Hay boicots que se instigan y boicots que simplemente ocurren. Los segundos, que se desarrollan por decantación –cuando se produce de forma natural una renuncia individual a comprar, a mirar, a ir a determinado lugar– suelen ser más eficaces que los primeros. Por ejemplo, nadie ha pedido formalmente un boicot a EE.UU., pero está claro que los europeos hemos dejado mayoritariamente de viajar hasta allí, ya sea por miedo a la arbitrariedad de su policía o porque el país no proyecta precisamente su mejor imagen.
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