El fútbol europeo no olvida a Miklós Fehér. Han pasado los años, pero su imagen permanece intacta: la camiseta roja del Benficauna sonrisa amplia, las manos apoyadas en las rodillas… y un instante después, el silencio. Su historia es una de esas que marcaron para siempre al deporte, no por un título ni por una hazaña épica, sino por la fragilidad humana expuesta ante millones de ojos.
Miklós Fehér nació el 20 de julio de 1979 en Tatabánya, Hungría. Delantero alto, potente y disciplinado, fue parte de una generación prometedora del fútbol húngaro. Tras destacar en el MTK Budapest, su talento lo llevó a Portugal, donde encontró en el Benfica el escenario más importante de su carrera.
Aunque no siempre fue titular, era un jugador valorado por su entrega, su profesionalismo y su capacidad para aparecer en momentos clave.
La noche que el fútbol se detuvo
El 25 de enero de 2004, el Benfica visitaba al Vitória de Guimarães por la liga portuguesa. Era un partido tenso, cerrado, de esos que se definen por detalles. En los minutos finales, Fehér ingresó al campo buscando aportar frescura al ataque. Corría el minuto 90 cuando recibió una tarjeta amarilla por demorar un saque de banda. El árbitro lo amonestó; Fehér irritante, casi con timidez, como quien acepta una travesura menor.
Segundos después, algo cambió.
El delantero se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus muslos y cayó de espaldas sobre el césped. No hubo choque, no hubo grito. Solo la caída seca de un cuerpo que dejó de responder. Los jugadores, primero confundidos, pronto comprendieron la gravedad. Algunos se llevaron las manos a la cabeza; otros rompieron en llanto. El estadio, que minutos antes vibraba, quedó sumido en un silencio helado.
Los médicos ingresaron de inmediato. Durante largos minutos intentaron reanimarlo en el campo antes de trasladarlo al hospital. La espera era angustiante. Finalmente, cerca de las dos de la madrugada, se confirmó la noticia que nadie quería escuchar: Miklós Fehér había fallecido a los 24 años, víctima de una cardiomiopatía hipertrófica, una afección cardíaca muchas veces silenciosa y letal.
Un legado más allá del marcador.
La muerte de Fehér sacudió el fútbol mundial. El Benfica retiró el dorsal número 29 en su honor, y el estadio Da Luz se llenó de flores, bufandas y mensajes de despedida. Compañeros, rivales y aficionados encontraron en su historia un recordatorio brutal: incluso en el deporte de élite, la vida puede apagarse en un instante.
Más allá de los goles y las estadísticas, Miklós Fehér quedó en la memoria colectiva como el símbolo de una sonrisa que se apagó demasiado pronto. Su último gesto en una cancha no fue una celebración, sino una expresión serena, casi humana, que hoy sigue recorriendo el mundo cada vez que se habla de él.
Porque hay futbolistas que se recuerdan por lo que ganaron, y otros —como Fehér— por lo que nos enseñaron: que el fútbol es pasión, sí, pero también vida. Y la vida, a veces, se va sin aviso.
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