Desde hace algunos años, Netflix tiene un meta: un Oscar a la mejor película. Y Nueva Vague de Richard Linklater podría ser su gran opción bajo la manga este año. En especial, porque el director, con absoluta libertad creativa —y financiera—, convierte a la película en un homenaje al cine. Todo al reimaginar la filmación de la clásica. Sin aliento (1960) de Jean-Luc Godard como una exploración en clave de metarreferencia sobre el séptimo arte.
A pesar de esoNueva Vague no es un película biográfica tradicional ni una lección de historia cinematográfica empaquetada para festivales. De hecho, es una reconstrucción lúdica de un momento donde el cine decidió romper sus propias reglas. La película se centra en el proceso de gestación de Sin alientopero evita el tono reverencial. Eso, porque Richard Linklater entiende que el mito de la Nouvelle vague francesa no se sostiene por la épica, sino por la fricción constante entre precariedad, ego, intuición y azar.
El resultado es una obra que respira entusiasmo sin caer en la nostalgia decorativa. La película no intenta imitar el estilo de Jean-Luc Godard al rodar o todo lo que ocurrió detrás de la cámara de una película histórica, sino traducir su impulso. Es una diferencia crucial. Linklater imagina el nacimiento de una revolución estética con herramientas contemporáneas, consciente de que la fidelidad literal suele ser el camino más corto hacia la parodia involuntaria. En ese sentido, Nueva Vague se siente menos como un homenaje y más como una conversación intergeneracional.
Una obra de arte en escala pequeña.

Para llevar a cabo una tarea semejante, Richard Linklater no explica por qué ese tipo de cine fue importante; muestra cómo se hacía, cómo se discutía, cómo se improvisaba. La película confía en la inteligencia del público, un gesto cada vez menos habitual. Esa combinación es la que convierte a Nueva Vague en algo más que un ejercicio dedicado exclusivamente a los amantes del cine. Es una reflexión en clave de rareza —filmada en blanco y negro— sobre lo que el mundo cinematográfico puede ser.
Por supuesto, el retrato de Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) es el eje incómodo de la relación. No es un genio romántico ni un villano ilustrado, sino un joven irritante, brillante por momentos, inseguro casi siempre. Linklater entiende que la revolución estética no nace de la amabilidad, sino del conflicto constante. Godard discute, desconfía, se contradice. Esa energía tensa se convierte en el motor de la película. A su alrededor, orbitan figuras clave del cine francés como François Truffaut (Adrien Rouyard), Claude Chabrol (Antoine Besson) y Agnès Varda (Roxane Rivière), retratados sin caricatura, pero también sin solemnidad.


Cada uno aporta una personalidad distinta a ese caldo creativo donde la cinefilia se mezclaba con la urgencia juvenil. En medio de un escenario creativo semejante, el productor Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst) se vuelve una figura esencial, atrapada entre la necesidad económica y el vértigo artístico. Linklater observa estas dinámicas con una distancia afectuosa. No idealiza el proceso, pero tampoco lo reduce a un choque de egos. Por lo que la película es mucho recordar que, antes de la tecnología de punta, la era digital y las redes sociales, rodar era un proceso esencialmente artesanal.
Un protagonista memorable para’Nueva Vague‘


Uno de los riesgos más interesantes de Nueva vague Consistir en convertir a Jean-Luc Godard en una figura tolerable sin suavizar su conocida antipatía. Richard Linklater camina por esa cuerda floja con notable control. El Godard que presenta la película es difícil, caprichoso y provocador, pero también vulnerable en su obsesión por filmar. algo que todavía no sabe definir. Esa contradicción es el corazón dramático del relato.
De modo que el guion de Holly Gent, Vincent Palmo Jr., Michèle Pétin y Laetitia Masson, evita la tentación de justificar o condenar al personaje. En lugar de explicar su comportamiento, lo muestra en funcionamiento. La cámara observa cómo su liderazgo nace menos de la empatía que de la convicción feroz. Godard no convence; arrastrar. Esa dinámica se refleja en el set improvisado, en las discusiones técnicas, en las decisiones tomadas sobre la marcha. Linklater entiende que el cine de guerrilla no es solo una cuestión estética, sino un proceso metódico con toques artísticos.


La película muestra cómo el caos puede convertirse en método cuando existe una idea clara, aunque sea inestable. El retrato de ese proceso resulta sorprendentemente ligero, incluso cuando aborda tensiones evidentes. No hay escenas de gritos operísticos ni dramatizaciones excesivas. El conflicto aparece diluido en conversaciones, silencios incómodos y miradas cansadas. Esa contención narrativa evita el tono biográfico convencional. Nueva Vague No busca redimir a su protagonista ni convertirlo en mito. Así que lo presenta como un joven obsesionado con filmar antes de que la oportunidad se desvanezca.
Una película que muestra el cine en todo su esplendor.


Uno de los grandes aciertos de Nueva Vague Está en su obsesión silenciosa por el detalle de época, gracias al trabajo de David Chambille. La recreación del París, Cannes y Marsella de finales de los cincuenta no busca deslumbrar con postal turística, sino funcionar como un ecosistema vivo. Los espacios respiran uso, desgaste, tránsito. Las calles no parecen decoradas, sino lugares reales y habitados por un mundo más allá de la cinta que se rueda en cada lugar. Linklater y su equipo entienden que la textura histórica no se logra acumulando objetos antiguos, sino reproduciendo una lógica material.
Por lo que, en vez de copiar planos, recupera la sensación de filmar con urgencia y curiosidad. Cada coche de época, cada peinado, cada cigarro encendido tiene peso porque no se exhibe, sino que forma parte de la atmósfera de la cinta. La trama de Nueva vague Confía en que el espectador atento detectará la coherencia del conjunto. Esa confianza se extiende al ritmo narrativo, que rehúye la acumulación de escenas explicativas.


No hay prisa por contextualizar, ni ansiedad por enseñar. Linklater crea una experiencia inmersiva donde el pasado no se explica, sino que se enlaza con la historia paso a paso. Esa decisión convierte a Nueva Vague en algo más que un ejercicio de reconstrucción histórica. Es un recordatorio de que el cine también puede ser una forma de arqueología sensible, capaz de devolvernos no solo imágenes. También, en modos de pensar y filmar que en la actualidad resultan sorprendentes. y una pieza importante de la historia del cine como arte.

