El panorama artístico en el sudeste asiático vive su mayor revulsivo en décadas, con la inauguración de Dib, que se presenta como “el primer museo de arte contemporáneo internacional de Bangkok”. Un auténtico trago de bebida energética para la cultura, en una megalópolis que siempre tuvo otras prioridades. La metáfora es exacta, ya que el coleccionista que hizo posible este platillo volante en una urbe obsesionada con el dinero y el placer amasó su propia fortuna con M-150. Es decir, con la bebida energética más popular en el país que también inventó Red Bull.
El Museo Dib Bangkok no tuvo una inauguración festiva, el último domingo de solsticio, porque el alma del lugar, el coleccionista Petch Osathanugrah, falleció, a los 63, dos años antes del final de las obras, concluidas por su hijo Purat. La discreción forma parte de su filosofía: “Dib” no es ningún acrónimo, sino que significa “crudo” en siamés.
De este modo, su atrio imita las proporciones del jardín zen del templo Ryoan-ji de Kioto. Solo que en lugar de piedras luce una constelación de planetas marmóreos de la artista berlinesa Alicja Kwade. Algo tiene Dib de templo sin campanas. Como compensación, nada más entrar, los visitantes pueden atizar la pared inmaculadamente blanca con un bate de béisbol, para oír como retumba la primera de las tres plantas del museo. En señal de duelo, rabia o ruidosa disconformidad con el precio de la entrada.
A partir de allí, ya lo largo de 7.000 metros cuadrados repartidos en una vez galerías diáfanas, se sucede una colección privada tailandesa de arte contemporáneo que ya quisieran muchos museos públicos europeos. El edificio en sí es la primera buena nueva. Mientras dura, la transformación de lo que originalmente era un almacén portuario de los años ochenta consiguió traer de vuelta al hijo pródigo. El arquitecto Kulapat Yantrasat (Bangkok, 1969), que hace veinte años fundó en Los Ángeles el estudio Why Architecture, con el que ha firmado las ampliaciones de algunos de los museos más célebres de aquel país y, ahora mismo, la del Louvre.
Kulapat se formó en Japón con el Premio Pritzker de Arquitectura, Tadao Ando, y se nota. “El espacio y la luz es lo que cuenta”, dice sobre su museo. Un remanso de paz que invita a la contemplación y que contribuye a regenerar una zona algo apartada y hosca de Bangkok. Bisagra entre la Bangkok rica y la Bangkok pobre, cercana a su puerto fluvial ya un tiro de piedra del mayor barrio chabolista de Tailandia, Khlong Toei, al otro lado de la autopista.
“Presencia invisible”, por otros motivos -que tienen que ver con las mecenas desaparecidas- es el nombre de la exposición inaugural, comisariada por la japonesa Miwako Tezuka y la tailandesa Ariana Chaivaranon. Reúne ochenta obras de cuarenta artistas, una mínima parte de la colección de un millón de piezas, que se irán rotando. Al margen de esto, destaca una atalaya inamovible del estadounidense James Turrell.

Más adelante, a lo largo de tres plantas, se exponen obras de artistas internacionales, de la talla de Anselm Kiefer –con una obra excepcional de 2019, Derrene Buchstabe– Jannis Kounellis o Louise Bourgeois. Y entre los tailandeses conceptuales, como el fallecido Montien Boonma, con obras sanadoras que hasta se huelen. O Somboon Hormtientong, con La voz inauditauna estimulante recuperación de una docena de columnas de un antiguo templo desacralizado, que el artista encontró en un anticuario, cerca de Chiang Mai.
Porque Dib es también una feliz intersección de local y global, que cubre un vacío en un país de 70 millones de habitantes. Es cierto que existe una Bienal de Bangkok. Así como un gran centro polivalente para las artes plásticas, como el BACC. Existe también el MOCA, también producto de un coleccionista privado tailandés, con sus propias fijaciones. Pero el Dib es un empeño mucho más refinado y con mayor ambición internacional.
Dib es también una inversión mayúscula, por contenido y continente, que abrirá los ojos a algunos sobre la riqueza de las grandes familias de Bangkok. Casi todas con abuelos o bisabuelos llegados de China. Es también el caso de Petch Osathanugrah. Pero esta vez su dinero no ha servido para levantar un nuevo centro comercial u otro rascacielos residencial, sino una especie de Buda reclinado y compartimentado para el goce estético. Es difícil imaginar un acto de mayor generosidad. A Bangkok, con tantos alicientes, le faltaba la coartada cultural y ya la tiene.
Petch Osathanugrah, mecenas afro
Cómo una bebida energética dio para financiar una de las mejores colecciones y uno de los museos más bellos de Asia
Petch Osathanugrah no fue un hombre convencional, porque la fortuna familiar de dos mil millones de euros le daba para ser lo que quisiera. Decidió ser bohemio sin dejar de ser presidente ejecutivo y hasta rector de la universidad familiar. Un día compraba un Picasso o un Damien Hirst –según él, no como inversión- y al día siguiente componía una canción, porque también era letrista y cantante –de pelo afro- con algunos superéxitos nacionales en su haber. Su abuelo había fundado la empresa familiar de bebidas medicinales y su padre –que luego publicó el libro de fotografías “Vanishing Bangkok”, a los 72 años, fundó la Universidad de Bangkok, una de las mayores universidades privadas del país, con la facultad de Bellas Artes, entre otras. Osathanugrah falleció de un infarto poco después de abandonar ambas responsabilidades. Pero no murió del todo, porque creía que Tailandia debía evolucionar hacia una economía del conocimiento y Dib es su inmodesta y desmesurada contribución.
Las bebidas energéticas son, en su país de origen, una cosa muy seria y sin burbujas, más ligadas al trabajo intenso que al placer. Por otro lado, nada es abiertamente político en Tailandia, por lo que todo, al final, puede acabar siéndolo, de forma subterránea. Empezando por el botellín de bebida energética que se coge en el 7Eleven. Son percepciones con una base real, que la publicidad refuerza. Así, Krating Daeng (toro rojo, de ahí Red Bull), la tercera más consumida, se asocia al derechismo. Carabao, la segunda más bebida, fundada por el vocalista del grupo del mismo nombre, se asocia a la cultura contestaria. Por útimo, la más popular, M-150, es apolítica, luego ubicua.


