Desde el pasado día 22 y hasta el próximo 31 de enero, el centro de cultura contemporánea Condeduque de Madrid, que tiene para la programación de este 2026 el lema “Salvar a la tierra del espanto”, presenta Jugaruna obra del intérprete argentino Matías Umpierrez (Buenos Aires, 1980) que reflexiona sobre los discursos de odio, omnipresentes en la actualidad, a partir de escenas inspiradas en algunos episodios históricos.
El creador, que se define a sí mismo como transdisciplinar, ha elaborado un montaje en el que él es el único protagonista y se va transformando en diferentes personajes para denunciar “las narrativas de la hostilidad y el infierno y el paraíso de la conciencia” que atravesarán la sociedad contemporánea, caracterizada por la necesidad del individuo de exhibirse en las redes sociales para buscar el éxito en un “sistema muy cruel”.
“El odio está hoy en el centro de la agenda pública: atraviesa la política, las redes sociales y la vida cotidiana”, reflexiona Umpierrez, que ha querido confrontar en escena esta situación para interrogar al espectador sobre la pulsión de desear el mal a aquellos a los que no se les reconoce como semejantes.
El nexo de todas las historias que el creador va enlazando en su performance, concebida también como conferencia e instalación, es precisamente el odio como vector histórico, desde los relatos mitológicos, como la caza del unicornio, hasta el suicidio de un adolescente como consecuencia de su relación funesta con un chatbot (un robot de conversación) de inteligencia artificial, pasando por la matanza de gatos bajo una psicosis colectiva que vivió Francia en el siglo XVIII.

La pregunta a la que pretende responder Umpierrez con su espectáculo, a cuyo preestreno asistieron actrices como Ángela Molina, Victoria Abril, Emma Suárez o Elena Anaya, es “¿cómo ejercitar el sentido crítico frente a la sobreinformación que moldea la actual visión del mundo?”. Y esta es la respuesta que él mismo da a La Vanguardia: “Todo mi trabajo es una investigación sobre cómo nos relacionamos con la ficción. Jugar es un archivo de historias que desgranamos en escena a partir de la experimentación. Y es también un proyecto que plantea, en plena revolución cognitiva, y ante emociones muy fuertes como el odio, llevar al espectador a tomar decisiones”.
“Hay una sensibilidad en las relaciones e historias que se van contando. El odio ha estado siempre presente, pero ahora parece que hay más, por la sobreabundancia de información”, reflexiona el artista, que advierte del efecto “sedante” que esto puede tener sobre la condición humana en la sociedad del entretenimiento. “Los políticos parecen personajes de ficción y la gente está como anestesiada”, aduce, por lo que su obra sitúa al espectador ante preguntas como qué leer o qué mirar.
En cuanto al título, Jugarel intérprete explica que ejemplifica el dominio de la tecnología sobre lo humano a través de los dispositivos electrónicos que universalizaron esa palabra inglesa desde los años sesenta del siglo XX. “Es una herramienta de un sistema que domina: jugar para activar discursos, jugar para jugar, jugar para interpretar, para tocar, accionar, simular…”. De ahí que los casetes y las grabaciones antiguas tengan tanta presencia en su propuesta escénica.

