Hace cuatro años, el 24 de febrero del 2022, la invasión rusa en Ucrania desató una crisis humanitaria y redujo la disponibilidad de materias primas como petróleo, gas, cereales y fertilizantes debido a las sanciones occidentales. Esto marcó el inicio de una guerra económica mundial, que trajo consigo un fuerte aumento de la inflación y una respuesta basada en mayor endeudamiento global. La segunda etapa de esta guerra se produjo hace un año, durante la presidencia de Trump, quien de manera unilateral aumentó los aranceles ralentizando el comercio internacional. En la actualidad vivimos la tercera etapa al enfrentarnos con las amenazas de invasión a países estratégicos como Venezuela, Groenlandia, Irán, Canadá o amplias regiones de Latinoamérica.
En realidad, todos estos acontecimientos encierran la competencia económica entre EE.UU. y China por la hegemonía global: bajo Xi Jinping, China creció un 5% en el 2025 y obtuvo un superávit de 1,2 billones de dólares por exportaciones tecnológicas, pese a los aranceles, ya que ha sabido diversificar sus mercados. China está invirtiendo de manera significativa en el desarrollo de energías renovables, mientras que Estados Unidos continúa priorizando los recursos fósiles debido a sus amplias reservas. Hasta ahora, los americanos han mantenido una ventaja competitiva considerable sobre otras potencias industriales, beneficiándose de un acceso eficiente y económico a fuentes energéticas tradicionales.
realidad
Los norteamericanos han dejado de tener amigos y aliados, excepto Israel, para tener socios comerciales de conveniencia, y Europa se ha quedado colgada de la brocha.
El problema es que los norteamericanos están perdiendo el tren de la historia. Los chinos tienen el cuasi monopolio de tierras raras fundamentales para las nuevas tecnologías, especialmente para el desarrollo de baterías de larga duración. No es casual que una gran parte de sus ventas al extranjero sean drones, coches eléctricos, impresoras 3D, robots industriales, placas solares o aerogeneradores. lo de todo un cien ya es historia.
Se equivoca quien piense que esta estrategia es cosa de Donald Trump: parar los pies a los chinos y recuperar el terreno perdido en energías renovables. Quien realmente está detrás es el sector militar e industrial de Estados Unidos. Para ello tratan de controlar el mercado del petróleo limitando la producción de China, que es muy dependiente de los hidrocarburos que apenas tienen. Paralelamente tratan de conseguir las mayores explotaciones posibles de tierras raras, al tiempo que están desarrollando la tecnología de las energías alternativas aplicando la inteligencia artificial, donde son líderes absolutos.
La próxima competencia económica global podría centrarse en el transporte. China ha logrado controlar los contenedores marítimos a través de inversiones en más de 100 puertos en 60 países, dominando rutas clave y estableciendo una red mundial con impacto geoestratégico y militar. Así, gestiona la logística y los puntos críticos del comercio internacional. Esto explica la obsesión de Trump de hacerse con Groenlandia.
Ante esta realidad ha cambiado la geopolítica mundial. Los norteamericanos han dejado de tener amigos y aliados, excepto Israel, para tener socios comerciales de conveniencia. Pueden ser Putin, Delcy Rodríguez o los ayatolás si es necesario. Europa se ha quedado colgada de la brocha. Estados Unidos ha pasado en un cerrar de ojos de protector un posible enemigo. Hay que ganar autonomía y replantearse nuevas alianzas con China, Mercosur y, ¿por qué no?, la mismísima Rusia una vez que se firme la paz con Ucrania.
