en la geopolítica de impacto: el bombardeo sobre Venezuela para forzar la caída de Nicolás Maduro y las renovadas amenazas sobre la soberanía de Groenlandia han mantenido al mundo en vilo, desplazando a veces la agenda económica interna que sus priorizan.
La elusión sistemática del Congreso mediante órdenes ejecutivas para perseguir adversarios o implementar deportaciones masivas tensaron las costuras de la democracia estadounidense.
El año del veredicto. A pesar del control que Trump ejerce sobre la narrativa nacional, el calendario electoral impone su propia realidad. Las elecciones de medio término de noviembre de 2026 se perfilan no solo como una lucha por el control de la Cámara de Representantes y el Senado, sino como un plebiscito sobre la figura de un presidente que pronto cumplirá 80 años.
Analistas internacionales advierten que la estrategia de “Estados Unidos Primero” en política exterior (con frentes abiertos en Irán, Ucrania, Gaza y Venezuela) podría ser un bumerán político. Gran parte del electorado que lo desarrolló al poder lo hizo con la esperanza de una mejora en la economía doméstica, no para financiar nuevas aventuras o diplomáticos.
Si los republicanos pierden el control del Poder Legislativo, Trump quedaría como un presidente debilitado para la segunda mitad de su mandato. Además, existe la sombra de la inestabilidad institucional: ante la caída en las encuestas, la pregunta que circula en el ambiente político de Washington es si el mandatario aceptará un eventual resultado adverso o si intentará, una vez más, cuestionar la legitimidad del sistema.
