De la Guerra Fría se ha escrito mucho, pero sorprende que, en los últimos tiempos, y pese a que es recurrente comparar el actual estado de las cosas con la geopolítica de entonces, las librerías no se hayan llenado de títulos del período. Los hay, por supuesto —a destacar La Guerra Fría. Una historia mundialde Odd Arne Westad (Galaxia Gutenberg, 2022)—, pero la Segunda Guerra Mundial sigue ganando por goleada. Por eso la perspectiva que aporta el periodista cultural Ramón González Férriz en La otra Guerra Fría a modo de ensayo divulgativo, resulta interesante.
No es que sea nuevo, porque que ambas potencias, el Occidente capitalista y el Este comunista, convirtieron la cultura en campo de batalla es conocida ya todos, viviéramos esa época o no, nos viene algún referente a la cabeza. Sin embargo, compilar una serie de episodios más que anecdóticos, contar el ataque de un bando y la réplica del otro, y construir a partir de ahí una narración coherente, no exhaustiva, que permita ver la evolución de una batalla cuyo ganador ya conocemos, es la principal virtud del libro.
⁄ El libro cuenta cómo el bloque occidental absorbió la cultura hippie pese a ser de izquierdas
La historia arranca con una paradoja. Las élites culturales estadounidenses eran poco dadas a las vanguardias, mientras que en la URSS, la revolución había dado alas a corrientes más modernas. Sin embargo, pronto se daría la vuelta al calcetín. Pese al conservadurismo de Truman, los americanos pronto se dieron cuenta de que el expresionismo abstracto —vanguardia genuinamente estadounidense— encarnaba bien los valores que el capitalismo proyectaba quería, y así fue como Jackson Pollock pasó de repudiado a pintor referente —él mismo lo notó en su cuenta corriente—. En el otro lado, el secretario del Comité Central, Zhdánov propugnaba su doctrina que sometía a los artistas al dictado del partido y consolidaba el realismo socialista, clásico y poco innovador, como arte único del Estado. Estas fueron las coordenadas básicas de la batalla: libertad individual versus rigidez estatal.
Con este punto de partida, el libro analiza las distintas fases por las que pasó la guerra cultural de la Guerra Fría. Se repasa desde el papel de estamentos como el Congreso por la Libertad de la Cultura —organismo que, amparado por la mismísima CIA, financió una red global de instituciones y medios de comunicación—, a la rocambolesca historia de la publicación en la Europa Occidental del Doctor Zhivago de Boris Pasternak, de las primeras novelas críticas con el mundo soviético, pasando por la creación de James Bond como mito frívolo del espionaje del momento y su réplica socialista, el sobrio y menos carismático Avakoum Zahov.
Ya llegada la revolución cultural de los sesenta, el libro remarca la capacidad que tuvo el capitalismo de hacerse suyas las nuevas corrientes contraculturales como los hippies, a pesar de que estos partían de postulados de izquierdas. La URSS, por su parte, trataba de abrirse sin éxito, porque seguía viendo manifestaciones como el rock como artefactos capitalistas. El libro también subraya como, en esta fase hasta la caída del muro, la batalla ya había pasado irremediablemente de la alta cultura a la cultura pop, allí donde la influencia en las masas era más eficaz.
Pero más allá del resumen histórico, hay reflexión. A través de la importancia que la cultura tuvo en este período, La otra Guerra Fría funciona como reivindicación de lo cultural en la sociedad moderna. Muchas veces se menoscaba esta influencia y se sobredimensionan los aspectos políticos o geoestratégicos. Pero la cultura moldea espacios mentales, genera ideas y fundamentos y consolida identidades colectivas. Su papel es clave, incluso hoy que parece haber pasado a un segundo plano. El propio autor sugiere que la batalla cultural, en nuestros días, está en las redes y allí es donde el poder trata de influir. En el lugar que sea, lo seguirá haciendo, porque es en las ideas donde también se ganan y pierden guerras.
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Ramón González Férriz. La otra Guerra Fría. Editorial Alianza. 184 páginas. 16,62€
