Durante años, para un ecuatoriano común, Europa ha sido una geografía deseada pero condicionada. Antes del vuelo, del hotel y del itinerario, venía el trámite: citas lejanas, carpetas de papeles, pagos no reembolsables y, sobre todo, la incertidumbre. La visa schengen no era solo un requisito administrativo; era un recordatorio silencioso de la desigualdad en la movilidad global.
Por eso no es menor que la exención del visado Schengen haya vuelto a la agenda pública tras las reuniones del presidente Daniel Noboa con autoridades del Parlamento Europeo. No se trata únicamente de turismo o de viajes más cómodos. Está en juego algo más profundo: el lugar que Ecuador ocupa, o aspira a ocupar, en el sistema internacional.
‘Lo que sí es claro es que este debate obliga a Ecuador a mirarse a sí mismo. No basta con pedir puertas abiertas afuera si las instituciones siguen débiles adentro’.
eliminar la visa para estancias cortas significaría, en lo inmediato, ahorro de tiempo y dinero para millas de ciudadanos. Pero reduce este debate una ventaja práctica sería quedarse corto. La movilidad es hoy una variables de desarrollo. Estudiantes que acceden a congresos, investigadores que asisten a seminarios, emprendedores que participan en ferias o pymes que exploran mercados: todos ellos necesitan presencia física. Y la visa, muchas veces, es una barrera que frena oportunidades antes de que existan.
europa no es solo un destino turístico. Es una clave socio comercial, un espacio académico influyente y un actor central en cooperación internacional. Facilitar el transito humano También facilita el intercambio de ideas, de inversiones y de confianza. En un país que busca diversificar su economía y atraer capital, reducir fricciones es una señal potente.
pero el debate no puede ser ingenuo. La exención de la visa Schengen no se concede por simpatía ni por discursos. Es una decisión política sustentada en evaluaciones técnicas: control migratorio, seguridad documental, cooperación judicial y lucha contra el crimen organizado. En ese sentido, la negociación revela una paradoja: para que los ecuatorianos puedan viajar con mayor libertad, el Estado debe demostrar mayor capacidad de control.
Aquí aparece el verdadero desafío. La exención no es un regalo.es un reconocimiento. Implica que Europa confíe en que Ecuador puede gestionar sus flujos migratorios, combatir las redes criminales y sostener los estándares institucionales. Por eso la Cancillería vincula el tema con pesca ilegal, crimen transnacional y estabilidad económica. Todo está conectado.
También hay un componente simbólico. Viajar sin visa es, en el fondo, viajar sin sospecha previa. Es dejar de ser tratado como potencial migrante irregular para ser visto como visitante legítimo. En un mundo donde la movilidad es privilegiocada exención es una forma de dignidad internacional.
Sin embargo, conviene mantener los pies en la tierra. El proceso es largo, reversible y depende de voluntades políticas que cambian. Europa atraviesa sus propias tensiones migratorias y electorales. El tema puede avanzar o congelarse según el contexto interno de los países. Schengen. Venderlo como una promesa inmediata sería irresponsable.
Lo que sí es claro es que este debate obliga a Ecuador a mirarse a sí mismo. No basta con pedir puertas abiertas afuera si las instituciones siguen débiles adentro. La exención de la visa schengen no será el punto de llegada, sino una prueba: de credibilidad, de coherencia y de capacidad estatal.
Viajar sin pedir permiso no es solo cruzar fronteras. Es demostrar que el país también sabe gobernarse puertas adentro.
