En enero de 2013, cuando Pol Guasch (Tarragona, 1997) era un adolescente de 15 años, su padre se suicidó. No dejó una nota de despedida. Una década después, el autor de ‘Napalm al cor’ relata en un libro extrañamente luminoso la desaparición, no solo física, de su padre. ‘Reliquia’ (Anagrama, con traducción al castellano de Unai Velasco) no es una historia de abandono ni de trauma, sino más bien el intento de entender qué rodea a un suicidio: el perdón, la culpa, la familia como una promesa rota, el amor como una vía de escape. Uno de los libros del año, aunque acabe de empezar.
¿Cuándo decidió escribir el libro?
En las navidades de 2022 estaba en casa de mi madre en Tarragona, donde crecí, y sin saber cómo, apareció el primer párrafo. En enero de ese año se cumplieron 10 años de la muerte de mi padre, así que de alguna forma, era simbólico.
“Habría agradecido una nota” es la primera frase del libro. Una especie de reproche que se convierte en una reflexión sobre por qué no hubo nota, qué hubiera podido escribir su padre y otras notas de suicidio de la historia de la literatura.
Todo el libro es en sí mismo una pregunta y una respuesta tentativa, una mezcla de ambas cosas. En el libro índago, pregunta y rodeo algo que es imposible de señalar desde un único lugar, el porqué de una muerte. ‘Reliquia’ no va solo sobre el porqué del suicidio o la culpa del que sobrevive a uno, sino sobre una presencia, la de mi padre, que se desvanece. No solo desde que mi padre es diagnosticado con una enfermedad hasta el suicidio, sino toda su vida.
¿Qué ha descubierto escribiéndolo?
La literatura y la vida me han demostrado que aunque yo intentara buscar momentos fundamentales que explicaran el porqué de ese desenlace, es imposible. No hay un momento clave donde las cosas cambian hacia un destino inexpugnable, son muchos factores los que se juntan. Es muy complejo comprender una vida y más complejo es comprender un desenlace.
Barcelona 26/01/2026 Entrevista con el escritor Pol Guasch, que presenta el libro ‘Reliquia’, sobre el suicidio de su padre. Fotografía de Ferran Nadeu / Ferrán Nadeu / EPC
Podría seguir enfadado, ¿no?
Es un libro que no se articula desde el reproche o la venganza, tampoco desde la autocompasión o el victimismo. Se escribe desde un lugar tranquilo. Vivian Gornick lo explica muy bien en ‘La situación y la historia’: para escribir una historia no basta con haberla vivido, hay que tener el sitio intelectual y el lugar emocional desde el que la cuentas. Cuando puse a escribir ‘Reliquia’ era muy consciente de que no era un libro para procesar mi propio luto.
¿No ha sido terapéutico?
Quien diga que cuando escribe no está esperando una recompensa, y no hablo de una recompensa material, de lectores o de crítica, miente. Mi recompensa pasaba por la comprensión, no buscaba el consuelo o la redención. También por la sensación de placer que te da escribir. Obviamente, me he transformado. Es algo que la escritura siempre ha hecho conmigo.
¿Qué le diría ahora al Pol de 15 años?
En el libro hablo de la relación de amor que tuvieron Rilke y Marina Tsvietáieva. Cuando él murió, ella le escribió un poema, ‘Carta de Año Nuevo’. Joseph Brodsky dijo que ese poema es trágico no porque narra una muerte, sino porque demuestra que la vida que Tsvietáieva levanta después de la muerte de Rilke es posible y está pasando. La tragedia no es escribir sobre la muerte, la tragedia es precisamente demostrar la vida que deja la muerte. Supongo que si mirara atrás vería que mi llegada a la escritura tuvo que ver con el descubrimiento del dolor. Con intentar suturar un desgarro con las palabras. Al Pol de 15 años le diría: sigue escribiendo.

La portada de ‘Relíquia’ (Anagrama Llibres). / EPC
Hablemos de la fotografía de la portada. Parece usted, pero no lo es.
Me gusta mucho la cubierta de ‘Nada se opone a la noche’ de Delphine de Vigan, un libro sobre la enfermedad y la muerte de la madre donde aparece ella, guapísima, fumando, de joven, antes de todo. Quería una portada que mostrara toda la vida y la luz que hay dentro del libro, absolutamente desdramatizada, pese a la oscuridad y la tristeza. Físicamente, me parecía mucho a mi padre, aunque yo no me veo a mí. Pero entiendo que alguien desconocido lo haga.
Es curioso porque el libro desmonta precisamente eso, la herencia genética.
Solo conjugamos la herencia desde un punto de vista genético o físico, ¿Por qué? ¿En qué sentido me parecezco a mi padre? Quizás en cosas que los demás no me han señalado: en su relación con la soledad, la melancolía o la mirada que tenía desafectada sobre ciertas cosas. Existe una relación social de la herencia familiar, de que la familia no se elige, donde se sitúa la dimensión trágica de la familia como lugar de malestar y dolor. Allí están todos esos silencios condenatorios. Pero también existe un lugar donde la familia se esconde.
La suya, desde luego, es variopinta: sus dos hermanos son adoptados.
La familia es otra cosa a la que nos han contado. En ningún caso haré una defensa conservadora porque, obviamente, conozco los peligros y dolores de la familia. Pero hay muchas formas, creo, de declinar esos dolores, de criticar y enmendar a la familia. También puede ser un sitio de protección y un lugar de refugio. Lo único que no conviene es, supongo, romantizarla. No creo que la familia sea el único lugar que nos queda ante este mundo devastado… Quizás sean las dos cosas y quizás no sea ninguna de las dos.

El escritor Pol Guasch presenta el libro ‘Reliquia’, sobre el suicidio de su padre. / Ferrán Nadeu / EPC
Su abuelo también se fue de la vida. Pero rechaza la idea que sostienen algunos académicos de que el suicidio es hereditario.
Ese relato remite a esa idea tan extendida de que uno nunca puede escapar del lugar de donde viene. Que tu familia te marcará para siempre. Escribir sobre la muerte es una manera de tenerla controlada, aunque sea una sensación falsa. Durante mucho tiempo se creyó que escribir la palabra suicidio en un titular generaba contagio, cuando es todo lo contrario. Hablar del suicidio es una forma de evitarlo, de transformarlo, de comprenderlo.
¿Escribir sobre la muerte también?
La muerte es terrible cuando llega de manera inesperada. Pero cuando uno la ha pensado, verbalizado y escrito, creo que hace el mismo daño pero duele desde otro sitio.
En el libro escribe sobre otros escritores que acabaron con su vida. ¿No cree que en algunos casos, quizás el de Sylvia Plath sea el más célebre, se ha glamourizado el suicidio en exceso?
Hay algo fascinante en la historia de Plath y es que siempre se cuenta su suicidio de forma heroica, trágica y decidida. Todo el mundo sabe que metió la cabeza en el horno y dejó preparado el desayuno de sus hijos en el piso de arriba. Cuando, en realidad, dejó una nota con el número de teléfono del médico al que llamar cuando la encontraron. Es decir, esperaba ser salvado. Creo que su poesía debería leerse al margen de su suicidio. No hacerlo es negar su genialidad. No hay mito allí, simplemente un dolor salvaje y desgarrador. Escribir sobre la muerte de mi padre, una persona anónima, también consistía en desheroicizar el suicidio y explicar su cara oscura. Creo que glamourizar el suicidio también tiene que ver con glamourizar la literatura del yo.
¿En qué sentido?
Puesto que escribir sobre uno mismo está manchado, o al menos existe la sospecha de que escribir sobre uno mismo es menos literario que escribir ficción, menos interesante y artístico, hay ciertos autores que se sostienen desde la afirmación de que lo que están haciendo es absolutamente heroico y valiente. Que matarían a quien fuera y traicionarían a su familia entera por escribir una historia potente. Y no hace falta ponerse así. El relato heroico de los suicidas viene de una mala lectura del romanticismo literario, del autor maldito.
En el libro se menciona a Karen Green, la mujer de David Foster Wallace, que en una entrevista dijo: ‘¿Qué haces cuando la autopsia de tu marido está en internet y se considera un tema de puta crítica literaria?’
Es que somos nosotros lo que nos quedamos. La cuestión es cómo creamos un mausoleo alrededor de esa persona y la divinizamos… quizás por no aceptar que los únicos que la podíamos salvar éramos nosotros y no lo hicimos. Existe una lectura histórica que banaliza el dolor para no hacerse cargo de las cosas. Si tú explicas la muerte de Plath sin contar esa nota donde ella pidió auxilio porque esperaba ser salvada… quizás lo hagas porque no quieres contar que nadie la salvó. O porque no quieres explicar que su marido, Hughes, fue un gran maltratador. O porque no puedes explicar que no hubo nadie que estuviera a la altura de su dolor, que la dejaron sola.

El escritor Pol Guasch presenta el libro ‘Reliquia’, sobre el suicidio de su padre. / Ferrán Nadeu / EPC
El discurso sobre la salud mental ha cambiado mucho en 10 años. Pero, ¿entendemos de verdad a aquel al que le duele vivir?
Sólo enunciamos el suicidio públicamente si es para señalar los machos del sistema. La frase ‘el capitalismo mata’ o ‘la desigualdad mata’ son ciertas, obviamente. Pero es el único lugar desde el que públicamente nos atrevemos a hablar de ello. Como cuando dos hermanas que estaban a punto de ser deshauciadas acabaron con su vida. Aquello nos permitió señalar un sistema enfermo, que justificaba la muerte.
Pero este discurso de los últimos años no se ha hecho cargo de lo que va mucho más allá del sistema.
La gente lleva matándose toda la vida, en todas las clases sociales y países, sea del género que sea. Podemos hacer estudios para ver si se matan más a los hombres o las mujeres, o cómo se matan a los hombres y cómo se matan a las mujeres. Pero el discurso y sociológico no llega a donde quizás sí puede llegar lo literario, precisamente porque es de por sí misterioso e inexacto. ¿Por qué la vida de ciertas personas es más dolorosa que feliz? ¿Por qué a algunas personas el pasado les pesa como si fuera una losa? ¿Por qué existen ciertas personas que en el futuro no ven absolutamente nada?
Suscríbete para seguir leyendo
