Durante décadas, Los gobiernos han diseñado las pautas de cómo se supone que debemos comer. Lo han hecho con pirámides, platos, gráficos y esquemas que buscan ordenar algo profundamente desigual, cultural y cotidiano como la alimentación.
Recientemente, Estados Unidos presentó su nueva guía alimentaria con una imagen que no pasó desapercibida: una pirámide invertida.
Verla despertó mi curiosidad. No por lo que decía, sino por lo que representaba. Me pregunté entonces cuál era la nuestra, cómo se piensa en Colombia la alimentación y la nutrición desde lo público. Y ahí vino la fascinación.
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Abrir la web y encontrarse con el documento técnico de las ‘Guías alimentarias basadas en alimentos’ (Gaba) es dar con un trabajo serio y ambicioso: un análisis riguroso de lo que se produce en el país, de las diferencias regionales, de las tradiciones gastronómicas y de las culturas que atraviesan cada territorio, así como de las múltiples formas de malnutrición y de las enfermedades asociadas a la alimentación.
De ahí nace el Plato Saludable de la Familia Colombiana, la imagen que hoy condensa esa manera de pensar la alimentación. No como una tabla rígida ni como un recetario doméstico, sino como una referencia que pone en diálogo frutas y verduras, cereales y tubérculos, proteínas de origen animal y vegetal, lácteos, grasas en pequeñas cantidades y un consumo moderado de azúcares. Existen materiales complementarios, en la página del ICBF, con referencias orientativas. Pero el énfasis de la comunicación sigue estando en la academia y en las instituciones, y no logra llegar a la cotidianidad del hogar.
Las guías privilegian los alimentos frescos, la reducción de ultraprocesados y reconocen la biodiversidad local y las particularidades del territorio como parte de una estrategia para prevenir enfermedades crónicas. Leídas en conjunto, construyen la imagen de un país que sabe comer.
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Pero otra cosa es la realidad.. Siguen existiendo el hambre, la desnutrición y la malnutrición. Son altas las cifras de obesidad y de enfermedades como la diabetes. Mientras las guías hablan de comida de verdad, muchos niños reciben jugos de caja y papas de paquete en los programas de alimentación escolar. Lo que se plantea como ideal no siempre es accesible, ni económica ni territorialmente, para millones de personas.
Ahí es donde las Gaba se vuelven ficción. No porque estén mal hechos, sino porque no se vuelven realidad. Como en una película de Disney: todo está bien narrado, la magia funciona, las cosas encajan y parecen posibles. Pero cuando se apaga la pantalla, ese mundo no existe en el país que hoy convive con un índice de inseguridad alimentaria que no da tregua.
La intención es indiscutible. Pero de buenas intenciones no se vive ni se viene mejor.
Porque si esa Colombia que aparece tan bien escrita y soñada existe de verdad, no solo comeríamos mejor, sino que realmente viviríamos en el país más feliz del mundo.
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Buen provecho.
Margarita Bernal
Para EL TIEMPO
X: @margaritabernal
